¿A qué juega el PSOE, a qué juegan todos?

El plan es el mismo: no hacer nada, dejar que los plazos corran, simular tal vez algo a última hora, y decir que la culpa es del otro. Ramón Lobo analiza el panorama político español, paralizado en pleno periodo estival, sin diálogo ni negociaciones que permitan conformar un Gobierno. 

Agosto es un mes peligroso: los políticos están de vacaciones, las redacciones casi vacías, no hay fútbol del bueno con el que distraernos y, a veces, suceden noticiones: la invasión iraquí de Kuwait en 1990 y el golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov en la URSS al año siguiente. Estos dos acontecimientos, que cambiaron el mapa de Oriente Próximo y provocaron el hundimiento de la URSS, dejaron en los jefes el miedo metido en el cuerpo. Estamos a medio mes, en las fiestas de la virgen de agosto que en cada sitio tienen un nombre pese a compartir las mismas ganas de farra, y aún no se ha acabado el mundo. No lancen las campanas, que oportunidades no faltan: Hong Kong, China, Trump, Brexit.

Se podría considerar que la investidura (embestidura para algunos) de Isabel Díaz Ayuso como nueva presidenta de la Comunidad de Madrid contradice la frase de que los políticos están de vacaciones en agosto. Para ello habría que considerarla político, lo que está por ver. Según el Diccionario de la Real Academia Española, en su acepción 5ª, se dice « de una persona que interviene en las cosas del Gobierno y del Estado ». Se supone que dicha intervención tiene como fin favorecer el bien común. De momento, lo que sabemos es que no pagó el IBI durante cinco años y que tiene asuntos turbios sin resolver de alzamiento de bienes y de tráfico de influencias, como ha venido informado infoLibre, socio editorial de Mediapart, de manera profusa y detallada.

El presidente en funciones Pedro Sánchez también podría quebrar la rotundidad de la frase « los políticos están de vacaciones ». Pese a que su entorno nos informó de que estaría en Madrid todo el mes al frente de la nave (en funciones), se le ha visto en el palacio de las Marismillas en Doñana​​​​​​. Antes se había reunido con algunos miembros selectos de la sociedad civil para demostrarnos que no para, ¿cuáles son los resultados? ¿Ha modificado en algo su estrategia?

También sabemos que no hay negociaciones con Unidas Podemos (UP) para conformar un Gobierno, sea a la portuguesa o de coalición. Podría haber buscado Sánchez fórmulas para prolongar y mejorar el acuerdo que permitió el éxito de la moción de censura contra Rajoy, una buena base con diez meses de rodaje para un gobierno monocolor con apoyo exterior de UP. O podría haber retomado estos días de agosto la negociación exprés de 20 horas tras dos meses y muchos días de pasividad táctica. Retomar el diálogo, por ejemplo, en el anuncio de Pablo Iglesias desde la tribuna de oradores de que se olvidaba de Trabajo y se conformaba con añadir competencias en la política activa de empleo.

El plan es el mismo: no hacer nada, dejar que los plazos corran, simular tal vez algo a última hora, y decir que la culpa es del otro. ¿Están seguros de que Mariano Rajoy ha salido del todo de La Moncloa? José Luis Ábalos asegura que los acuerdos se pueden cerrar en el último minuto. Es verdad. En la UE son expertos en lograrlos cuando todo parecía perdido.

El problema es confundir « acuerdo en el último minuto » con « oferta en el último minuto sin tiempo a negociar ». Lo primero requiere paciencia, mano izquierda, equipos de trabajo, decenas de reuniones, hablar poco mientras se pacta la letra gruesa y se pule la letra pequeña, para que los líderes firmen en el último momento y se puedan presentar como « políticos responsables » con « sentido del Estado ».



La política, por si no lo han notado, tiene mucho de representación. Es la base del poder: que todos los demás creamos que el que dice que lo tiene, lo tenga de verdad. La demostración requiere mucho boato.

El PSOE no tiene voluntad alguna de alcanzar un acuerdo con nadie. El objetivo de Pedro Sánchez y de sus asesores es, desde la misma noche electoral, repetir elecciones el 10-N y mejorar su resultado en varios diputados. Para conseguirlo es necesario convencer a los votantes de que la culpa es de los demás. Y en eso estamos. Por eso no hubo negociaciones después del 26 de abril, como hubiese sido lo lógico, y se aplazó hasta después de las elecciones autonómicas y municipales de mayo, con la esperanza de que un eventual debilitamiento de UP abaratara las condiciones para apoyar el Gobierno.

Sumen a la novísima presidenta Díaz Ayuso —con los votos regeneradores de Ciudadanos— al alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, otro prototipo de persona muy de derechas. Dicen que es un tipo inteligente, y debe de serlo porque la oposición de abogacía del Estado no se la saca cualquiera. Es un caso claro, y en la izquierda divina concepción hay unos cuantos también, de cómo la ideología mal entendida es una nube negra sobre el cerebro que dificulta o impide su funcionamiento.

Hablo de lo ocurrido en Madrid, de lo que va a ocurrir en estos cuatro años de barra libre y de censuras varias, para recordar a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias, cuando le toque el turno de decir « no » otra vez, que unas elecciones el 10 de noviembre representan un riesgo de que acabemos con un trifachito en La Moncloa. Es una grave irresponsabilidad que pagaríamos los ciudadanos.

Las encuestas no lo auguran, de momento, pero no sé si pisan la calle y hablan con gente, más allá de sus asesores y palmeros, y más allá de Twitter donde todo queda reducido a un trolismo hiperventilado, y perciben el gran cabreo, el hartazgo supino de la gente que se considera progresista, que reparte culpas entre ambos, y que anuncia no volver a votar jamás a uno o al otro.

Si no se presentan nuevos partidos será un voto destinado a la abstención. ¿Cómo van a movilizar a la gente si no hablan de sus problemas, no buscan y pactan soluciones? ¿A qué vamos a tener miedo? ¿A Vox, que entre todos lo han normalizado como un actor más? ¿Seguimos en esto la estela de EEUU con Donald Trump, de Italia con Matteo Salvini o del Reino Unido con Boris Johnson y Nigel Farage?

Podríamos tener miedo a la subida brutal de los alquileres, al empleo basura, al cambio climático que todos notamos, o a la xenofobia rampante que deja en el mar sin derechos a cientos de personas que huyen de las consecuencias de nuestros negocios de venta de armas, pero para eso solo necesitaríamos líderes de altura y valientes. Seguimos esperando.

Artículo de Ramón Lobo, publicado en infoLibre, socio editorial de Mediapart, el 15 de agosto de 2019.

Venezuela, 1955. Corresponsal de guerra de El País durante más de 20 años. Testigo directo de conflictos en Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Chechenia, Irak, Afganistán, Sierra Leona, Liberia, Ruanda y otros muchos países africanos. Fui redactor jefe de Internacional de El Soldonde descubrí que no servía para mandar. Empecé en la radio como guionista. He trabajado en tres periódicos económicos pero sigo sin saber de economía. Con el tiempo he aprendido a escuchar, que es una de las esencias del periodismo.

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