Una historia real: Embrujaba y no era bruja

Esto me sucedió hace ya unos años en Haití. Sigo sin olvidar aquellos ojos verdes brujos en esa piel negra

Los camarógrafos empezaron a preparar lo necesario para filmar en la sala de esa casita, en un barrio lejano de la capital haitiana.

Yo pedí permiso para visitar el resto de morada, por si necesitaba otro escenario. En una habitación había dos camas. Al frente de ella, otra que tenía una tela como puerta. Era oscura porque no había ventana. Como el resto de casa el piso era de tierra.

Empecé a escudriñar lo que ahí había, ayudado por la tenue luz de un trozo de vela. Era como si las paredes se tragaran sus destellos. Me di cuenta que me había dejado solo la mujer que me acompañaba.

En un rincón divisé una especie de altar con algunas flores y otros objetos que no identifiqué. Al acercarme casi tropecé con algo. Me fije dos veces. Volví a mirar: eran tres calaveras y muchos huesos humanos. Sin darme cuenta había traspasado una especie de espacio dividido por una ancha línea seguramente hecha en cal, que ya el tiempo estaba borrando. Eché hacia atrás rápidamente por respeto y hasta con temor.

Observé. Se notaba que ahí habían alumbrado muchas velas. No existía ningún aroma especial fuera del olor a tierra húmeda.

Sentí que las calaveras me miraban, y que los huesos largos, fémures, seguro, querían atraparme. Entonces salí, pero sin darles la espalda. Jamás se sabe.

Corrí la cortina para salir y casi se me acaba de caer el corazón del susto, al encontrarme el rostro negro de la mujer que me acompañó hasta la primera habitación. Me miraba como inquisidora. Seguro que tartamudeando le pregunté si se podía filmar ahí. Que no, me respondió secamente sin dejarme de mirar con esos ojos que me traspasaban. El deseo que tenía de orinar unos minutos antes había desaparecido. ¿Se habría evaporado o diluido en la sangre del miedo?

Volví a la sala. ¡Qué felicidad encontrar ahí a los dos camarógrafos!Estaban sentados charlando animadamente con varios jóvenes, pero al verme el color del rostro me preguntaron si había visto al demonio.

- Casi, les respondí.

Todo estaba listo para filmar una sesión de baile vudú. Cámaras y luces en su sitio, el cuero de chivo de los tres tambores empezaron a ser sonados. Varias mujeres empezaron a cantar algo inentendible para este pagano.

Una joven negra, descalza, con una blusa roja y una minifalda negra llegó para empezar a bailar. Suave primero. Poco a poco fue agitando su movimiento. Los tambores y los cantos no paraban y ella tampoco. Tomaba algo de una botella, líquido que a veces escupía. Fue entrando en una especie de trance. Se contorneaba como si fuera de caucho. Los minutos pasaban y nadie parecía cansarse, menos ella, pues parecía que estuviera en otro mundo. Hasta que cayó al piso y siguió contorneándose, aunque más parecía tener un ataque epiléptico.

Era increíble, alucinante.

Luego se fue calmando hasta quedar rígida en el piso. Miré su rostro y los ojos estaban muy abiertos, en blanco, y como si fueran a salirse. Pensé socorrerla pero al ver que los suyos seguían cantando no me moví.

Vinieron varios hombres por ella y se la llevaron. No sé cuántos minutos había durado ello, pero fueron muchos.

Ya no había más para filmar. Todo estaba bien.

Me recosté al marco de la puerta que daba a un pequeño patio. Oscurecía. Me proponía ayudar a recoger los equipos para partir más pronto, cuando sentí una especie de calor en el aire y que unos ojos estaban sobre mí. Giré el rostro y me encontré con uno de los rostros más bellos que he visto en la vida. Era la mujer que había bailado. Me sonrió. Le sonreí. Quise decirle lo magnifico de su baile, pero ella se me adelantó:

- ¿Ya se van?

- Sí.

- ¿Usted también?

- Claro, somos un equipo.

- Quédese. Me gustas. Quiero dormir con Usted esta noche.

Me retiré del marco para verla mejor. El vestido se le pegaba al cuerpo sudoroso, lo bien delineado que lo tenía, y que inmerso en su baile no había notado. Observé sus ojos: eran verde claros como algunos mares. ¡Una negra con ojos verdes! Ella no me dejaba de mirar, mientras me sonreía y me insistía con voz suave y sensual que me quedara. Casi le digo que sí. O quizás lo murmuré.

No se sabe qué me hizo despertar para decirle que no. Volvió a insistir, ahora tocándome la barbilla. ¡Que no y que no!

En centésimas de segundo recordé las calaveras y los fémures, saliéndome una mentira desde lo más profundo de mí:

- No puedo, mi mujer me espera.

La verdad sea dicha: no me fui, hui.

 

* Esta historia hace parte del libro "No fly list y otros cuentos exóticos", publicado en Francia, Cuba y Venezuela

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