Estamos donde estamos: indultos frente a insultos

Sorprende la desconfianza que las derechas muestran hacia un poder judicial cuyos órganos mantienen bloqueados desde hace dos años y medio. ¿Acaso es posible un « cambio de régimen »? ¿En serio Casado, Abascal, Arrimadas y sus numerosos altavoces mediáticos desprecian tanto a los tribunales que creen que no se aplicarían las leyes vigentes para frenar cualquier « asalto » al Estado de Derecho? Jesús Maraña analiza el panorama político español marcado por las medidas de gracia a los condenados por el procés.

Si aceptamos que la concesión de los indultos a los condenados por el procés que este martes aprobará el Gobierno es un punto de inflexión en la crisis territorial que España afronta desde hace más de una década (por no decir tres siglos), valdría la pena dedicar una tesis doctoral al análisis comparativo entre los discursos pronunciados este lunes, con una diferencia de pocos minutos, por Pedro Sánchez en el Liceu barcelonés (ver aquí) y por Pablo Casado ante la plenaria de los grupos parlamentarios del Partido Popular (ver aquí).

Valdría la pena también realizar un ejercicio a ciegas, prescindiendo de filias y fobias, de sectarismos partidistas, de manías personales o de axiomas preconcebidos sobre la llamada patria (ese concepto vidrioso que unos ven en un mapa, otros en la amistad, algunos en la infancia y no pocos en la comunidad que paga religiosamente sus impuestos). Convendría que voces no identificadas, neutras pero convincentes, leyeran y grabaran cada discurso para ser escuchado sin desvelar su autoría hasta después de que cada oyente opine sobre su contenido. Confieso que me gustaría conocer el resultado de una encuesta independiente realizada sobre esas condiciones.

¿Por qué? Pues porque, a pesar del ruido, de la polarización y de la desinformación galopantes, hace décadas que la ciudadanía española viene demostrando ser mayoritariamente partidaria del diálogo frente al insulto, de la concordia frente a la ruptura, del respeto mutuo frente a la imposición, de la pluralidad frente al autoritarismo (sin todo eso, además de los intereses creados, no habría existido Transición alguna). Los discursos de Sánchez y de Casado este lunes han dibujado dos formas de concebir Cataluña, España y la propia democracia. Y para calcular el respaldo social de cada una de esas concepciones, convendría descontar el peso del « antisanchismo » y del « anticasadismo » que llevan a prejuzgar sus posiciones y hasta sus intenciones.

Si hiciéramos una cata a ciegas, observaríamos que en el mensaje con el que Sánchez argumenta los indultos se reiteran los conceptos de concordia, convivencia, diálogo, respeto, democracia, corazón, acuerdo, reconciliación... En el de Casado abundan distintas variedades de términos como sanchismo, España, golpe de gracia, cambio de régimen, separatismo, secesión, cobardía...

Nada más iniciar Sánchez su discurso, desde las propias butacas del Liceu ya quedó clara la falsedad de que los indultos consisten en una « rendición » al independentismo. Se escucharon gritos de « independencia » y « aministía » (ver aquí) que dejan claro que los indultos no satisfacen en absoluto a los sectores que defienden la vía unilateral y no admiten otra base de diálogo que no sea (como mínimo) el referéndum de autodeterminación.

Aquí asoma una diferencia clara entre el discurso del presidente del Gobierno y el del líder de la oposición. El primero asume que los indultos son « un primer paso » en el camino hacia « un nuevo modelo de país » en el que puedan convivir y entenderse concepciones distintas sobre el propio modelo de Estado siempre que respeten las reglas democráticas y bajo el paraguas (elemento clave) de un mismo « proyecto europeo ». Habrá que confrontar la apuesta por la « unión » de una España plural y diversa con la de quienes ya han dado la espalda a cualquier proyecto compartido. Quizás sea no sólo inevitable sino conveniente que las urnas se pronuncien en su día y con condiciones acordadas sobre este extremo, con preguntas suficientemente abiertas para que no quepa la imposición.

