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Billet de blog 17 mai 2016

BRASIL: El golpe de Estado

Llamemos las cosas por su nombre. Lo que acaba de suceder en Brasil, con la destitución de la presidenta elegida en las urnas, Dilma Roussef, es un golpe de Estado. Un golpe de Estado pseudo-legal, “constitucional”, “institucional’, parlamentario, todo lo que quieran, pero ni más ni menos que un golpe de Estado.

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Llamemos las cosas por su nombre. Lo que acaba de suceder en Brasil, con la destitución de la presidenta elegida en las urnas, Dilma Roussef, es un golpe de Estado. Un golpe de Estado pseudo-legal, “constitucional”, “institucional’, parlamentario, todo lo que quieran, pero ni más ni menos que un golpe de Estado. Parlamentarios, diputados y senadores –masivamente comprometidos en casos de corrupción (alrededor de un 60%)-, han instaurado un proceso de destitución contra la presidenta, bajo el pretexto de irregularidades contables, de “deslices fiscales” para ocultar las lagunas de las cuentas públicas –¡una práctica cotidiana en todos los gobiernos brasileños anteriores!-. Es cierto que varios cargos del Partido de los Trabajadores están implicados en el escándalo de corrupción de Petrobras, la Compañía Nacional de Petróleo, pero no Dilma… De hecho, los diputados de derechas que han liderado la campaña contra la Presidenta se encuentran entre los más salpicados por este escándalo, empezando por el presidente del Parlamento, Eduardo Cunha (suspendido recientemente), acusado de corrupción, blanqueo de capitales, evasión fiscal en Panamá, etc.

La puesta en práctica de un golpe de Estado legal parecer ser la nueva estrategia de los oligarcas latinoamericanos. Puesta en marcha en Honduras y en Paraguay -países que la prensa califica como “Repúblicas Bananeras”- esta maniobra ha demostrado ser de lo más eficaz para eliminar del panorama a los presidentes (muy moderados) de izquierdas. Ahora, acaba de ser aplicada en un país del continente… Podemos reprochar muchas cosas a Dilma: no ha respetado sus promesas electorales y ha realizado numerosas concesiones a los banqueros, industriales y latifundistas. Desde hace un año, la izquierda política y social no ha dejado de reclamar un cambio en las políticas económicas y sociales. Pero la divina oligarquía de derechas brasileña –la élite capitalista, financiera, industrial y agrícola- no se conforma con pequeñas concesiones: quiere todo el poder, al completo. No quiere negociar, sino gobernar directamente a través de sus hombres de confianza, y abolir los pocos avances sociales que se han logrado en los últimos años.

Citando a Hegel, Marx escribía, en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, que los eventos históricos se repiten dos veces: la primera como tragedia, la segunda como una farsa. Este principio se puede aplicar a la perfección a Brasil. El golpe de Estado militar del mes de abril de 1964, fue una estrategia que sumió a Brasil en veinte años de dictadura militar, a costa de cientos de miles de muertos y torturados. El golpe de Estado parlamentario de este mes de mayo de 2016 es una farsa, un affaire trágico-cómico, donde una camarilla de diputados reaccionarios y notoriamente corruptos derrocan a un presidente elegido democráticamente por 54 millones de brasileños, amparándose en “irregularidades contables”. El componente principal de esta alianza de partidos de derechas es el bloque parlamentario (apartidista) conocido como “las tres B”: “Balle (Bola)”-diputados vinculados con la policía militar, los escuadrones de la muerte y otras milicias privadas-; “Boeuf (Res)” -los grandes propietarios de ganado-; y “Bible (Biblia)”-fundamentalistas neo-pentecosteses, homófonos y misóginos-. Entre los más entusiasta de la destitución de Dilma aparece el diputado Jairo Bolsonaro, que dedicó su voto a los oficiales de la dictadura militar, especialmente al Coronel Unstra, notorio torturador. Entre las víctimas de Ustra, se encontraba Dilma Roussef, en aquella época (principios de los años 1970) militante de un grupo de resistencia armado; pero también mi amigo Luis Eduardo Merlino, periodista y revolucionario, asesinado y torturado en 1971, cuando tenía 21 años.

El nuevo Presidente Michel Temer, introducido por sus acólitos, está implicado en varias investigaciones, pero aún no ha sido acusado formalmente. Según un reciente sondeo, en el que se preguntaba a los brasileños si votarían por Temer como Presidente de la República, solo un 2% respondía favorablemente… En 1964, conseguimos conquistar el derecho a manifestarnos de forma masiva: “Con Dios y la Familia por la Libertad”, lo que preparó el terreno para golpear al presidente Joâo Goulart; una vez más, la historia se repite, esta vez bajo multitudes patrióticas –al rojo vivo gracias a la prensa que mantiene el timón- que se han movilizado para exigir la destitución de Dilma, llegando incluso, en algunos casos, a pedir el regreso de los militares… Compuestas esencialmente por personas blancas (la mayoría de los brasileños son negros o mestizos), fruto de las clases medias, estas multitudes han sido convencidas por los medios de comunicación de que el objetivo de este affaire no es otro que “combatir la corrupción”.

Lo que la tragedia de 1964 y la farsa de 2016 tienen en común es el odio contra la democracia. Los dos episodios revelan el profundo desprecio de las clases dominantes brasileñas hacia la democracia y la voluntad popular.

¿Este golpe de Estado “legal” pasará sin hacer demasiado ruido como sucedió en Honduras y Paraguay? No parece tan seguro… Las clases populares, los movimientos sociales, la juventud rebelde aún no han dicho la última palabra. 

Traducción: Irene Casado Sánchez

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