El mundo será algo más tranquilo con Biden

El previsible próximo presidente de EE.UU. no impulsará grandes cambios, no está en su carácter. Pero intentará cicatrizar algunas heridas en su país y en el planeta.

No es demasiado arriesgado predecir que, si de él depende, el mundo será algo más tranquilo con Joe Biden en la Casa Blanca. Su aspecto patricio expresa bastante bien su carácter, tan opuesto al de Donald Trump. Biden es tranquilo, educado, cauteloso y respetuoso del sistema. Hará pocas cosas novedosas en su país y en el mundo. Pero con no ser Donald Trump ya aportará cierta serenidad y previsibilidad a un planeta convulso.

Nacido en Scranton (Pensilvania) el 20 de noviembre de 1942, Biden va a poder celebrar su 78 cumpleaños como el próximo presidente de Estados Unidos. Su Estado natal le dio los votos que precisaba para alcanzar la mayoría mínima necesaria de 270 compromisarios en el Colegio Electoral. Los que sumó en otros Estados le reforzarán ante las marrullerías con que Trump intentará mantener la idea que ya expresaba antes de que votaran los norteamericanos: él ha ganado los comicios de 2020 y todo el que diga lo contrario es mentiroso y fraudulento.

Los comicios estadounidenses ya nos han aportado unas cuantas certezas. He aquí algunas.

1.- Más que ganar Biden, ha perdido Trump. No echaremos de menos a Donald Trump. Al contrario, siempre recordaremos sus cuatro años en la Casa Blanca como una pesadilla. Una pesadilla a la que el pueblo de Estados Unidos puso fin en unos comicios reñidísimos y un agónico escrutinio de los votos. Aviso, sin embargo, a los incautos navegantes de la prensa, la demoscopia y el centroizquierda rosita: Trump ha mejorado los resultados que en 2016 le dieron la victoria frente a Hillary Clinton. Ha obtenido unos 6 millones de votos adicionales. Solo ha perdido porque la participación ha sido inmensa y el rechazo a su persona tan masivo que Biden ha cosechado muchísimas más papeletas que Hillary Clinton hace cuatro años.

Es lo que tiene apostar por la mentira, la demagogia y la chulería practicadas por Trump e imitadas por tantos seguidores suyos de ultraderecha. Estos trucos sucios pueden ser eficaces para la conquista del poder en unas elecciones democráticas celebradas en países en crisis, pero no lo son tanto para su conservación. A no ser que des un golpe de Estado como el de Hitler con el incendio del Reichstag. O como aquel con el que sigue soñando Trump y que de momento no tiene el suficiente seguimiento. Las cadenas de televisión ya le cortan cuando suelta trolas en directo. Algunos gobernadores, senadores y jueces republicanos se desmarcan de sus desvaríos.

Es también lo que tiene arrojar gasolina al fuego de la crispación política siguiendo a gurús como Steve Bannon. Movilizas, sí, a los tuyos, pero también a los que te tienen miedo. Y, por supuesto, es lo que tiene plantear una elección como un plebiscito sobre tu persona. No te falta el apoyo de los tuyos pero tampoco el rechazo de ninguno de los que te consideran un peligro para la libertad y la convivencia. Trump se metió con demasiada gente, pisó demasiados callos, y eso acabó pasándole factura. Bien podría decirse que no ha ganado Biden, que ha perdido Trump.

La derrota de Trump es particularmente humillante si se recuerda que lo habitual es que un presidente de Estados Unidos sea reelegido. Lo consiguieron Bill Clinton, Georges W. Bush y Barack Obama. El último en no hacerlo fue el primer presidente Bush, en 1992.

2.- Estados Unidos deja al descubierto su lado cutre. El retraso y las disputas sobre el recuento de los votos (que proseguirán en los próximos días y semanas) han sorprendido a mucha gente en todas partes, les ha transmitido una imagen de república bananera. Y es que Estados Unidos está sobrevalorado. Estados Unidos tiene un excepcional lado tecnológico, el de la NASA y Silicon Valley, y una formidable cultura del entretenimiento, la de Hollywood. Pero no es precisamente Suiza, ese país donde los trenes salen y llegan a su hora. Existe un Estados Unidos cutre y chapucero, casi tercermundista. Viven allí millones de pobres o muy pobres; los crímenes con armas de fuego son cotidianos; su sanidad pública es enclenque; sus prisiones tienen tantos o más residentes que el Gulag estalinista y el racismo persiste en esas ejecuciones policiales de negros que han despertado al movimiento #BlackLivesMatter.

Tampoco es que sus servicios policiales y de espionaje sean eficacísimos: no impidieron los asesinatos de los hermanos Kennedy y Martin Luther King, ni se olieron los atentados yihadistas del 11 de Septiembre. En cuanto al Pentágono, perdió las guerras de Vietnam e Irak. Y su sistema electoral nos deparó en 2000 la prolongación hasta Navidad de la incertidumbre sobre si había ganado Al Gore o George W. Bush.

3.- El factor emocional. Biden es soso, oficialista, poco ingenioso, pero esta vez el factor emocional también ha jugado a su favor. No por la ilusión, el entusiasmo o la esperanza que él despierta personalmente, sino por el rechazo visceral que provoca Trump entre decenas de millones de estadounidenses (y cientos de millones no estadounidenses, pero estos no votamos el pasado martes). Los demócratas estadounidenses, cuya cúpula se empeñó en promover a Biden en detrimento de un Bernie Sanders al que consideran « radical », debe tener muy en cuenta que el martes perdieron apoyos entre los negros y latinos, sin llegar a reconquistar a gran parte de los obreros blancos. Biden despierta poca esperanza entre los desesperados.

