Una de las máximas dirigentes de Podemos reconocía en privado la semana anterior que estaba sorprendida por las negociaciones entre los cuatro principales partidos para la composición de la Mesa del Congreso y los grupos parlamentarios: « es como jugar al mus con gente muy experimentada ». Lo que ha hecho este viernes Pablo Iglesias ha sido lanzar un órdago a Pedro Sánchez y al PSOE, a los que traslada toda la presión. Mariano Rajoy, que no estaba invitado a la mesa, ha aprovechado de inmediato la coyuntura para sumarse a la presión sobre Sánchez y quitarse de enmedio temporalmente, confiado en un posible fracaso de las negociaciones en la izquierda para retomar su propuesta de gran coalición o para acudir de nuevo a las urnas. Acabe como acabe la partida de la investidura, en Podemos están convencidos de que saldrán ganando. Aunque el órdago fuera de farol, algunos de sus efectos ya son inevitables. Pero la jugada tiene altos riesgos.

   1.- Sin entrar (aún) en el fondo del asunto, el equipo estratégico de Podemos ha vuelto a descolocar a todo el mundo. El golpe de efecto, en términos de comunicación política y de habilidad táctica, es difícilmente discutible. Un día en el que los protagonistas iban a ser el rey, Rajoy y Pedro Sánchez (en este o en otro orden), Pablo Iglesias, al proponerse como vicepresidente de un gobierno con PSOE y IU, volvió a ocupar el primer plano y a tomar una iniciativa que teórica y aritméticamente no le correspondía.

   2.- Ha alterado el plan de Mariano Rajoy, que la noche anterior había confirmado que « evidentemente » se presentaría a la investidura. Intentando vender irónicamente una coherencia imposible, Rajoy ha explicado que no dice que no a la investidura sino que simplemente « en el día de hoy » no está en condiciones de « obtener una mayoría en la Cámara ». Tampoco estaba en condiciones de conseguirla en el día de ayer ni de anteayer. Ha reconocido que el único factor de cambio ha sido la propuesta de Iglesias, « que cuenta con más votos a favor, pero sobre todo con menos votos en contra » que la suya. Es verdaderamente indignante: desde este mismo viernes el PP es el primer partido político imputado (investigado) por daños informáticos y encubrimiento en el borrado de los ordenadores de Bárcenas (como por cierto había avanzado infoLibre); su actual tesorera también queda imputada como lo fueron todos sus antecesores en el cargo, y ha tenido que dimitir la mano derecha de Soraya Sáenz de Santamaría por el escándalo de Acuamed. Todo en el mismo día. Pero al presidente del PP, Mariano Rajoy, no le parecen asuntos importantes como para dar un paso atrás o retirarse de la carrera por la investidura. Lo que le ha hecho cambiar de estrategia es que Iglesias anuncie su disposición a entrar en un gobierno de Sánchez. 

   3.- Lo que lanza Iglesias es un órdago que obliga a Pedro Sánchez a dar pasos claros, a definirse para intentar un gobierno de izquierdas o para ceder a la presión interna y externa que le empuja insistentemente hacia un acuerdo que facilite otro gobierno del PP o del PP con Ciudadanos. En cualquier caso, logra (en principio) situar la pelota en el tejado socialista.

   4.- Hasta tal punto es intencionado este órdago que empieza por dibujar un reparto de áreas o carteras, en el que incluye también a IU, y en el que se autonombra vicepresidente el propio Iglesias, de modo que en un hipotético final feliz no habrá sido Sánchez el impulsor del proyecto, sino que la autoridad visualizada es la de Iglesias. 

   5.- La audacia (o la osadía) de llevar al rey su propuesta de gobierno de coalición sin haber informado siquiera a los potenciales socios, ni al PSOE ni a IU, abona la interpretación de que que Iglesias tiene más interés en debilitar al PSOE que en sumar una sólida opción de gobierno progresista. Que Iglesias explique el paso como gesto de « lealtad institucional hacia el jefe del Estado » solo cabe interpretarlo como sarcasmo. Lograr que todo el mundo imagine al rey informando a Pedro Sánchez de la oferta de Iglesias para formar gobierno con él es una jugada con tan mala leche que peca de excesiva. No costaba nada haber informado a Sánchez de esa propuesta una hora antes. 

