Estado Islámico ¿El peor de todos los males?

Estados Unidos prometió destruir al grupo radical armado que ya ha conquistado más de un tercio del territorio en Siria e Irak · Sin embargo, los intereses nacionales de los aliados pone en peligro tal objetivo · Desde París, el periodista argentino Leonardo Plasencia explica las contradicciones en el seno de la coalición internacional

 

10 de octubre de 2014. Participación en el programa de radio argentino "Rico al Cuadrado" para discutir sobre el papel de Turquía en la coalición internacional contra el Estado Islámico.

Leonardo Plasencia

 

 

Treinta muertos es el brutal saldo luego de cuatro días de violentas manifestaciones en Turquía. En las ciudades del sudeste del país, así como en Ankara y Estambul (los dos principales centros urbanos) los enfrentemientos entre activistas pro-kurdos y sus opositores desafían el estado de queda impuesto por el ejército debido al crecimiento de las tensiones intercomunitarias en ese país. Sin embargo, el gobierno de Recep Tayyip Erdogan se muestra reticente a sumarse a la coalición militar en contra del Estado Islámico que ya ha llegado a la frontera turco-siria.

 

La avanzada del Estado Islámico en Siria e Irak podría entrar así en el territorio de uno de los más importantes aliados no-occidentales. Miembro de la OTAN y candidato para ingresar a la Unión Europea, Turquía se presenta hoy como un puente entre oriente y occidente. Desde hace tres semanas la ciudad siria de Kobani, a sólo unos kilómetros de la frontera turca, es asediada por las milicias de EI, que ya han capturado más de un tercio del país. Días atrás el Parlamento Turco autorizó al Ejecutivo a participar de manera activa en las acciones militares liderada hoy por Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Sin embargo, las fuerzas turcas, desplegadas ya en la frontera, se han limitado a observar el conflicto. ¿Por qué?


Oficialmente, desde el gobierno de Erdogan aseguran que no es "justo" esperar que solamente Turquía se haga cargo de las operaciones terrestres, puesto que, hasta el día de hoy, la coalición internacional se ha limitado a ataques aéreos de las potencias occidentales y al apoyo logístico de las fuerzas iraquíes y kurdas. Lo cierto, es que, tal argumento, válido sin duda alguna, pone en evidencia las divergencias ideológicas y la debilidad de la alianza que ha prometido "destruir" al Estado Islámico.

 

A pesar de su línea pro-occidental, la complejidad de la política interna de Turquía entorpece la voluntad de una partipación más activa. Al menos tres razones podrían esconderse detrás de su negativa a enviar sus fuerzas del otro lado de la frontera. Ankara ha sido acusada por diferentes actores regionales de apoyar económica y militarmente al Estado Islámico con quién comparte un objetivo estratégico : el derrocamiento del presidente sirio Bashar al-Assad. Por otro lado, la avanzada de las milicias yihadistas y su control de zonas de producción petrolera podría haber beneficiado directamente a Turquía, sospechada de comprar a bajo precio ese insumo energético gracias a una red de contrabando regional. Finalmente, el gobierno turco se negaría a apoyar a las milicias kurdas sirias, puesto que esto podría reforzar a la fuerzas independentistas kurdas dentro de su propio territorio.

 

Las vacilaciones y contradicciones de la política turca no representan una excepción en el seno de la coalición internacional contruída a duras penas por la Casa Blanca. Los aliados occidentales más activos, Francia y Reino Unido ya se han sumado a las operaciones aéreas para combatir el avance de EI en Irak, luego de que este país solicitara oficialmente el apoyo militar occidental. No obstante, Siria, es un escenario diferente. Un ataque sobre territorio sirio sin la autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o del gobierno (anti-occidental) de Bashar al-Assad sería una violación directa del derecho internacional, algo que preocupa a las potencias europeas.

 

Al mismo tiempo, los aliados árabes de la coalición se encuentran más preocupados por el enfrentamiento inter-religioso que por una destrucción total del Estado Islámico. Para comprender tal complejidad, es necesario remarcar que el EI es un grupo armado de origen sunnita, al igual que Arabia Saudita, Qatar y las demás monarquías de la península arábiga. Mientras que los gobiernos, tanto en Irak como en Siria, son de confesión shiita. Es así que, en una expresión máxima de la ironía política, la gran potencia shiita de la región, la Republica Islámica de Irán, aliada de Damasco y Bagdad, es tal vez el mayor interesado en que Barack Obama cumpla con su objetivo declarado semanas atrás : destruir al Estado Islámico de Siria e Irak.

 

Las alianzas diplomáticas en el marco de la complejidad religioso-comunitaria de la región más conflictiva del planeta exige una habilidad política de la que los aliados occidentales parecen hoy carecer. La estrategia ideológica y la retórica moralista son importantes argumentos para llevar adelante un plan eficiente en contra de la avanzada yihadista. Sin embargo, la reticencia de Washington a incluir a Irán y a Siria en la coalición podría costarle duras derrotas en la creciente crisis regional.

 

La historia ha demostrado que ante males mayores las alianzas se construyen aún entre enemigos declarados. Tal es el caso de la segunda guerra mundial, cuando la amenaza de la Alemania del Tercer Reich impulsó una inédita cooperación entre la Unión Soviética y las potencias occidentales, contraria a toda lógica político-estratégica de largo plazo, pero avalada por una acertada visión coyuntural.  Si el Estado Islámico de Siria e Irak es, como asegura el secretario de Defensa americano Chuck Hagel, "la mayor amenaza para el mundo", tal vez sea necesario recurrir a una estrategia basada en el pragmatismo, y sumar a todos los actores de la región, aún aquellos que no son del agrado de la Casa Blanca.-

 

 

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