Pierre Richard: "Uno puede querer o no a Fidel Castro, pero él es un mito"

El 15 de enero de 2007 publiqué esta entrevista a Pierre Richard, ícono del cine francés, la cual ha sido reproducida por múltiples medios de prensa en el mundo. Aquí nos cuenta, principalmente, cómo fue su encuentro con el dirigente cubano Fidel Castro.

 

 

Hace muchos años que admiro a Pierre Richard, y al fin ahí lo tenía frente a mi: sonriente, con sus ojos azules resplandecientes.

Hasta sentado su cuerpo parece estar en movimiento, aunque sin mostrar al hombre distraído, tímido y un poco despistado que nos ha hecho reír en tantas de sus películas. Al cabo de pocos minutos esta gloria del cine francés deja traslucir a un personaje altamente sencillo y humano. Y aunque ni yo me lo creía, hasta hablé con él de la política exterior estadounidense, el derrumbe del Muro de Berlín, de la pobreza en el mundo, de Cuba, del presidente Fidel Castro...

Cuando transcribía la entrevista me surgió el gran problema de poner en letras una cascada de palabras vivas, cálidas, tiernas y repletas de un fino humor. De las horas pasadas, aquí presento una muestra de esa faceta de “El gran rubio con un zapato negro”, como titula una de sus más populares películas... Aunque ese día estaba en zapatillas.

«Creo que esa especie de obsesión que tengo por la justicia me viene desde la niñez. Crecí en un mundo rodeado de riquezas, en medio de una “burguesía aristocrática”. Recuerdo que de niño yo robaba manzanas en un castillo para dárselas a los trabajadores. Lo hacía de manera espontánea. Nadie me dijo si eso era bueno o malo, pero instintivamente yo sentía que debía hacerlo porque esas personas lo necesitaban.

«Entonces hoy, día a día, tengo estados de indignación ante las tantas injusticias que suceden en este mundo. Solo en Francia veo diez injusticias diarias. Y si me pongo a contar las del mundo…Veo las que suceden en América Latina donde las riquezas crecen y crecen, y la pobreza cada día es más enorme. Las injusticias que comete Estados Unidos contra los pueblos latinoamericanos y contra otras naciones pobres del mundo, son constantes desde hace más de cien años, y eso me indigna terriblemente: Está convirtiendo al mundo en algo absurdo.

«Pero debo reconocer que cuando hago balances de mi vida encuentro que no he defendido grandes causas. Quizás por eso he querido darle a mis películas un sentido humano. Además de decir lo que pienso, nunca me he puesto a la vanguardia de un combate político, ni a la cabeza de manifestaciones de protesta. Pero sí vivo indignado por las injusticias que me rodean. Y ello no debería sucederme porque tengo el dinero y la fama como para cerrar los ojos.

«Quizás hubiera querido ser Che Guevara, pero no fui Che Guevara. Y fue por el Che que llegué a Cuba, y por puro azar. Un día de 1987 un amigo periodista francés que acababa de estar en esta Isla y que encontró a familiares y gentes cercanas al Che, me propuso hacer un documental sobre él. No dudé un segundo en decirle que sí.

«Desde que toqué tierra cubana quedé sorprendido por la amabilidad de sus gentes. Nunca pude imaginar que mis películas eran tan populares en esta tierra que los medios de prensa nos mostraban llena de peligrosos comunistas.

«Las tres semanas que estuvimos filmando fueron muy emotivas. El problema fue al regresar pues llevábamos varios kilómetros de cintas, ya que cuando los cubanos empezaban a hablar del Che era casi imposible pararlos. Fueron días de inmensas emociones.

«Después de esa vez regresé varias veces. En la última estuve casi tres meses filmando una versión de “Robinsón Crusoe” (2002). Ha sido formidable trabajar con los cubanos, pues son muy humanos, gente muy preparada.

«Y un día pude encontrarme a Fidel Castro. Fue unos meses después del filme sobre el Che. No recuerdo si a fines de 1987 o comienzos de 1988. Yo había regresado como turista a ese país que me había sorprendido. Entonces me dijeron que Fidel quería verme. Yo estuve de acuerdo, pero los días pasaron y pasaron y la hora no llegó. Justo el día anterior al de mi partida me dijeron que él me invitaba a una recepción. Expliqué que yo salía para Francia al día siguiente en la mañana, y que después no habían vuelos de aviones que me permitieran llegar a tiempo. Con mucha tranquilidad me dijeron una frase que me sonó irreal pero que acepté: “quédese que algo haremos”. Y no se cómo, pero “algo hicieron”.

«En esa actividad me encontré como con 600 personas, incluidos jefes de Estado. Y yo sentía que tenía nada que hablar con ellas. Apareció Fidel Castro y empezó a saludar. Llegó donde yo estaba con mi traductora, me saludó y me habló como tres minutos y siguió saludando a otras personas.

«Entonces me dirigí a mi interprete y le dije: “estoy feliz de haberlo encontrado, pero creo que no se debía de haber desorganizado todo mi regreso por este instante. ¿Nos vamos?” Y ella me dijo: “aún no”. Media hora después habían 400 personas, y yo le pregunté a mi traductora, la única que hablaba conmigo: “¿nos vamos?” Y ella insistió en que todavía no. Otra media hora más, 200 personas en la sala: “¿Nos vamos?”. Y ella repitió que aún no. Ya estaba la sala casi vacía, cuando ella me dijo que debíamos ir a otra sala.

«Era más pequeña, pero había en ella unos 50 intelectuales latinoamericanos, entre ellos Gabriel García Márquez. Quedé aterrorizado y mudo, sin atreverme a cruzar palabra con alguien. Me quería ir volando de allí, pero la traductora insistía: “aún no”, y tranquilamente me inventaba más temas de conversación.

«Unos minutos después conté que estábamos 30 personas en esa sala. “¿Nos vamos?”. Y la misma respuesta. Cuando quedaban solo 15 latinos, pregunté lo mismo y ella me contestó como hasta entonces. Quedamos tres en aquella sala. Luego ella y yo solos. Yo mudo al fondo de la sala de donde no me había movido.

«Cuando lo vi llegar por el fondo del pasillo y avanzó hacia mí. Yo estaba más aterrorizado...

«Creo que conversamos unos 45 minutos. Yo quería que me preguntara de mi película sobre el Che. No lo hizo, aunque supe que ya la había visto y que le había gustado. Hablamos de la comida cubana y del mar.

«Pero en cada minuto de esos 45 me di cuenta de que es un personaje extremadamente carismático. Yo lo miraba fascinado, pues es fascinante, muy grande y hace muchos gestos al hablar.

«Porque uno puede querer o no a Fidel Castro, pero ese hombre es un mito. Yo conozco a otras personas que han tenido esa sensación ante él, y que me han dicho: “yo no lo quería nada de nada, pero a la media hora de haberlo saludado y escuchado ya me había volteado como a una tortilla”.

«Fidel Castro tiene un carisma extraordinario, que fascina. Es uno de los más grandes personajes del siglo XXI. En Francia no existe ninguno de su talla, ni Charles de Gaulle se le acerca. Ese hombre es un mito viviente...»

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