   6.- Pedro Sánchez reaccionó a la humillación aparentando calma. Echando el balón hacia delante. Se mostró irónico ante las formas empleadas por Podemos (« me he enterado de que ya tenía hecho medio gobierno... ») pero no rechazó el guante: « confío en que, si Rajoy fracasa, tendremos un gobierno de progreso ». Rajoy liquidó esa reacción pocas horas después al renunciar (temporalmente) a intentar la investidura. 

   7.- Hay ingredientes en las declaraciones públicas de Iglesias y de Sánchez que rozan lo surrealista. Iglesias se compromete o exige « retransmitir » la negociación con el PSOE para la formación de Gobierno. Y Sánchez (que podría haber preguntado a Iglesias por qué no ha retransmitido las negociaciones entre Podemos y sus confluencias) ha intentado superar el envite anunciando que « todas las conversaciones van a ser transparentes, con luz y taquígrafos ». Habrá que tomarles la palabra a ambos (y también sugerirles la lectura de Byung Chul Han, 'La sociedad de la transparencia', para « no confundir transparencia y pornografía » y para no hacer trampas en el discurso). Por supuesto que es exigible una absoluta transparencia en los contenidos de los pactos que se intenten, pero la retransmisión de discusiones al estilo ensayado por Beppe Grillo, por ejemplo, puede convertir la negociación política en mero espectáculo electoralista.

   8.- Es cierto que Iglesias no sólo ha hablado de carteras, y de compartir gobierno cuando antes había anunciado reiteradamente que « nunca » participaría en un Ejecutivo presidido por el PSOE. También ha lanzado una serie de propuestas concretas en las que hay muchas coincidencias con las que defiende Sánchez. Y ha habido matices interesantes sobre reforma constitucional que diluyen la famosa 'línea roja' del referéndum catalán, en todo caso posterior a una consulta en todo el Estado sobre esa reforma. No hay que olvidar que las diferencias internas no son exclusivas del PSOE.  Casi un tercio de los escaños de Podemos corresponden a las confluencias catalana, gallega y valenciana, e Iglesias no tiene fácil atender los equilibrios de prioridades políticas con sus socios.  

   9.- La pincelada gruesa diría que tanto Sánchez como Iglesias están decididos a intentar en serio una opción de gobierno que las urnas certificaron con más de 12 millones de votos de izquierda frente a los 10,8 millones de PP más Ciudadanos. Si exploramos un poco por debajo de la espuma de ese órdago de Iglesias cabe la duda de si en realidad Podemos hace lo que hace con la vista puesta en el medio-largo plazo de su ambición política y no tanto en la gobernabilidad inmediata. (Como los demás, por otra parte). Sabe que Sánchez afronta la presión interna (no hay más que leer la reacción de Rubalcaba este mismo viernes en Facebook) y la externa (basta con repasar el editorial de El País del mismo día). La escenografía del órdago ha sido una provocación que da alas a quienes se oponen desde dentro y desde fuera del PSOE a cualquier acuerdo por la izquierda. El propio Iglesias tendrá que asumir la presión que supone la simple posibilidad de que finalmente sea Rajoy el investido.

   10.- La espantada de Rajoy obliga al rey a pulsar la tecla de reiniciar contactos, pero sobre todo emplaza a Sánchez a abordar con urgencia conversaciones de fondo que le permitan no sólo vislumbrar una mayoría en el Congreso sino un plan sólido que pueda defender ante el Comité Federal socialista del próximo día 30. Porque para alcanzar la mayoría no bastan siquiera los votos de Podemos, sus confluencias, Compromís (que ha tenido que pasar al Grupo Mixto) e IU. Necesitaría además al PNV y la abstención de los independentistas catalanes. O bien la de Ciudadanos. Un puzzle mucho más complejo que una partida de mus. 

Los próximos días y semanas iremos vislumbrando si la 'voladura' del tablero en este viernes intenso puede servir para llenar de contenido un amplio acuerdo de progreso o si algunos (o todos) los protagonistas de la partida mueven sus fichas con la vista puesta exclusivamente en unas elecciones repetidas.

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