¿Puede canonizarse a Robert Schuman, cómplice de la tortura en Argelia? Carta al Papa

El "siervo de Dios" Schuman firmó una orden secreta e ilegal dando la instrucción a los tribunales de la Argelia francesa de que archivaran las denuncias por las supuestas infracciones cometidas por las fuerzas del orden. El "siervo de Dios" Schuman se hizo, por consiguiente, cómplice de las torturas y asesinatos cometidos por las autoridades francesas y contribuyó decisivamente a su ocultamiento.

Bruselas, 20 de enero de 2018.

 

Estimado Señor Bergoglio,

Papa de la Iglesia católica,

Me permito dirigirle la presente para manifestarle mi preocupación ante el nombramiento, al que usted ha procedido recientemente, del obispo Demetrio Fernández como miembro de la Congregación para las Causas de los Santos, habida cuenta de que dicha instancia instruye el proceso de canonización de Robert Schuman, conocido principalmente por haber sido uno de los llamados padres de Europa.

El obispo Fernández ha prodigado las declaraciones singulares, entre la que llama la atención una de hace unos años en la que afirmaba que la Unesco tenía un plan para transformar en homosexual a la mitad de la población mundial en 20 años.

En sí, no siendo yo católico, no tendría que ser asunto de mi incumbencia a quien nombrare usted en la mencionada congregación. Tampoco habría de serlo el que Robert Schuman sea o no santo. Le explico, pues, porqué le escribo. Seré breve.

Según se me alcanza, la causa de Robert Schuman se encuentra por el momento detenida, a la espera de un milagro reconocido y autentificado, lo que no es óbice para que Robert Schuman ostente ya el título de siervo de Dios. El siervo de Dios Schuman fue ministro de la justicia en Francia de 1955 a 1956, en la época en que este país, aplicando métodos que luego serían empleados en su país, que es también el mío, torturaba y asesinaba en Argelia. El siervo de Dios Schuman firmó una orden secreta e ilegal, junto con el general Koenig, dando la instrucción a los tribunales de la Argelia francesa de que archivaran las denuncias por las supuestas infracciones cometidas por las fuerzas del orden1. El siervo de Dios Schuman se hizo, por consiguiente, cómplice de las torturas y asesinatos cometidos por las autoridades francesas y contribuyó decisivamente a su ocultamiento.

Señor Bergoglio, yo no sé quiénes componen la Congregación para las Causas de los Santos, pero si son sus integrantes capaces de mantener y defender ideas tan absurdas como las de su nuevo compañero, no puede excluirse que le atribuyan un milagro al señor Schuman y que cometan lo irreparable, lo difícilmente reparable, a lo menos, de auspiciar que se haga santo a quien fuese miembro eminente de una conspiración destinada a hacer invisibles a los cadáveres de los desaparecidos y a acallar los gritos de los torturados. Que no pase esto bajo un papa argentino, señor Bergoglio, tan conocedor como usted de lo que fueron los años negros de nuestro país. Evítenos esa vergũenza.

Yo no soy católico, como le decía, señor Bergoglio: le escribo como ser humano, como docente, como argentino y, quizás, sobre todo, como primo de Alberto Hojman, desaparecido el 29 de abril de 1977, a los 19 años. Yo, en aquella época, tenía nueve años y empezaba a jugar en las inferiores de Ferro. Poco después llegué a España, a Sevilla. Recuerdo que desde el colectivo escolar escrutaba las caras de los peatones, soñando con que habían soltado a Alberto y que iba a aparecer, así de repente, caminando por una vereda sevillana. Hoy, a los 51 años, claro, ya no lo busco así. Pero siento el eco de su presencia cada vez que, como lo hago ahora, escribo para defender modestamente y sin peligro alguno algo que creo que Alberto hubiera juzgado honorable defender.

Me permito remitirle las palabras de homenaje2 que escribí con motivo de la colocación de una baldosa en recuerdo de Alberto. También le mando una carta, en francés, dirigida a mis amigos cristianos3 en la que quise dejar testimonio de la admiración que siento por ellos cuando, poniendo en actos la doctrina que usted profesa, acogen con generosidad a los refugiados y procuran restaurar un poco su dignidad. En dicha carta mencionaba a los militares franceses católicos que, en nombre de su fe, se habían negado a torturar en Argelia. No son pocos, señor Bergoglio, los católicos dignos que merecen ser honrados y reconocidos.

 

Lo saluda atentamente,

 

Sebastián Nowenstein.

 

1 Ver Une drôle de justice: Les magistrats dans la guerre d'Algérie, Sylvie THÉNAULT o, también: Des historiens soulignent l'emploi « systématique » de la torture par l'armée française en Algérie, Le Monde del 3 de diciembre de 2000.

2 https://blogs.mediapart.fr/sebastiannowenstein/blog/271217/lettre-mes-amis-chretiens

3 http://sebastiannowenstein.blog.lemonde.fr/2017/12/26/lettre-a-mes-amis-chretiens/

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