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Billet de blog 17 avr. 2020

Aclimatación violenta del virus en Colombia

El coronavirus es un indicador de las profundas fracturas de nuestras sociedades. Es también el caso en Colombia, donde el manejo errático de la pandemia se verá agravado por la lista de problemas no resueltos: violencias, desigualdades, privatización de la salud, precariedad de los profesionales... a la que se suma el apoyo a la interferencia beligerante de los Estados Unidos en Venezuela.

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La “sociedad civil conectada” obliga a las autoridades a responder

En Colombia, el primer caso de Covid 19 se detectó el 6 de marzo; la primera muerte, el 21 de marzo. Como en la mayoría de los países de América Latina, se adoptaron medidas de distanciamiento social en forma anticipada (cierre de escuelas el 16 de marzo, confinamiento desde el 25 de marzo). El 6 de abril, el confinamiento fue extendido hasta el 26 de abril. La adopción de estas medidas, adoptadas durante la fase de "contención" de la epidemia, se explica por la muy rápida toma de conciencia de la gravedad de la situación a nivel mundial.

Ciertamente, a principios de marzo, comentaristas influyentes, como el antiguo negociador de los acuerdos de paz y ex candidato presidencial Humberto de la Calle, todavía veían el coronavirus como un acontecimiento lejano, que sólo afectaba a los países europeos. Sin embargo, tras el cierre de las fronteras en los Estados Unidos y las estrictas medidas de contención impuestas en España, Francia y otros países, creció la presión social. Esta se expresó, en particular, a través de las redes sociales y los medios de comunicación. Desde estos foros de gran influencia, los principales “líderes de opinión” y “líderes políticos” exigieron acciones de gobierno. Así pues, una comunidad muy atenta a las noticias internacionales, una verdadera “sociedad civil conectada”, ha desempeñado un papel fundamental para impulsar a los dirigentes a la acción.

No obstante, hubo diferencias en la aplicación de esas medidas. Por ejemplo, mientras que la recién elegida alcaldesa de Bogotá, Claudia López, tomaba la iniciativa de organizar un "simulacro" de confinamiento de la ciudad, el presidente Iván Duque pedía la protección de la Virgen de Chiquinquirá, la que él llama la "patrona de Colombia".

Una pandemia en un contexto de extrema violencia

El gobierno nacional y las autoridades locales están respondiendo a esta crisis acorde con los protocolos propugnados por las organizaciones internacionales y calcando la experiencia de otros países. Ahora bien, si el confinamiento es mundial, para cada país el proceso es diferente. El contexto colombiano es el de un país sujeto a una gran violencia, tanto social como política. ¿Cómo se experimenta la pandemia cuando grandes sectores parecen aceptar la banalidad de la muerte violenta? ¿Cuál será el impacto del confinamiento ante tal violencia?

Prisioneros denuncian la masacre en la cárcel Modelo en Bogotá © AFP

Hay varios indicios de que hay motivos de preocupación. Durante el primer confinamiento realizado por la Alcaldía de Bogotá entre el 20 y el 24 de marzo, se produjo un levantamiento en una de las cárceles más grandes de la capital, que estaba sobrepoblada (como todas las cárceles colombianas, con un excedente de entre 50% y 100%) y que, por lo tanto, exponía a los presos a riesgos sanitarios. El resultado de esta operación de confinamiento, que debía ser un simulacro exitoso fue… ¡de 23 prisioneros muertos en esta prisión! ¿Quién los mató? Con muy alta probabilidad, fueron asesinados por los guardias. Así, antes de la contaminación por el coronavirus, y debido a los temores ligados a ella, fue la represión oficial la que se cobró sus primeras víctimas.

En las zonas más alejadas de los centros urbanos, el confinamiento también da lugar a situaciones preocupantes: una ONG denuncia que en el Putumayo (sur del país), los grupos paramilitares de extrema derecha están ejerciendo un “control” sobre la población, matando y desmembrando a “ladrones venezolanos” y amenazando a la población local con el asesinato de los enfermos del Covid-19.

De hecho, el confinamiento no detiene claramente la violencia, sino que corre el riesgo de hacerla aún menos visible. Esto, claro, agrava la impunidad. Así, desde la promulgación de las medidas han continuado los asesinatos de ex combatientes de las Farc, la masacre de un sindicalista y su familia, los ataques de facciones disidentes de las Farc o el asesinato de líderes sociales.

