Un Perro que defiende a su barrio

La historia comienza en diciembre del 2001, cuando Román Alegre, un ex-ferroviario convertido en escultor, toma un galpón abandonado. En ese momento, Argentina está entrando en una crisis social y económica sin precedentes. En ese contexto sociopolítico nace El Perro, un centro cultural atípico que conjuga a diario lo artístico con lo social.

La historia comienza en diciembre del 2001, cuando Román Alegre, un ex-ferroviario convertido en escultor, toma un galpón abandonado. En ese momento, Argentina está entrando en una crisis social y económica sin precedentes. En ese contexto sociopolítico nace El Perro, un centro cultural atípico que conjuga a diario lo artístico con lo social.

Una institución barrial © Fabien Palem Una institución barrial © Fabien Palem

 

Hace unos doce años, El Perro, mostrando los dientes, entró en estado de resistencia. Mientras la política cultural de la ciudad de Buenos Aires tiende a privatizar los espacios culturales, un puñado de artistas y trabajadores siguen su lucha contra viento y marea. Entre los últimos casos de represión: la Sala Alberdi. A fines de marzo pasado, la policía intervino y desalojó los artistas a cargo de la autogestión de esta sala del Teatro San Martín, ubicado en la muy estratégica avenida Corrientes, la cual estaba tomada y funcionando en autogestión para evitar el cierre y la privatización del espacio. Hay una contradicción enfrentada frecuentemente por los proyectos culturales en sus estrategias y realizaciones. ¿Cómo conciliar financiamiento externo con independencia cultural y libertad de expresión? una problemática universal. Que cobra más sentido aquí en Buenos Aires y queda expuesta en el caso de El Perro, en el barrio popular de Barracas, fronterizo con el Conurbano sur. De ese rincón alejado en el sur de la ciudad emanan olores y pintas de basural. Es lógico, pues ahí precisamente, en la villa 21-24 vecina de El Perro, instalaron el basural más grande de la capital. Eso fue en 2010 mientras se festejaba el Bicentenario.

Desde su creación, el centro cultural corre detrás de los subsidios. Con innumerables dificultades, los dueños autogestionan el centro. Hace poco presentaron una nueva solicitud a las autoridades de la ciudad para, a cambio de subsidios, ofrecer talleres de formación artística muy baratos y de calidad a la comunidad.

Un joven vecino que viene a colaborar con los artistas © Fabien Palem Un joven vecino que viene a colaborar con los artistas © Fabien Palem

 

Una institución barrial, social y popular

Entre los miembros activos del colectivo informal y cambiante que gestiona el centro, contamos primero con Román Alegre. Un artista escultor que convierte cualquier desecho en obra de arte. Bicicleta rota, bañera dañada, tuberías o cualquier pieza vieja de automóvil. Todo lo que se tira a la basura se reutiliza con el "Reciclarte". Este ex-ferroviario devenido en artista fue formado por Carlos Regazzoni, ícono nacional del arte de la escultura con hierro. Román conoció París, donde vivió y expuso durante dos años. Fue a su regreso al país cuando se hizo cargo del lugar, que servía antiguamente de oficinas del Ferrocarril. El nombre dado al centro homenajea al mejor amigo del obrero ferroviario: el perro. Los empresarios británicos que desarrollaron las líneas de trenes argentinos consideraban la vida de familia como incompatible con la profesión. Por este motivo los obreros debían conformarse con la compañía fiel del animal. Este galpón se transformó poco a poco en un templo artístico. Anárquico. Cuyos cuartos están repletos de esculturas metálicas y otros montajes realizados con botellas de vidrio. Al lado de Román está David Acevedo, su brazo derecho. Desde 2005 trabajan juntos en la renovación y puesta en valor de El Perro, tanto como en la realización de varios proyectos. Su credo: el reciclaje; ya sea para crear una obra de arte o construir una casa. David lanzó y se hizo cargo de programas sociales de construcciones de viviendas dignas para los vecinos en situación de calle. La asociación "Un techo para mi país" colaboró en varias ocasiones, entregando materiales de construcción. “Estuvimos haciendo el trabajo del Estado por años", confiesa David. "Trabajar para la vivienda digna, estar atento a los pedidos de los vecinos, y hasta llegar a servir de intermediarios cuando los funcionarios venían a retirarles un subsidio u ofrecerles otro nuevo". Más allá de su vocación artística, El Perro es una institución social, un punto de encuentro y un refugio para los que no quieren caer en las trampas de la calle. Construir su casa o aprender a soldar en vez de drogarse o salir a robar.

 

Llamado a los poderes públicos, reorientación artística

Sin caer en ilusiones ingenuas, David tira un balance matizado en cuanto al efecto de la acción social de El Perro: “Cuando los chicos del taller cobraban, se iban a comprar cualquier gilada. Una gorra Nike, una chaqueta Reebok, el último celular no sé cuanto… y terminaban endeudándose. Muchos vuelven a caer en lo mismo: drogas, problemas… y robos, que consideran ser una manera más rápida y eficiente de hacer plata.” Nuestro interlocutor concluye: “En estos casos, el problema supera lo material, ¡es un problema cultural!”

David Acevedo © Fabien Palem David Acevedo © Fabien Palem

 

Hace un par de años se crearon centros de formación profesional que acogen a los vecinos de la zona sur. Sin lugar a duda, estos barrios necesitan este apoyo institucionalizado. Se enseñan ahí técnicas útiles, para aprender oficios y aplicarlos de inmediato: albañilería, herrería, carpintería, plomería. Los jóvenes encontraron un refugio con estos centros. Las poblaciones pueden contar con los servicios públicos en lugar de terminar dependiendo de la administración informal y casi mafiosa de los punteros políticos. Estos intermediarios se suelen encargar de la organización del barrio, sus calles, sus casas. Brindan agua corriente y electricidad, a cambio de unos billetes de la mano de los pobres. En 2008, El Perro también tuvo que enfrentarse a los punteros. Plantearon a Román y sus compañeros que el galpón se iba a tomar para alojar a unas familias. Su intención era dividir el espacio en varios departamos, a la manera de conventillo. De ahí hubieran alquilado las viviendas para sacar ganancias. Un día, los punteros quisieron desalojar a los artistas y los ferroviarios vinieron a dar una mano. A defender el lugar y recordar a todos que el centro cultural pertenece a Román, y también a los artistas y a los vecinos que se forman en ese lugar. Una prueba de que este perro solo responde a las órdenes de su dueño.

 

 

Fabien Palem

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