Hollande liquida la voz de su conciencia

“Todo dura siempre un poco más de lo que debería”, dejó escrito en París (donde murió y está enterrado) Julio Cortázar, de cuyo nacimiento se cumplen cien años precisamente este martes 26 de agosto. Y eso mismo parecen haber pensado François Hollande y su primer ministro Manuel Valls después de 147 días de existencia de un Gobierno insostenible por sus contradicciones internas. Las encuestas indican que la mayoría de los franceses opina a su vez que el dúo Hollande-Valls está durando ya más de lo que debería, y el electorado de izquierda que situó al primero en la presidencia gala hace sólo dos años tiene serios motivos para temer que la ‘decepción Hollande’ suponga el penúltimo disparo en la rodilla de la socialdemocracia.

En un movimiento totalmente coordinado, Valls presentó este lunes a Hollande la dimisión en bloque de su Ejecutivo, y de inmediato el presidente le encargó la formación de un nuevo gobierno del que desaparecerán las voces críticas. Muy especialmente la de Arnaud Montebourg, ministro de Economía que este mismo sábado declaraba a Le Monde: “Hay que dar prioridad a la salida de la crisis y trasladar a segundo plano la reducción dogmática del déficit”. Justo la prioridad contraria de la que Valls defiende y de la que Bruselas y Berlín reclaman a París.

Valls, cabeza visible del ala social-liberal en el Partido Socialista galo, anunció en abril un programa de recortes de gasto de 50.000 millones de euros en los próximos tres años, y provocó la rebelión de 41 diputados socialistas, que se abstuvieron en la votación tras un discurso del primer ministro trabado con argumentos casi idénticos a los que defiende Mariano Rajoy: “No podemos vivir por encima de nuestras posibilidades”, proclamó Valls ante la Asamblea Nacional, para luego concluir que la reducción del déficit “asfixiante” es imprescindible para crear empleo, mejorar la competitividad, etcétera, etcétera. Es decir, el manual del austericidio impuesto en la zona euro.

La incoherencia de Hollande

En realidad el cambio de gobierno en Francia viene a ser un gesto de “coherencia” de Hollande con el giro que dio a su mandato con el nombramiento de Valls y su compromiso con las políticas de austeridad. Tener como primer ministro a un seguidor fiel de la doctrina liberal y como ministro de Economía a alguien que considera que la austeridad es “ineficaz e injusta, y origina un sufrimiento inútil a los ciudadanos” resultaba esquizofrénico. Hollande ha decidido, pese a la constante caída de su popularidad, unir por completo su suerte a la del primer ministro, lo cual supone apostar todas las fichas a una incoherencia de fondo, porque Hollande ganó las presidenciales de 2012 con un programa mucho más cercano al que representa Montebourg. Prometió que pararía los pies a Merkel, que pelearía por la mutualización de la deuda (los eurobonos), que no recortaría el Estado del Bienestar, que pondría freno a los privilegios del poder financiero… Tras una primera fase en la que intentó mantener el pulso con Berlín, Hollande tuvo la ocurrencia de hacer convivir en el mismo Gobierno dos almas incompatibles al colocar a Valls como primer ministro y a Montebourg en Economía, como si este fuera la voz de su propia conciencia o el parapeto ante los reproches desde sus propias filas. El invento no ha resistido cinco meses. Y de los compromisos que llevaron a Hollande a la presidencia queda poco o nada.

El nuevo gobierno que este mismo martes estrena Francia no es sólo una especie de última oportunidad para Hollande y Valls. Más allá de las consecuencias internas (Montebourg se dibuja como aspirante a disputar las próximas presidenciales y la división entre los socialistas sólo puede crecer) este nuevo ejercicio camaleónico supone una nueva derrota de la política respecto al poder económico. Y augura además otro golpe a las esperanzas de renacimiento de los socialdemócratas. Zapatero practicó el harakiri famoso a mediados de su segunda legislatura, cuando entró en contradicciones con su propio electorado. Hollande se ha dado más prisa en decepcionar a los suyos.

Sigue en marcha en Italia el exitoso experimento (al menos por ahora) de Matteo Renzi, que ha conseguido frenar el auge de los populismos con un proyecto de reformas audaces que prometen respuestas a los nuevos retos políticos. El tiempo dirá si Renzi se confirma o no como referente sólido, lo cual dependerá mucho de la marcha de una economía condicionada por el mismo recetario. Y el tiempo aclarará si lo que va adquiriendo cuerpo en los países del sur, no resignados al ‘discurso único’, es la necesidad de frentes amplios que otorguen mayor peso a un nuevo progresismo.

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