Bolivia: El sexto sentido de la rebelión*

Era el momento para dar el asalto final. Ella le insistió para que lo hiciera. Los realistas estaban prácticamente vencidos. Si Cuzco caía, Lima, sede del Virreinato, no tardaría. Él prefería que se rindieran sin batalla, sin más muertos. José Gabriel no escuchó a Micaela, su esposa. Fue un trascendental error...

Habían pasado casi dos siglos y medio desde la llegada a esas tierras, en 1532, de uno de los peores criminales, el español Francisco Pizarro. Desde entonces la opresión y violencia contra los indígenas no se había detenido. No se les llamó esclavos a los indígenas, pero lo eran. Con su trabajo debían pagar altos tributos a la Corona y a la Iglesia. Pagar hasta por la tierra que laboraban. Obligados a endeudarse, porque debían adquirir, sin necesidad, lo llegado de España, como vestidos de novia, licores o artículos religiosos. Los sombreros y el tipo de faldas que las indígenas usan hoy en muchas partes de los Andes fueron una imposición. Deudas del nunca acabar. Para pagar debían trabajar, padres e hijos, donde el patrón decidiera. Centenas de miles fueron arriados hasta el lejano Potosí, en Bolivia. Allá existía la mayor mina de plata del mundo. De diez indígenas que partían, al cabo de un año sólo volvían dos, y de ellos sólo las sombras.

 

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 Extrajeron la plata que engordó a Europa, como los mineros del oro en Guanajuato y Zacatecas, en México, o los de Ouro Preto en Brasil. La única injusticia que tocaba a Micaela Bastidas y a José Gabriel Condorcanqui eran los altos tributos: hacían parte de la muy selecta nobleza indígena. El, en particular, al ser descendiente directo, por línea materna, del último Inca, Tupac Amaru. Un cacique que había estudia do en colegio de jesuitas y poseía extensos terrenos. Su atuendo incluía capa de terciopelo, medias blancas y zapatos de hebilla. Ella había nacido cerca a Cuzco en junio de 1744. Resaltaba entre los suyos al saber leer y escribir. También por su color de piel y sus cabellos ondulados. Es que era una bella “zamba”: hija de madre indígena y padre negro. Iba a cumplir 16 años cuando se casó. José Gabriel se desplazaba constantemente con muchas mulas, intercambiando productos. En caminos y poblados se le acercaban mujeres y hombres a pedirle que hiciera algo. A la casa de Micaela llegaban a contarle las desgracias. Ambos estuvieron de acuerdo en que su posición social debía ser útil. Por eso, entre 1770 y 1780 él intervino ante las autoridades coloniales. Pedía, insistía, para que los indígenas fueran liberados del trabajo obligatorio, y no pagaran tributos tan elevados. Igual lo hacía por mestizos y criollos pobres. Negativas o indiferencias fueron la respuesta. Juntos lo decidieron. Agotados los medios pacíficos, José Gabriel tomó el nombre de Túpac Amaru II, y llamó a los desposeídos a rebelarse.

 

Micaela también habló duro. Mujeres y hombres se fueron sumando por miles. En la pareja vieron la libertad y el renacer del poder inca. En Tungasucá, al sur de Perú, se estableció el cuartel general de la insurrección. El 4 de noviembre de 1780 su Plaza de Armas se llenó de indí genas y mestizos. Tupac Amaru había llamado a enjuiciar a un corregidor, representante del rey. Las mujeres, sobretodo, pidieron su cabeza. Es que eran ellas las más explotadas y vilipendiadas. En juicio sumario, al estilo español, fue declarado culpable. Dicen que Micaela le puso la soga.

