Moscú a la conquista de Occidente

 

Durante décadas, el enfrentamiento Este-Oeste mantuvo en vilo a una comunidad internacional atemorizada frente a una posible liberación de las fuerzas destructoras de la energía nuclear. Los fantasmas de Hiroshima y Nagasaki marcaron la políticas del siglo veinte y mantuvieron en raya a Washington y Moscú, aún en momentos de alta tensión como la crisis de los misiles del '62. La caída del bloque comunista a principios de los años noventa permitía así creer en un futuro más prometedor... al menos de este lado del globo.

 

Algo es seguro, el “Final de la Historia” de Fukuyama, aunque erróneo en su argumento evolutivo de la ideología política y económica, cerró una etapa marcada por una constante en la historia de la Humanidad : el enfrentamiento militar entre las grandes potencias del mundo. “Es hora de un nuevo orden mundial” aseguró en 1990 George Bush senior en su famoso discurso frente al Congreso. Así las cosas, en las últimas dos décadas pocos analístas internacionales podían concebir la idea de tropas rusas conquistando nuevos territorios en pleno suelo europeo. En ese contexto de calma geopolítica entre las grandes capitales del mundo haría su aparición el terrorismo islámico internacional a gran escala, sin uniformes ni tanques, anónimo, impredecible y sin fronteras.

 

¿No fue acaso Vladimir Putin uno de los primeros líderes en llamar a la Casa Blanca para expresar su incondicional apoyo a Washington tras los atentados del 2001? ¿No fue la mediación de Moscú la que permitió a las fuerzas americanas instalar bases militares en varias repúblicas ex soviéticas de Asia Central para lanzar su ofensiva contra el régimen Taliban de Afganistán? Resuenan aún las históricas palabras de George Bush junior tras un encuentro con el líder del Kremlin en aquella época, “lo miré directo a los ojos y logré ver su alma, lo considero una persona honesta y confiable (…) este el comienzo de una relación constructiva”.

 

Pero la relación, que ya había sufrido las tensiones provocadas por el conflicto georgiano en 2008 y las polémicas elecciones presidenciales de 2012, llegaría a su punto de quiebre a comienzos del 2014. El 21 de febrero de ese año, el presidente de Ucrania Viktor Yanukovich, cercano al Kremlin, huiría a tierras rusas en busca de refugio tras varios meses de violentos enfrentamientos entre los manifestantes y la policía antimotines (Berkut). La decisión del gobierno de Kiev de suspender la firma del acuerdo de cooperación económica con la Unión Europea en noviembre del 2013 había desatado la furia general, pues sería visto por el pueblo ucraniano como una negativa a subirse al tren occidental y así desprenderse definitivamente de su pasado soviético. “¡Golpe de Estado!” exclamó Moscú, y acusó a Washington. “Rebelión popular”, respondería éste. No obstante, el apoyo político y económico de la Casa Blanca a los pro-Europeos del pequeño país eslavo no era ocultado por la enviada de la Secretaría de Estado, Victoria Nuland, que se paseaba orgullosamente repartiendo víveres entre los manifestantes en la Plaza de la Independencia de Kiev, mal conocida como Plaza Maidan (puesto que 'maidan' significa 'plaza' en ucraniano).

 

Tras la caída del gobierno pro-ruso de Yanukovich, y viendo perdida su influencia en el territorio que dio nacimiento al gran imperio eslavo, Vladimir Putin decidiría recuperar al menos una porción de aquel país, la península de Crimea, región poblada casi totalmente por ruso-étnicos y sede de la base naval de Sebastopol, la más grande de Rusia fuera de su territorio. Así las cosas, y tras un referendum organizado a las apuradas y con militares en las calles, más de noventa por ciento de los votantes alzaría la voz por la independencia frente a Kiev y el regreso a la esfera rusa. Como había sido durante más de doscientos años, desde que la zarina Ekaterina la Grande ganara la península al imperio Otomano a fines del siglo 18. “¡Invasion!” acusarían en la Casa Blanca.“Reunificación”, replicaría el Kremlin.

