Ante el Covid, una oda a mis viejos

A comienzos de septiembre de ese fatídico 2020 yo había estado otra vez en Paris, pues desde hace un tiempo vivo a las afueras de la gran urbe. Los buses y el metro me desesperaban, y desesperan, por la irresponsabilidad de la gente que se amontona hasta sin necesidad, llamando al Covid...

Creo que fue en esa ocasión que me tomó en asalto traicionero, pues por más que escarbé en mi memoria no encontré ninguna otra posibilidad. Unos tres días después empecé a sentir malestar en los ojos, y más en el izquierdo. Al final de la jornada el dolor era intenso, tremendo. Me dije que era el resultado de tanto trabajar, pues trabajaba y trabajaba porque tenía que terminar dos videos y estaba atrasado. También quise culpar a la pequeña pantalla del computador portable. O seguro que eran esos lentes.

Hacia las diez de la noche me sentí con fiebre. Eso sí disparó mis alarmas. Es que si a algo le he tenido pánico a lo largo de mi vida es a la fiebre y a una inyección en la nalga : el chuzon lo pueden hacer en un ojo, en la lengua, pero no en las nalgas. Esos dos terrores nacieron, dicen mis padres, por culpa de una infección, con alta fiebre, cuando era un bb, y debieron aplicarme muchos millones de penicilina.

Lo extraño es que con esta fiebre no sentí temor. Ni el horripilante escalofrío me asustó. Algo muy raro. Estaba sorprendido. Mi compañera durmió conmigo, pues ni pensamos que podía ser algo grave. Era un simple accidente de trabajo, pues nunca me he enfermado. No alcancé a ver todo el documental, me dormí con fiebre. Pasé una noche calientica pero tranquila. Seguro el paracetamol ayudó.

A las 5 am, como casi siempre, me desperté y aun con fiebre. Otro paracetamol y a trabajar. Lo hice toda la mañana, hasta que empecé a sentir de nuevo el dolor en los ojos y la fiebre. Otro paracetamol, el único medicamento que conozco (rara vez un voltarén), pero siempre mucho ajo, cebolla,  limón, la miel, el ron, el optimismo y todo lo que haga vibrar la piel.

Entonces me fui al salón para hacer mis ejercicios casi diarios.

Y ahí me di cuenta que algo no estaba bien: la respiración empezó a faltarme ante el mínimo esfuerzo. Siempre he logrado estar un minuto o más aguantando la respiración, y ahora no llegaba ni a tres segundos!! Llamé a mi compañera, pero le dije que se estaba aumentando la herencia de mi madre, el asma, pues algo de esto lo había sentido años atras, en los primeros momentos en que empezaba un juego de voleybol. Pero nunca como ahora.

Recordé a mi mamá cuando nos decía ahogada, buscando oxigeno en el espacio, apenas soltando palabras: ‘aunque muriéndome mi vida sigue’. Y empezaba a pelar plátanos o lavar ropa, sin necesidad, pues mi padre siempre se lo recriminaba y prohibía, pero ella quería demostrarnos que se podía.

Fue tremendo sentir que no lograba aguantar mas de esos segundos, pero seguía los ejercicios. Quería demostrarme que podía llegar a 4 segundos, nada !! Con mi preocupación me fui a la ducha y luego al computador. No dejé de trabajar.

Esa noche, mi compañera me insistió que debía ir al médico, pero le dije lo que siempre repito: los médicos son para los enfermos. Siempre he dicho que la farmacia está en la cabeza.

Durante los 4 días que duró lo peor de este artero ataque no dejé de trabajar, ni de hacer ejercicios, ni hacer la cena, ni todo lo que se debe hacer estando vivos. Durante las 18 horas que duran mís dias laborales también escuché salsa y bebí ron o güiski. Alguna vez en el día cerré los ojos en la silla durante unos diez minutos, así descansaba.

A veces se me pasaba por la cabeza ir a la cama, pero nada más. ¿Ir a la cama durante el día, antes de la media noche? No: mis padres me enseñaron que la cama enferma y ahí se va mucha parte de la vida. Y lo he cumplido rigurosamente.

Durante casi diez días, sin decirle casi a nadie, estuve en el encierro típico de esta pandemia. Mi compañera nunca tuvo nada, ni una tos. Nada!! Incognita!

Ya saliendo de los momentos más duros le conté a mis hijos, bajo la palabra de que no lo contarían. Y lo cumplieron. Mi hija mayor, médica, me aseguró que era Covid y que debía ir al médico. Les dije que si ya no me había matado, ya no lo haría.

Como a los quince días de haber empezado el dolor en los ojos, al fin decidí ir donde la médica. Aún me faltaba lograr el minuto de resistencia pulmonar, pero me acercaba. Me examinó por todos lados: estaba muy bien. Entonces le dije que había tenido esos sintomas. Me miró con sus ojotes y me mandó examenes. Sí, había notado algo en mi vientre, pero nada en mis pulmones.

El scanner (no una simple radiografia) mostró las heridas en ellos. Esto, ver los pulmones con manchas, sí me asombró: estuvieron bien maltratados por el tal virus de mierda!

Ni un mes había pasado de la primera fiebre y ya volví al minuto y tres segundos conteniendo la respiración. Ya estaba bien de nuevo!

También, durante unos diez días, los más duros, a grandes pasos, casi ahogado, estuve subiendo por una pequeña colina llena de árboles, siempre acordándome de mis padres, en especial de mi madre, estos humildes campesinos de poco estudio escolar: ‘es uno quien manda sobre el cuerpo, si en tu mente eres optimista. Siempre se puede más’. Y: ‘la cama enferma, pues solo sirve para descansar unas horas y tratar hacer familia con todas las ganas’. Y lo sigo cumpliendo con rigor.

Debe ser por eso que ella, con 90 años, y él con 94, en estos días nos sorprendieron bailando!

Resumiendo: si cuando fui torturado salvajemente durante varios días, hasta poniéndome tanta electricidad que por poco alumbro, y no hablé, resistí, este Covid no me iba a ganar!

(Ah, un excelente ejercicio es golpear, con pies y manos, una bolsa de boxeo quince o treinta minutos diarios…)

Un abrazo,

Hernando Calvo Ospina

Le Club est l'espace de libre expression des abonnés de Mediapart. Ses contenus n'engagent pas la rédaction.