 

Tupac Amaru leyó una proclama donde, entre otros, se abolían el vasallaje y los tributos. Era, prácticamente, un anuncio de independencia. El primero en América Latina. Los Andes se fueron incendiando y los levantamientos llegaron hasta el mar. Los Virreinatos del Perú y del Río de la Plata, este con sede en Buenos Aires, se estremecieron. Tupac Amaru organizó un pequeño grupo de asesores llamado “Consejo de los Cinco”. Micaela fue parte, junto a cuatro caciques. En la retaguardia ella era esencial. Solucionó el mayor problema que tenía su marido: la obtención de armamento. Puso el capital familiar al servicio de la causa, y consiguió dinero con otros hacendados rebeldes. Expidió salvoconductos para facilitar el movimiento de los indígenas. Creó un servicio de espionaje y organizó un eficiente sistema de comunicaciones. Se dice que fue el sexto sentido de la rebelión. Por eso los insurgentes pidieron que ella fuera nombrada jefa interina de la rebelión. Así se hizo. Junto a ella, una legión de mujeres. Para ellas la rebelión no solo era acabar con el dominio español, sino restablecer el rol activo de la mujer indígena en la vida social y política. Algo que el sistema colonial machista europeo fracturó.

 

El 18 de noviembre de 1780 las fuerzas insurgentes sitiaron las tropas realistas en Sangarará, no lejos de Cuzco. Con algunas escopetas, bastantes piedras, hondas y lanzas habían producido centenares de muertes. La iglesia servía de cuartel militar a los jefes españoles. En medio de la confrontación, las municiones ahí guardadas estallaron, incendiando y destruyendo parte de la construcción. Días después, Tupac Amaru y Micaela fueron excomulgados, acusados de “profanar” el templo. La muy distinguida señora Micaela preparó y peleó muchas acciones y batallas. En arrojo a veces superó a su marido, sin pretender suplantarlo. El fue el gran líder, pero ella también era gran timonel. Micaela fue la principal consejera del hombre que encabezó la mayor insurrección indígena y mestiza, de toda la historia de las Américas. La que hizo agrietar los cimientos del poder colonial Micalea y su esposo se propusieron un horizonte común y se complementaron para su desarrollo.

 

En marzo de 1781 los rebeldes sitiaron a Cuzco. Los días pasaban y Tupac Amaru no se decidía por el ataque final. El proponía que los criollos se unieran a la causa indígena: “Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo”, escribió en una proclama. No quería más muertos, en particular indígenas. Micaela, desesperada, le hizo llegar un mensaje: “estás perdiendo el tiempo […] Bastantes advertencias te di para que inmediatamente fueras al Cuzco”. Le informaba que el enemigo se estaba recomponiendo y recibiendo refuerzos. El no la escuchó. Después de sangrientos combates los rebeldes fueron derrotados. Tupac Amaru alcanzó a escapar. Ella recibió la información de que su esposo y compañero de batallas estaba en gran peligro. Aunque no la querían dejar partir, Micaela montó al caballo y exclamó: “Estoy pronta a morir, donde muriese mi esposo”. El 6 de abril de 1781 la pareja fue capturada junto a dos de sus hijos y varios dirigentes de la rebelión. Entraron a Cuzco, pero encadenados. Estuvieron presos en el convento de la Compañía de Jesús, convertido en cuartel. Las torturas no lograron que delataran al resto de la comandancia rebelde. El 14 de mayo los condenaron a muerte. Cuatro días después fueron llevados a la Plaza de Armas del Cuzco. A su hijo Hipólito, delante de ellos, le cortaron la lengua por haber hablado mal de España y lo ahorcaron. Del martirio y la muerte de Tupac Amaru se conoce. Muy pocos saben lo sucedido a Micaela. Aunque atada a un poste, no lograron cortarle la lengua. Estaba convertida en una fiera. Entonces le pusieron dos sogas al cuello y dos realistas tiraron, mientras otros le daban garrote y patadas. Hasta matarla.

 

A Tupac Amaru lo amarraron de cada extremidad a cuatro caballos. Por más que castigaron a las bestias el cacique no se partió. Era de hierro. Tuvo que hacerlo un hacha. A ella también la despedazaron. Las partes de ambos fueron enviados a los cuatro puntos cardinales para su exhibición. Los indígenas y demás desposeídos debían saber lo que les sucedería si insistían en rebelarse. Luego fueron quemadas y las cenizas arrojadas al aire y a un riachuelo. Pero el viento y el agua las transportaron a otros lares, donde empezaron a dar lumbre. Las gestas independentistas en América Latina no tardaron en estallar.

 

* Este texto hace parte del libro del autor: Latinas de Falda y Pantalón. Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2015.

 

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