 

Lo cierto es que, desde la invasion/reunificación de la península de Crimea, y el inicio de la rebelión en el sudeste ucraniano (igualmente poblado por una mayoría de ruso-étnicos) apoyada por el gobierno de Putin, los fantasmas de la Guerra Fría volvieron a copar las crónicas periodísticas del mundo entero. La formula “Moscú enemigo de Occidente” y la consecuente demonización de los muros del Kremlin volvieron a las portadas de todas las publicaciones atlantistas. La tan temida “amenaza roja” del comunismo marxista moscovita se transforma ahora en un “peligro” diferente, menos ideológico, menos intelectual, menos de profundas teorías político-económicas y choques civilizacionales; más pragmático, más concreto, más de principios estratégico-militares e intereses nacionales.

 

Muchos son los argumentos de los defensores de las políticas del Kremlin en el conflicto de Ucrania : los grandes intereses económicos con el pequeño país eslavo, la defensa de los ruso-étnicos del territorio; el control permanente de la base naval rusa de Sebastopol (cedido temporalmente por Kiev tras la caída de la URSS). Tanto más se podría decir de la posterior intervención militar rusa en el conflicto sirio : la protección de un gobierno aliado histórico y estratégico de Moscú, la defensa del eslabón shiita que une Irán con los movimientos armados del Mediterráneo (especialmente el Hezbollah libanés); el apoyo a un fiel socio económico y orgulloso cliente del complejo industrial militar ruso; la defensa del complejo naval de Tartus (única base militar rusa fuera de territorio ex-soviético y el acceso directo de Moscú a aguas mediterráneas); la lucha contra el terrorismo islámico, que alimenta históricos conflictos internos en territorio ruso, como en la República de Chechenia (dominada totalmente desde la llegada de Putin) y otras regiones del Cáucaso pobladas predominantemente por rusos musulmanes.

 

Sin embargo, estas razones parecen ser accesorias a la principal motivación del Kremlin de desplegar su poderío militar más allá de su territorio : mostrar a Estados Unidos que Rusia vuelve a las grandes ligas, que ahora se debe pasar por la Plaza Roja para resolver los conflictos geopolíticos de “Eurasia”. En otras palabras, devolver a Rusia su status perdido de “superpotencia mundial”. Desde tal perspectiva, la estrategia moscovita defiende el principio que estipula que para toda superpotencia que se respete, la influencia política y económica fuera de las fronteras nacionales constituye la base para la construcción de las relaciones internacionales.

 

Pero las intenciones del Kremlin de rediseñar el balance de fuerzas en el escenario internacional no dejaría pasivas a las grandes capitales occidentales que temen la pérdida de su virtual monopolio geopolítico alrededor del globo desde la caída de la Cortina de Hierro. Sanciones económicas; la creación de listas negras de políticos y empresarios rusos; la reavivación del proyecto de Sistema de Defensa Antimisiles de la OTAN en Polonia y Rumania; la creación de cuatro fuerzas del bloque militar occidental en Letonia, Lituania, Estonia y Polonia; la resolución del Parlamento Europeo en contra de la “propaganda rusa” (que compara la política comunicacional de los medios estatales de Moscú con la propaganda jihadista del Estado Islámico); las condenas diplomáticas de las intervenciones rusas en Ucrania y Siria; y las acusaciones de “crimenes de guerra” por parte de las fuerzas rusas (principalmente en Alepo) son sólo una parte de la batería de medidas adoptadas en los últimos dos años por los países occidentales. La política de contención del oso ruso es hoy más explícita que nunca desde el ocaso de la Guerra Fría.

 

“El final de la Historia” parecía así haber llegado a su fin. Una nueva era de enfrentamiento Este-Oeste amenazaba una vez más las relaciones en la arena internacional. La “Guerra Fría 2.0” parecía estar construyendo sus cimientos. Pero algo ocurrió. Algo que el establishement occidental no había previsto. Algo que podría cambiar completamente el juego de fuerzas y el sentimiento anti-ruso en los centros de poder del hemisferio occidental : la llegada de líderes “menos hostiles” a la política exterior del Kremlin.

 

¿Un Pro-Ruso en Washington?

Acusado de “agente ruso” por los demócratas, la llegada a la Casa Blanca del magnate republicano ciertamente causa alegrías en la capital moscovita. “Queridos amigos, hace tres minutos Hillary Clinton admitió su derrota en las elecciones presidenciales, y hace unos segundos Donald Trump comenzó sus discurso como presidente-electo de Estados Unidos de América, por los cual los felicitos a ustedes” declaró el parlamentario oficialista Nikonov Alekseevich en las sesiones legislativas del nueve de noviembre. La Cámara estalló en un aplauso cerrado.

