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Billet de blog 21 mars 2019

El odio que mata se nutre de la irresponsabilidad de los líderes

De todos los odios en circulación, el más grave es el de los supremacistas blancos: personas que están más allá de la extrema derecha, pero que se alimentan de ella, de la xenofobia rampante. Un tema de Ramón Lobo, colaborador de infoLibre, socio editorial de Mediapart en España. 

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¿Cuáles son los mecanismos del odio? ¿Cómo se llega a matar a 50 personas en dos mezquitas de Nueva Zelanda? ¿Qué avería empuja a una persona a disparar contra jóvenes indefensos en la sala parisina Bataclan o atropellar a decenas de desconocidos en Las Ramblas de Barcelona?

El odio es el motor de todas las guerras, pero arranca en la paz, mucho antes del primer disparo. Lo mueven los intereses espurios y la manipulación oportunista. Requiere un cultivo, una exaltación del rechazo al diferente, un proceso de deshumanización del Otro. Para matar es necesario reducir la víctima a un nadie para que no haya dudas ni remordimientos a la hora de apretar el  gatillo. En ese proceso también se deshumaniza el verdugo. Es uno de los efectos colaterales visibles de la ocupación israelí de los territorios palestinos. La destrucción física afecta al débil, pero la ética es mutua.

Había pensado escribir sobre Siria, una guerra que el 15 de marzo inició su noveno año, pero después de leer esta pieza de Al Yazeera y de ver sus vídeos, creo que lo mejor es recomendar su enlace: « La guerra civil siria explicada desde el principio ». ¿Quién dijo que el periodismo estaba muerto?

El odio arranca en el desprecio, en los insultos. Se esparce a través de bulos que navegan por las redes sociales y que llegan a gentes cabreadas que no saben distinguir la verdad de la mentira. O que hace tiempo que perdieron el interés aplastados por la crisis. Se alimenta de las televisiones que todo lo convierten en un espectáculo dando voz a los que más aúllan. Sin contexto ni profundidad.

Esta comparación de @CarlZha es genial: dos portadas sensacionalistas del mismo diario británico.

Portadas sensacionalistas del diario británico Daily Mirror.

De todos los odios en circulación, el más grave es el de los supremacistas blancos: personas que están más allá de la extrema derecha, pero que se alimentan de ella, de sus retóricas incendiarias, de la xenofobia rampante. Forman grupos en What’sApp, se nutren de la lectura de páginas radicales en Facebook, una red social tan preocupada en prohibir la visión del sexo que olvida la violencia. Se cruzan mensajes a la vista de todos y nadie es capaz de anticipar el peligro. Solo cuando atacan. Pasó en Oklahoma, acaba de suceder en Christchurch.



Estos supremacistas son responsables de numerosos asesinatos en 2017, pero solo quedan en nuestra retina los atentados del ISIS en suelo europeo, cuando la mayoría de las víctimas de sus acciones son musulmanes. Nunca contamos los muertos en Yemen, Irak, Siria, Afganistán, Malí o Nigeria. El racismo empieza en el tratamiento de las mismas noticias, más allá del peso de la proximidad.

Es más fácil prender pasiones agitando el miedo al terrorismo exterior, por decirlo de alguna manera, que con el doméstico, sobre todo si fluyen las simpatías con su causa. Es más sencillo ver radicalidad en el Estado Islámico que reconocerla en los que la alientan en casa.

Es lo que le sucede a Donald Trump, el insultador en jefe. Preguntado por un periodista, tras la matanza de Nueva Zelanda, si consideraba que el supremacismo blanco era una amenaza mundial, el presidente respondió: « No realmente ». Si pinchan este enlace comprobarán que el presidente no está informado o es un irresponsable. Para resolver cualquier problema es esencial identificarlo. Nadie ve lo que ignora.

Trump había dado muestras de no comprender el riesgo, o de no estar tan lejos de la ideología que normaliza ese lenguaje de odio y crispación permanente. Ocurrió en la tragedia de Charlottesville, cuando un grupo de supremacistas estadounidenses, neonazis y herederos del Ku Klux Klan atacaron a manifestantes antifascistas. Su primera reacción fue responsabilizar « a los dos bandos » y decir que entre los supremacistas había buena gente.