En el discurso de Casado no se observa más novedad que la que expresa el enfado hacia quienes ya considera poco menos que « traidores » a su concepto unilateral e inamovible de España. No acepta siquiera que den una oportunidad a la vía política de diálogo. Lo que Casado vio entre quienes aplaudían en el Liceu es « una supuesta sociedad civil rota y débil entregada a un Gobierno con dinero pero sin principios ». Y donde empresarios, banqueros, sindicatos u obispos perciben una oportunidad para la convivencia democrática, Casado sólo divisa  « lobbys en búsqueda de fondos europeos ». En su galopante competencia con el discurso de Vox, el PP denuncia la « debilidad económica y moral » de los « extraños compañeros de cama » que apoyan los indultos. Traidores y vendidos, que diría Abascal. Ganando amigos a base de insultos.

Esa sugerida (y sugerente) tesis doctoral tendría que analizar la confianza o desconfianza que cada uno de estos discursos deposita en el sistema democrático e institucional. Resulta cuanto menos curioso que quien defiende los indultos haga hincapié en la fortaleza demostrada por el Estado y en la necesidad de demostrar su « magnanimidad » (prepotencia mal traída que enciende los ánimos en amplios sectores del catalanismo), mientras que Casado repite que el proyecto del sanchismo es « un cambio de régimen » que pasa por el « desfalco de la soberanía » y desemboca en la « ruptura de España ».

Incluso para quienes consideramos que la sentencia del procés fue muy excesiva en sus condenas, y que el delito de sedición debe ser reformado y adaptado al siglo XXI, sorprende la desconfianza que las derechas muestran hacia un poder judicial cuyos órganos mantienen bloqueados desde hace dos años y medio. ¿Acaso es posible un « cambio de régimen »? ¿En serio Casado, Abascal, Arrimadas y sus numerosos altavoces mediáticos desprecian tanto a los tribunales que creen que no se aplicarían las leyes vigentes para frenar cualquier « asalto » al Estado de Derecho?.

Este mismo martes conoceremos la argumentación individualizada de unos indultos que son potestad del Ejecutivo, tan legítimos y respetables (al menos) como los que en su día beneficiaron a golpistas del 23-F o a políticos implicados en el terrorismo de Estado de los GAL. Sus beneficiarios llevan más de tres años y medio en prisión. No se pretende cambiar sus ideas, protegidas por una Constitución no militante, sino dar una oportunidad a la palabra y al intercambio de reivindicaciones desde el respeto democrático.

Sin acritud: ¿cuál es la alternativa? Me permito destacar (ahora que tanto eco tienen los Savater y los Trapiello) otras voces de intelectuales lúcidos y respetados, como algunos que han pasado por infoLibre en las últimas semanas. Advertía Manuel Vicent: « Si la derecha quiere que dentro de diez años haya el 80% de independentistas catalanes, que siga con esto, que siga con esta política judicial en vez de hacer política de verdad » [ver aquí]. Y añadía Juan José Millás: « Si gobernara el Partido Popular, no es que fuera a dar indultos, es que seguramente daría amnistía […] y además es probable que el PSOE le apoyara o por lo menos no estorbara como hizo con el artículo 155 » (ver aquí).

Las encuestas indican que la comprensión de los indultos va evolucionando desde que se anunciaron hasta este martes en que se aprueban (ver aquí). Aún existe un apoyo mayoritario en Cataluña y una oposición (menos) mayoritaria en el resto de España. No convencerán nunca a quienes ya han dado la espalda al Estado ni a quienes sitúan como prioridad tumbar al Gobierno de coalición antes que experimentar soluciones a problemas enquistados. El Gobierno, y la mayoría parlamentaria que apoya la medida, tienen margen para explicarla y demostrar su « utilidad pública ». Mientras tanto, efectivamente, « estamos donde estamos », y no sólo se trata de Cataluña, sino también (y quizás sobre todo) del paro juvenil, del salario mínimo, de la factura de la luz... En todo eso se la juega el Gobierno de coalición. Más que con los indultos, donde quien se la juega, más bien, es España.

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