 

¿Es Trump realmente un “pro-ruso”? Los líderes del gigante eslavo creen que sí. “La política exterior de Trump y Putin son fenomenalmente parecidas” aseguró días atrás el vocero del Kremlin, Dmitry Peskov, en una entrevista para la CNN. Ciertamente el discurso de campaña del magnate americano ha sido sorprendentemente cercano a los intereses rusos, más aún teniendo en cuenta que era un candidato del Partido Republicano, el ala más agresivamente anti-rusa de la política norteamericana. “Estados Unidos no debe ser el policía del mundo” declaró Trump durante las primarias, agregando que “¿No sería bueno tener buenas relaciones con Rusia?”. Ciertamente lo serán si Washington reconoce la soberanía de Moscú en la península de Crimea. “Voy a analizar el tema” respondió Trump en una entrevista en pleno período electoral, marcando distancia frente a la condena general (demócrata y republicana) de las acciones del Kremlin.

 

Hace sólo unos días, y ahora en su status de presidente-electo, Donald Trump aseguró que no defenderá una política exterior basada en la promoción de cambios de gobiernos alrededor del mundo, haciendo alusion a las intervenciones post 11-S en Afganistán, Irak y Libia, altamente impopulares en un país fuertemente endeudado por sus incursiones militares. Si estas palabras encuentran sustento en la realidad en los próximos cuatro años sin dudas causará gran satisfacción en las más altas esferas de poder del gigante eslavo. No obstante, cabe señalar que los dimes y diretes del magnate del Real State y estrella de los reality shows son tan impredescibles como lo fue su triunfo electoral. Por lo que resta saber cuántos de sus dichos se traducirán en hechos en un país donde las voces del sistema financiero internacional, de los intereses subterráneos transnacionales y del complejo militar-industrial resuenan fuertemente en los pasillos de la Casa Blanca.

 

¿Un amigo en Paris?

Días atrás, Dmitry Kiselyov, conductor de uno de los programas periodísticos más populares de la television rusa, Noticias de la Semana (Vesti Nedeli), calificó a François Fillon como un “amigo de Rusia”. Considerado por The Moscow Times como el “jefe de propaganda” de la prensa rusa, Kyselyov es la cara visible del regocijo periodístico frente al aplastante triunfo del candidato más conservador en las elecciones primarias del partido de derecha francés, Les Républicains.

 

El acercamiento entre Paris y Moscú en una eventual presidencia de Fillon parece aún más posible luego de que en enero de este año el líder conservador expresara al diario francés Le Monde la necesidad de eliminar “inmediatamente” las sanciones económicas impuestas a Moscú en el marco del conflicto ucraniano con el objetivo de poner fin a “esta guerra fría estúpida y peligrosa entre Europa y Rusia”. Polémico y sin medias tintas, la defensa del candidato de la derecha francesa a la política del Kremlin llega hasta la directa acusación a sus colegas continentales y transatlantistas, puesto que según Fillon, la crisis ucraniana habría sido “provocada por Occidente”.

 

El análisis del conflicto en el Medio Oriente tampoco escapa a una lectura ruso-fílica del político galo. Mientras los líderes del mundo occidental acusan al gobierno sirio y a su aliado eslavo de cometer “crimenes de guerra” en las operaciones militares de Alepo y consideran a Bashar al-Assad como un sanguinario dictador y el principal responsable de la catastrófica situación, el candidato de Les Républicains ha marcado clara distancia frente a sus colegas franceses y europeos, declarando que el Estado Islámico es el “principal enemigo” de Occidente y que la creación de una alianza estratégica con Rusia y, eventualmente, con el regimen sirio, es el único camino viable hacia la paz en el Cercano Oriente. “Siria ha sido destruída por el Estado Islámico, que ha llegado a nuestras calles para matar a nuestros hijos” declaraba Fillon en su cierre de campaña, “si no creamos las condiciones para la construcción de una verdadera coalición internacional, si rechazamos aliarnos a Rusia, entonces el totalitarismo islamista seguirá extendiéndose y sembrando la muerte”. Casi setenta por ciento de los votantes pondrían a Fillon la corona de la derecha francesa tres días después.

