Una historia real : En un beso la paliza

Sin darme cuenta, desde niño fui aprendiendo que era una ventaja haber nacido hombre en esta sociedad occidental, construida bajo los preceptos cristianos del moralismo y el machismo.

Jorge me contaba que cuando tenía seis años se quedó una tarde en la casa de la tía. La prima tenía su misma edad y el primo casi dos años menos. Se pusieron a jugar al escondite. Ella y él se metieron al armario. Y vayan a saber qué estaban haciendo cuando el primo abrió repentinamente la puerta y los descubrió. No lo recuerda: ¿Se daban un besito? ¿Le tenía la mano en debajo de la blusa? ¿O ella a mí? ¿Estaríamos descubriendo que a ella le faltaba un trocito de carne más abajo del ombligo?

No recuerda si el juego siguió. Lo cierto es que el lengüilargo del primo le contó a la mamá apenas llegó.

- Le pegó una paliza a mi prima con una correa que por poco no se puede sentar en días. Ella me mostró las nalgas dos días después, bien al escondido, atrás de una puerta, y estaban moradas. Hasta las toqué asustado, comprobando que eran suavecitas y redonditas.

Y, ¿a Jorge qué le pasó? La tía fue a contarle a la hermana.

- Nunca se me olvidará que mi mamá estaba colgando en el patio una sábana recién lavada, blanquísima. Ella me miró. Y sin ningún tono de reproche en su voz, sólo me preguntó:

- ¿Por qué lo hizo?

Escuchándolo, recordé a Gloria, mi vecinita. Una niña color café con leche, de ojos negros, pestañas largas y labios carnosos. Nos gustábamos. Esas miradas no podían mentir. Siempre tratábamos de estar cerca, y ella se dejaba tocar la mano antes de que yo saliera corriendo con el corazón a punto de reventar de felicidad. Tendríamos como siete años.

Una noche llegó nuestra gran posibilidad de estar juntos, solitos. Los niños y niñas de nuestra calle decidimos jugar al escondite. ¡Bendito sea este juego infantil! La condición es que nadie podía entrar a las casas. Máximo al antejardín.

Pero Gloria y yo no estábamos interesados en el juego, menos a cumplir esa regla. Por eso, al descuido de todos, entramos al patio de su hogar por un espacio que había con la casa vecina. Nos metimos al lugar donde estaba encerrada una marrana. El fuerte olor no nos importó. Acuclillados para que la cerca nos tapara, nos dimos besitos de pajarito, solo con los labios cerrados. Estoy seguro que no nos tocamos bajo las ropas. Si sucedió, no me quedó ningún recuerdo.

Pero cuando menos lo esperábamos, perdidos en la pasión, estalló a nuestro lado un explosivo terrible que gritó:

- ¡Los descubrí!

El aullido del niño fue tan tremendo que me caí al piso del susto. Pero eso no fue todo. Lo peor iba a comenzar. Gloria y yo también gritamos, pero del susto. Y ese trío de gritos, casi a coro, asustaron al animal. La cerda, que estaba recién parida, imaginando un ataque a sus críos, se levantó furiosa y nos embistió con su hocico. ¡Qué escándalo que armamos el chismoso, Gloria, la cerda, los cerditos y yo! No sé cómo salimos de ahí a una velocidad de pestañeo.

Eso se convirtió en un festín de chillidos porque casi a la par aparecieron los angustiados padres, hermanos y hermanas de Gloria, preguntando a todo pulmón qué pasaba. Al comprobar que solo estábamos aterrados, que la cerda no nos había mordido, siguió la tragedia para los enamorados clandestinos: llegaron las preguntas de por qué habíamos estado en la marranera. Y el gritón, lengua de sapo, dijo muy orgulloso que nos había encontrado escondidos besándonos.

Para ese momento todos los jugadores se amontonaban divertidos.

Nos llevaron a la sala de la casa. Y ahí sí que se armó la grande: Gloria tenía partes de la ropa sucia por culpa de las trompadas de la cerda. Yo estaba untado de estiércol al haberme caído de espalda.

Ese día quise cambiar de barrio porque los angelitos del juego, sin compasión ni sentimiento solidario, empezaron a corear que los enamorados olían a mierda.

Doña Ana los hizo salir de su casa, mientras me agarraba por el brazo y me entregó a mi mamá, contándole lo sucedido pero en versión deformada. Mi progenitora al verme así, sucio y oloroso, me llevó al patio a punta de correa, me hizo quitar la ropa y me tiró de la agua lluvia que se almacenaba en una caneca para las matas. No hizo mención de los besos con Gloria y de las otras cosas imaginadas por la vecina.

A mí más me dolían los gritos de dolor y llantos de Gloria, porque con una paliza le cobraron las manchas en la ropa y los besos dados. Mientras la mamá le pegaba, le repetía:

- ¡Eso no lo hacen las niñas decentes!

Aunque a la bella café con leche le prohibieron salir a jugar durante una semana, a la noche siguiente se fugó por la ventana trasera. Fue rauda hasta donde estábamos los niños reunidos, junto a unas pocas niñas, discutiendo a qué jugaríamos. Mi corazón saltó al verla, aunque inmediatamente supe que no era por mí que se arriesgaba. Llegó con aire muy resuelto a la pelea. Comprobó que el delator no estaba ahí. Claro, ninguno quería jugar más con él. Y él tenía miedo a ganarse un golpe mío. Gloria lo vio sentado, solito, en el antejardín de su casa, y fue por él. Lo agarró de una oreja y se lo llevó casi a rastras hasta el grupo. El pobre estaba tan aterrorizado que ni reaccionó para pedir ayuda. Todos mirábamos asombrados.

Ahí le soltó la oreja. Se abalanzó sobre mí y con esos labios de fuego me estampó un beso en los míos, dejándome más atontado de lo que ya estaba.

Luego se acercó al rostro del delator, lo miró retadoramente, con ganas pegarle, y le dijo:

- Ahora ve a contarle a mi mamá, ¡vieja chismosa!

Se fue en rápido caminado a su casa. Tocó a la puerta, le abrió la mamá, pasando por su lado como si no existiera. No recuerdo si le pegaron por desobediente. Seguro yo estaba tocándome los labios y contando estrellas.

Fue nuestro último beso. Días después comprobé que ella prefería esconderse con Nelson, pero no en la marranera.

 

* Esta historia hace parte del libro "No fly list y otros cuentos exóticos", publicado en Francia, Cuba y Venezuela

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