Hay una fobia que se respira, lo mismo es antisemita (antijudía) que antimusulmana, que arremete contra el migrante o contra el Estado como encarnación de todos los males.



Ese runrún está ahí fuera para quien quiera escucharlo. Solo necesitas un perturbado con acceso a armas de fuego o explosivos para tener una matanza. ¿Qué hemos aprendido desde el atentado de Oklahoma contra un edificio federal en 1995 en el que murieron 168 personas?

La venta de armas es libre y legal en EEUU, también lo es en Australia, algo menos en Nueva Zelanda. Debajo de sociedades plácidas y muchas veces ejemplares, bulle una cultura del Far West.

Odio y armas son una pésima combinación, pese a que el miedo que alimenta el odio es un excelente negocio para las empresas que comercian con la muerte, desde la que fabrica la bala hasta el que entierra al muerto rodeado de plegarias.

En la pacífica Noruega surgió Anders Breivik, que llevó a cabo la matanza de Utoya en julio de 2011. Asesinó a 77 personas. Hay similitudes con lo ocurrido en Nueva Zelanda, más allá de una patología narcisista y del odio al multiculturalismo. El autor de la exitosa trilogía Millennium Stieg Larsson denunció en sus libros y en sus artículos la existencia de una  extrema derecha activa en la no menos idílica Suecia.

La reacción común entre la clase política europea es ignorar la amenaza o despreciarla como Trump, « son una minoría ». En el caso del presidente de EEUU el problema radica en su forma de expresarse, en sus mensajes incendiarios; alientan, queriendo y sin querer, este tipo de grupos. Sus constantes ataques a la prensa podrían ser un delito de abuso de poder. Esa furia contra los periodistas abre las puertas a que alguien decida vengar al presidente. Ya ha sucedido, volverá a pasar.

En España tenemos a un émulo de Trump, el alevín Pablo Casado, lanzado a una carrera cuesta abajo de disparates que le exige superarse cada día, no en inteligencia que sería lo prudente, sino en lanzar la frase más bruta posible. ¿Obedece a una estrategia o es que es así?

Este PP alejado del centro derecha está dando alas a Vox, junto a los medios que les regalan voz y minutos para lanzar sus proclamas cargadas de información falsa. Vox, Marine Le Pen o Wilders en Holanda, no tienen que ver directamente con la matanza de Nueva Zelanda, pero su discurso, sí. Es el que abona el terreno para que desequilibrados armados pasen a la acción.

No es sencillo situar la linde de la responsabilidad intelectual del extremismo blanco. Los periodistas deberíamos reflexionar sobre los límites éticos de la pugna por la audiencia. No somos inocentes. El trabajo no consiste en dar voz a todos sin matices ni contextos, igualando lo sensato con lo delictivo. Nuestro trabajo es la verdad, la comprobación enfermiza de los hechos. El muro de defensa contra el odio no se construye desde el corta y pega o desde la obediencia debida en los partidos, convertidos en sucursales de acatamiento sin derecho al debate intelectual y a la discrepancia. El que se mueve no entra en la lista. El dique verdadero se construye desde la fuerza de una sociedad viva, bien informada y responsable que vota cuando toca y exige cada día eficacia y transparencia a sus dirigentes.

*Artículo de Ramón Lobo publicado en infoLibre, socio editorial de Mediapart, el 21 de marzo de 2019, en el blog Muros Sin Fronteras.

Venezuela, 1955. Corresponsal de guerra del diario El País durante más de 20 años. Testigo directo de conflictos en Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Chechenia, Irak, Afganistán, Sierra Leona, Liberia, Ruanda y otros muchos países africanos. Fui redactor jefe de Internacional de El Sol, donde descubrí que no servía para mandar. Empecé en la radio como guionista. He trabajado en tres periódicos económicos pero sigo sin saber de economía. Con el tiempo he aprendido a escuchar, que es una de las esencias del periodismo.

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