La campaña y posterior victoria de Donald Trump se ha desarrollado en un marco internacional particularmente favorable a los discursos de odio y exclusión. El primer Estado en celebrar la política migratoria de Trump ha sido Australia que cada año decide de la cuota de inmigrantes que pueden entrar en su territorio. En 2013, se pone en marcha la operación “fronteras soberanas” que permite la externalización del tratamiento de demandas de asilo y envía a los refugiados provenientes principalmente de Afganistán, Sri Lanka, Bangladesh, Paquistán e Irán a un campo de retención en la isla de Manus (Papuasia Nueva Guinea). La tolerancia cero respecto de los refugiados que intentan desembarcar en las costas australianas tiene como objetivo, según el discurso oficial, disuadir a los traficantes de personas. Contra la Convención de Ginebra, Australia envía a los refugiados a Camboya, Estado con el que ha celebrado un acuerdo para acoger a los mismos en contrapartida de 28 millones de euros anuales.

En Europa, asistimos con estupor a la muerte cotidiana de cientos de personas en el Mediterráneo (según el Alto Comisariado de Naciones Unidas para los refugiados se han acumulado en 2016 más de 10 000 muertes). El recrudecimiento del control de las fronteras terrestres y aéreas en Europa, ha acrecentado el número de personas que, arriesgando la vida, se aventuran a atravesar el Mediterráneo. Una red mafiosa de traficantes de seres humanos aprovecha de la tragedia de quienes, por razones políticas o económicas, deciden huir de su país. La avidez económica de los traficantes, los lleva a cargar en exceso las vetustas barcas poniendo en peligro regularmente la vida de miles de seres humanos.

Las políticas europeas actuales tienen su origen en fines de los años 60, cuando la industria pesada deja de necesitar mano de obra barata y se comienzan a modificar las políticas de acogida de inmigrantes. Una restricción generalizada de la inmigración económica se viene produciendo desde entonces y dicha situación se extiende también a los refugiados. Cabe recordar que estos últimos gozan de una protección internacional, contrariamente a los inmigrantes por razones económicas que pueden ser regulados por las leyes nacionales. Ello explica la sospecha (más o menos intencional) de las autoridades que ven en todo refugiado un inmigrante económico.  Cuando unos trescientos mil refugiados sirios golpean a la puerta de Europa (500 millones de habitantes), los medios de comunicación de masa y los partidos populistas de extrema derecha, no cesan de alimentar el pánico popular de las “invasiones bárbaras” que nos han hecho olvidar los principios en los se ha fundado la Unión Europa (Derechos Humanos, democracia, asilo político, derechos de los extranjeros….).

El asilo político forma parte de una tradición multisecular, baste recordar el Éxodo del pueblo de Israel o la huida a Egipto de la sagrada familia…. Durante la Edad Media, el refugio en las iglesias constituía una práctica generalizada.  El refugiado político forma parte de la historia de Europa y hasta Emile Zola se ha exilado en Gran Bretaña en 1898 por su lucha en el caso Dreyfus. Después de la Primera Guerra Mundial, Europa asiste a una crisis similar a la actual con la llegada de refugiados armenios y rusos que huyen del imperio otomano y de la revolución bolchevique. La persecución de los judíos europeos durante la Segunda Guerra mundial y el horror nazi, han llevado a la construcción jurídica del refugiado como sujeto del derecho internacional. Pero la memoria es corta, y en poco tiempo, hemos olvidado la historia que ha permitido otorgar al refugiado un estatuto independiente de la soberanía nacional. La grandeza jurídica del mismo reside en que la calidad de refugiado se constata, vale decir que los Estados deben aceptarla aunque puedan luego otorgar o no el asilo político. Este avance humanitario, construido en Europa, está siendo cuestionado actualmente hasta el punto que el Reino Unido sale de la Unión Europea justamente para escapar de las reglas comunes implementadas a partir del tratado de Ámsterdam de 1999 en materia de inmigración y asilo. 

Lo que resulta paradójico es que desde 2005, la Unión europea elabora una política de externalización de la cuestión de los refugiados financiando los países de tránsito como Turquía para controlar el flujo migratorio. Del mismo modo, Europol (la policía europea) y Frontex (Guardia de fronteras y costas) no han cesado de implementar políticas represivas en materia de inmigración ilegal y control de fronteras. Sin embargo, los discursos populistas de extrema derecha, continúan haciéndole creer a la gente que Europa es un espacio permeable invadido por hordas de inmigrantes.

