Crimea, un año después: ‘Estamos mal pero mejor’

Cuando se cumple un año de la anexión de la península ucraniana de Crimea por parte de Moscú, el periodista Leonardo Plasencia recorrió la ciudad de Simferópol, la capital de Crimea. 

 

 

 

 

Corría el 16 de marzo de 2014. La península de Crimea se convertía en el centro del planeta. Más del noventa por ciento de la población votaba afirmativamente en un referéndum independentista que alejaba a sus dos millones y medio de habitantes de la esfera ucraniana. Dos días después, Moscú decidía ‘recuperar’ para Rusia aquella tierra cedida a Ucrania en 1954 por el entonces líder soviético Nikita Jruschev. « ¡Anexión! » Gritarían las potencias occidentales. « Regreso a casa » Opinaría el jefe del Kremlin, Vladimir Putin.

« Este es mi país », repite una y otra vez el estribillo de una pegajosa canción en la plaza Lenin, el centro neurálgico de Simferópol, capital de Crimea. Se trata del acto en conmemoración del primer aniversario del referéndum, que aún no ha sido reconocido por la comunidad internacional. En el escenario, unos cientos de niños con los colores de la bandera rusa bailando al ritmo de la música folklórica nacional. Solamente quince minutos de un discurso político, de previsible nacionalismo triunfante, corta un acto que se asemeja más a un concierto del Día del Estudiante que a la conmemoración de un evento político. Las fuerzas policiales se pasean tranquilamente por la plaza central mientras los militares, desarmados, hacen acto de presencia ostentando sus uniformes frente a los curiosos espectadores.
 
La imponente estatua de Lenin, relegada a un humillante lugar, casi escondida, detrás de la pantalla gigante, se manifiesta como todo un símbolo contra aquellos que acusan al Kremlin de ‘sovietizar’ la política rusa. « Es que todo está hecho » confiesa un periodista local. Es así. Las discusiones sobre la pertenencia política de la península pueden ser de actualidad, en Kiev, Bruselas o Washington. Aquí, el 16 de marzo de 2014, ya es el pasado. El discurso nacionalista se ha impuesto con extrema facilidad en una población que, de todas maneras, se reconocía a sí misma como rusa mucho antes de la consulta popular del pasado año.
 
Mal, pero mejor
 
Lejos de la política estas tierras no parecen haberse dado cuenta que ha cambiado de ‘dueño’. El paisaje de la capital de Crimea no ofrece un solo edificio en construcción o reforma de envergadura. La imperiosa necesidad de nueva infraestructura no ha recibido aún respuesta en los pasillos del Kremlin, desde donde se había prometido « grandes cambios » luego de la ‘rusificación’. En lo administrativo, si, una revolución. Los habitantes han recibido ya sus pasaportes rusos, la península se ha alineado a la hora del reloj de la Plaza Roja, y el rublo ha expulsado a la grivna ucraniana.
 
Algunos cambios han sido para mejor, al menos en un comienzo. Las pensiones y los salarios han mejorado en relación a la era-ucraniana. Aunque la crisis de los últimos meses y la galopante inflación han mermado la euforia en las billeteras de la gente. « Las cosas están mal, pero hay una sensación de que bajo el ala de Rusia las cosas estarán mejor », me explicaba un periodista de una cadena rusa.
 
Es que al día de la fecha, con la identidad nacionalista basta y sobra a muchos ciudadanos que se mantienen expectantes de un futuro mejor. Tal es el caso de Evgenia y Annia, que intentan lanzar su carrera como artistas en la península. « Aquí todos son rusos, Crimea siempre fue rusa, no hay ucranianos », asegura Annia. Cuando le comenté que me había cruzado con personas que se identificaron como ‘ucranianos’, Annia respondió sonriendo: « están locos ».
 
Otros, como Vladimir, no se interesan en cuestiones políticas o identitarias. « Lo importante es poder vivir bien », explicó. Científico de profesión, Vladimir cobra el equivalente a 120 euros en el marco de un proyecto de investigación internacional. « No me alcanza ni para pagar los 300 euros que cuesta el alquiler de un departamento », se lamenta el bioquímico que vive aún con sus padres. Pero, la falta de un buen sueldo no es lo único que molesta a Vladimir. Amante de los idiomas, pasaba largas horas en un centro de intercambio de inglés que le permitía estar en contacto permanente con los turistas que abundaban hasta hace no mucho tiempo. « Lo cerraron justo después del referéndum y ahora no tengo con quién practicar, parece que no quieren que aprendamos inglés », opinó.
 
Desde los eufóricos prorrusos hasta los pragmáticos apolíticos, la esperanza de un futuro mejor sigue latente en los corazones de los habitantes de la península. Aunque las promesas de « grandes cambios » aún no se han visto cristalizadas en la vida de los peninsulares, una mejora, frente a la realidad ucraniana, aunque sea leve, puede alcanzar para mantener en calma estas tierras. Olvidada por Kiev durante más de veinte años, la barra de lo aceptable en la nueva Crimea se encuentra muy, muy abajo.

 

 

 

Publicación original : Radio France Internationale en español, 18 de marzo de 2015

http://www.espanol.rfi.fr/europa/20150318-crimea-un-ano-despues-estamos-mal-pero-mejor

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