 

Militante de una Europa “del Atlántico a los Urales” y defensor de una politica soberana frente a la Casa Blanca (como todo Gaullista que se respete) François Fillon es sin dudas el candidato mainstream (tanto en la derecha como en la izquierda) más cercano a las ideas que circulan por los pasillos del Kremlin... y a diferencia de su colega americano, la carrera política coherente y sin grandes sobresaltos ideológicos del candidato conservador hacen pensar que sus pensamientos filo-rusos podrían encontrar respaldo en las decisiones geopolíticas de una eventual presidencia de la derecha francesa a partir del próximo año.

 

Asimismo, ante una impopularidad sin precedentes del Partido Socialista del actual gobierno de François Hollande, las posibilidades de ver un candidato de la izquierda triunfando en las elecciones de abril próximo son cercanas a cero. Así las cosas, un eventual ballotage entre la derecha y la ultraderecha francesa se presenta como el escenario más probable en tierras galas. Enfrentamiento histórico de particular interés, sería una pesadilla para quiénes temen ver a Marine Le Pen en el sillón presidencial. No obstante, las elecciones del 2017 podría ser un sueño hecho realidad para Moscú, puesto que la candidata del Front National es también una defensora confesa de las políticas del Kremlin. Eso no es un secreto. Al menos desde que se descubrieron los vínculos financieros entre el partido nacionalista galo y el sistema bancario del gigante ruso. En diciembre de 2014, el FN recibió un préstamo de 9,4 millones de euros del First Czech-Russian Bank, con sede en Moscú. “Imagino un escenario viable en el cual Francia podría reconocer Crimea, es aquel donde yo sería presidente de la República” declaró a principios de este año Le Pen en una entrevista para RussiaToday.

 

En tal contexto, con una virtual desaparición de la izquierda francesa en las próximas elecciones presidenciales, cabe pensar que el resultado, cualquiera sea éste, alegrará a los líderes moscovitas. Sólo resta saber si el Kremlin tendrá un “amigo” o una “amiga” en el Palacio del Eliseo durante los cinco años venideros.

 

Todas las ideologías convergen en Rusia

Donald Trump se deja ver como un populista defensor del trabajador americano, un liberal pro-business que planea reconfigurar la estrategia económica y los tratados comerciales internacionales a favor de los intereses norteamericanos, un nacionalista a la “¡America first!” con poco interés intervencionista militar. François Fillon es un conservador en lo social y un ultra-liberal en lo económico, defensor a ultranza del proyecto europeo, de la continuidad de un Euro fuerte, de la creación de una política energética comunitaria y de la constitución de una política de defensa continental. En las antípodas ideológicas, la proteccionista Le Pen exclama “¡soberanía!”, aboga por una salida de la Unión Europea, el regreso a la moneda nacional y la defensa de las fronteras, tanto para la circulación de bienes y servicios como para el movimiento de personas. Por otro lado, días atrás, los candidatos socialistas de Moldavia (Igor Dodon) y de Bulgaria (Rumen Radev), se sumaron a la lista de presidentes electos afines a las ideas del Kremlin.

 

Moscú seduce a la izquierda europea por su firmeza frente a la hegemonía política de la Casa Blanca y al intervencionismo beligerante del Pentágono. Despierta las pasiones en la derecha por su conservadurismo social, su defensa de los valores cristianos de una sociedad tradicional, su negación de derechos a las minorías sexuales, su oposición al aborto, y su rechazo a la ola de inmigración masiva en dirección a Europa. Enamora a los nacionalistas del viejo continente por su grito de soberanía ante Bruselas, e intriga a los de EEUU por su dureza en la lucha contra el terrorismo islamista.

 

Todas las ideologías conducen al Kremlin. Es que Vladimir Putin no es un teórico idealista, es un realista pragmático. La amenaza de un modelo paralelo de civilización ha caído con la cortina de Hierro. Moscú es hoy el vendedor perfecto, el que te ofrece exactamente lo que buscas. El Brexit, la elección de Donald Trump, el “No” a la reforma constitucional por un gobierno más centralizado en Italia, el final de los políticos más cercanos al establishement (Clinton, Sarkozy, Hollande, Renzi). El mundo busca hoy revolucionarios, basta de maquillajes de mala calidad, un cambio radical en el sistema reinante teñido de crisis económicas, políticas y sociales. Lejos de Washington y Bruselas, el gigante eslavo ofrece su apoyo a cualquier lider occidental que pretenda desafiar el status quo... tan desfavorable a los intereses rusos.-

 

 

 

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