Nigel Farage, líder del partido de la independencia del Reino Unido y artífice del Brexit articuló su campaña en torno de la invasión de los extranjeros y no resulta sorprendente que la actual Primera Ministra británica Theresa May se haya precipitado en visitar al reciente presidente Trump luego que éste firmara un polémico decreto migratorio prohibiendo la entrada por tres meses de ciudadanos provenientes de Siria, Irán, Sudan, Libia, Somalia, Yemen e Irak.

 

 

Todos los partidos de extrema derecha en Europa prosperan frente al miedo a la perdida de la identidad europea y hacen responsables de la decadencia económica y cultural a las políticas neoliberales que llevaron a la mundialización. Contrariamente al racismo tradicional, la nueva extrema derecha no utiliza explícitamente argumentos tales como la supremacía blanca (aunque denuncia el racismo anti-blanco) para oponerse a la inmigración sino que prefiere referirse a la economía: las políticas inmigratorias democráticas y la protección de los refugiados son presentadas como instrumentos clave del neo-liberalismo para bajar los salarios de los trabajadores nacionales y permitir enriquecer a las multinacionales. Del mismo modo, no es contra los musulmanes que se articula el nuevo discurso xenófobo sino en favor de la laicidad. Así, de lo que se trata, en apariencia, no es de estigmatizar al inmigrante sino de proteger al nacional (europeo) del peligro económico y cultural que el flujo migratorio implica: amenaza del Estado de bienestar, riesgo de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, riesgo de igualdad para las personas LGBT, vuelta al obscurantismo religioso….  Pero detrás del supuesto cambio de retórica subsiste una visión xenófoba del inmigrante y del refugiado. La sobrina de Marine Le Pen, Marion Marechal-Le Pen, diputada nacional, obtiene el 45% de votos en las últimas elecciones regionales en la Costa Azul (región particularmente prospera económicamente) esgrimiendo un discurso en el que abiertamente se amalgama el refugiado al terrorista islámico. Al abandonar una dialéctica abiertamente racista, la nueva extrema derecha europea ha seducido a una parte de la clase obrera que ve en el inmigrante un peligro para los derechos laborales y sociales a los que los que el capitalismo internacional post-industrial intenta socavar pero también a una parte de la piccola borghesia que se ve amenazada por el monopolio de las multinacionales. El inmigrante es también visto como un peligro para el orden y la paz pública y es por ello que hay que combatirlo. Al combinar discurso social y securitario, la extrema derecha consigue conquistar los votos de una parte de la clase popular y de la clase media.

Grecia, uno de los países que recibe el mayor número de refugiados en Europa junto con Italia, ha visto surgir el partido neonazi Amanecer Dorado que constituye la tercera fuerza política del país con representación parlamentaria. Alternativa para Alemania, La liga del Norte en Italia, el Partido Verdaderos Finlandeses, el Partido Popular Danés, Los Demócratas Suecos, el Partido de la Libertad de Austria, el gobierno húngaro denuncian la islamización de Europa y proponen políticas migratorias contrarias a todas las Convenciones internacionales. 

En este contexto, Trump no es una excepción sino la manifestación paroxística del clima ideológico en el que nos encontramos sumergidos en Occidente en el cual el inmigrante es el síntoma de la sociedad abierta y del cosmopolitismo que ha caracterizado a la democracia liberal. Por ello, la nueva extrema derecha se dice no ser ni de derecha ni de izquierdas, el enemigo es ahora la elite europeísta y mundialista que ha provocado el desorden internacional y promovido la inmigración masiva. La respuesta a tal situación no es otra cosa que el control de las fronteras nacionales, la vuelta a un nacionalismo cerrado contra el “multiculturalismo inmigracionista”.

Al saber explotar la angustia que la globalización provoca en una parte importante de la población y designar claramente como enemigos a la ideología que la sostiene (modernidad) y a su encarnación (inmigración), la extrema derecha europea es la fuerza política que se ha beneficiado del “malestar en la cultura” (Freud) y la que, ofreciendo remedios falsos, sigue creciendo en las intenciones de voto de las principales democracias occidentales.

 

 

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