4.- Biden tiene condiciones para ser un pacificador. Biden tiene muy difícil disminuir las brechas internas de Estados Unidos. Para empezar, las socioeconómicas, agravadas por la crisis de Lehmans Brothers y la actual pandemia. Tampoco se resuelven de un plumazo las desigualdades raciales. Ni las divisiones políticas fomentadas por Trump que han ido acercando al país al precipicio guerracivilista.

Biden tiene poco margen para hacer grandes cambios, y probablemente tampoco tenga voluntad de hacerlos. Parece que los republicanos seguirán siendo mayoritarios en el Senado, y dos tercios de los jueces del Tribunal Supremo son conservadores o ultraconservadores. Pero, precisamente por ser gris y calmoso, Biden puede ir cicatrizando heridas. Hijo de un vendedor de coches usados, diplomado en Derecho, político profesional desde 1970, víctima de dolorosas desgracias familiares, Biden ha venido a proponer en esta campaña un regreso a los buenos viejos tiempos. Cuando en 2008 Obama lo eligió como su aspirante a la vicepresidencia, lo hizo, precisamente, porque Biden no aspiraba a cambiar el curso de la historia. Era un buen complemento para su figura, tenía lo que a él le faltaba: era blanco, tenía reputación de moderado y contaba con décadas de experiencia como senador, especialmente en política internacional.

Biden intentará hacer un traspaso de poder cortés e institucional. No acusará de traidores a los derechistas y ultraderechistas que hayan votado a Trump, pero tampoco estigmatizará como delincuentes a los que desean mayor justicia social y racial. Pero Biden no es Bernie Sanders ni Alexandria Ocasio-Cortez, aunque el ala izquierda del Partido Demócrata le haya apoyado sin la menor vacilación. No impulsará políticas contra las desigualdades socioeconómicas que afecten demasiado al bolsillo de las grandes empresas y las grandes fortunas.

5.- Alivio para el planeta. La victoria de Biden es una buena noticia para los demócratas de todo el planeta. Cabe esperar que se atenúe la crispación a la que Trump nos ha sometido a todos con sus políticas migratorias, sus guerras comerciales, sus declaraciones machistas y xenófobas y sus amenazas a cualquier cosa que no le gustara. Biden lo hará diferente en dos importantes asuntos: la lucha contra el cambio climático –Estados Unidos regresará a los acuerdos de París– y las relaciones con Irán en materia nuclear –volverá a optar por los acuerdos arduamente negociados por la comunidad internacional con los ayatolás en tiempos de Obama-.

Por el contrario, es improbable que Biden termine de un plumazo con la actual política comercial proteccionista de Estados Unidos, que tiene un amplio apoyo en la sociedad estadounidense, incluida el ala progresista del Partido Demócrata. También que se entregue a una luna de miel con China.

En cuanto a los conflictos de Oriente Medio, Obama no pudo hacer gran cosa en sus ocho años en la Casa Blanca. Pero tuvo el mérito indudable de que, a diferencia de su predecesor, George W. Bush, no metió a Estados Unidos y al mundo en nuevos líos como el de Irak. De Biden cabe esperar una sensatez parecida.

6.- Distensión con la Unión Europea. La Unión Europea no tendrá que considerar al Estados Unidos de Biden como un poderoso rival del que no se sabe muy bien qué esperar. Ha expresado su voluntad de volver a considerar a los europeos como aliados. Es, sin embargo, improbable que vuelvan los viejos tiempos transatlánticos de vino y rosas. Añadidos al Brexit, los cuatro años de Trump le han abierto a la Europa continental ventanas para actuar en la escena global con más autonomía y contundencia en la defensa de sus propios valores e intereses. Es quizá lo que ha querido decir Josep Borrell con la frase de que Europa debe aprender rápidamente a « hablar el lenguaje del poder ». No me gusta esta fórmula, que sugiere autoritarismo e imposición, pero estoy de acuerdo en que la voz europea debe hacerse oír y respetar. Por ejemplo, frente a los desvaríos de Erdogan. Europa puede y debe convertirse en un agente más activo de un mundo multilateral.

Biden va a ser la persona de mayor edad en alcanzar la Casa Blanca, superando a Ronald Reagan. No es descartable que no pueda terminar un primer mandato o, de hacerlo, presentarse a un segundo. En Kamala Harris ha escogido un buen perfil como su vicepresidenta y posible sucesora. Harris no es blandita; al contrario, fue una fiscal de gran dureza en California. Pero su condición femenina y su origen multirracial la hacen atractiva para amplios sectores progresistas.

En fin, no es este un fin de semana para anticipar problemas, es un fin de semana para empezar a respirar aliviados.

Artículo de Javier Valenzuela, publicado en infoLibre, socio editorial de Mediapart, el 6 de noviembre de 2020.

Granada 1954. Autor del blog Crónica Negra. Comenzó en Ajoblanco y Diario de Valencia.Trabajó 30 años en El País, donde fue corresponsal en Beirut, Rabat, París y Washington, y director adjunto. Fundador y primer director de tintaLibre. Doce libros publicados, el último la novela Pólvora, tabaco y cuero.

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