En un contexto en el que la violencia es para muchos un medio de expresión, se producen actos de agresión al personal médico y de enfermería. ¿La razón? Se esgrime que pueden ser portadores de la enfermedad. También se han visto escenas de violencia física por parte de un concejal contra un proveedor tras las acusaciones de corrupción en la ayuda humanitaria para los confinados. Y cuando un ayuntamiento intenta establecer un alojamiento de emergencia en un hotel confiscado a la mafia, la población local se rebela frente a la medida, a la vez que estigmatiza a los futuros huéspedes de este hotel (los califican de “indigentes”, un término muy peyorativo para desiganr a los habitantes de calle).

Como en todas partes, el confinamiento expone a los niños y las mujeres a la violencia en la esfera doméstica. El nivel de las violencias de género es ya muy elevado en tiempos “normales”, y por lo tanto, las amenazas son aún más preocupantes: en este país, mil mujeres son asesinadas cada año, y la violencia sexual contra los menores de edad dentro de la familia es constante. A esto se añaden otras violencias, como la que afecta a los jóvenes LGBT, a menudo rechazados por su entorno.

En este contexto ya muy difícil, el gobierno intenta encontrar respuestas. Por ejemplo, la Vicepresidenta Martha Lucía Ramírez ha propuesto confiscar el alcohol dentro de cada hogar para combatir la violencia de género, iniciativa que ha sido muy criticada por su paternalismo clasista, a la vez que por su imposibilidad de ser aplicada.

Una pandemia en un contexto de informalidad laboral

Soacha, inmenso suburbio de Bogotá: el trapo rojo se ha convertido en la señal del hambre © France 24

Aparte de estos problemas relacionados específicamente con la configuración muy violenta de Colombia, la pandemia se está produciendo en un país que, aunque tiene índices macroeconómicos bastante aceptables para los organismos internacionales, tiene desigualdades socioeconómicas muy grandes (es uno de los países más desiguales del mundo), un nivel muy alto de informalidad (el 58% de los trabajadores están en la economía informal) y una tasa muy baja de sindicalización (menos del 5%).

El gobierno se ha apresurado a anunciar una serie de medidas para atender las necesidades de los más desfavorecidos. Pero las dificultades para hacer llegar la ayuda en especie, así como el bajo nivel de acceso a los servicios bancarios y la desconfianza frente al sector financiero, que está muy concentrado y tiene unos costes de intermediación exorbitantes, complican mucho las cosas. La constante vacilación de este gobierno hace imposible saber cuál será el destino económico de los colombianos: por ejemplo, mientras que una nueva reforma presupuestaria es anunciada por el Ministro de Hacienda, el Presidente la niega al día siguiente...

Por el momento, en las vastas zonas pobres de las ciudades, los hogares han encontrado una manera de señalar su angustia alimentaria: un trapo rojo se cuelga ahora en las puertas o ventanas de las casas. En algunas zonas empobrecidas, todas las casas están "marcadas" de esta manera. Por la noche, pese al estricto confinamiento, han estallado disturbios en las vastas zonas marginales de las ciudades, similares a los disturbios por hambre que se han visto en otras partes del mundo.

Decretos presidenciales contra los profesionales de la salud precarios

Abril de 2020 : Personal de la salud protesta en el Hospital Kennedy de Bogotá © @Medicos-Col

En la actualidad, a la emergencia económica se suma una emergencia médica: en un país que ha privatizado su sistema de salud desde los años noventa, y donde el 80% del personal de salud tiene contratos laborales extremadamente precarios y condiciones de trabajo inaceptables (salarios no pagados durante varios meses, ausencia de seguro en caso de enfermedad profesional -incluido el Covid-, anuncio de una disminución del 20% de los salarios debido a la emergencia sanitaria, etc.), crece un movimiento de preocupación en el cuerpo médico y sanitario. La Federación de Médicos de Colombia realizó una encuesta a 880 personas del personal de salud del hospital; sus conclusiones son abrumadoras: sólo 50 personas declararon tener mascarillas N95, y sólo 25 tenían trajes de bioseguridad.

En este contexto, muchos de ellos se niegan a renovar sus precarios contratos de trabajo o amenazan con ir a la huelga. Ante esto, el gobierno emitió un decreto para obligar a los trabajadores de la salud a ir a sus lugares de trabajo. Se han iniciado conversaciones con los (pocos) sectores organizados (sindicatos) de este sector. Entretanto, ya han muerto cuatro médicos de Covid 19 (de 131 muertes oficiales)… y la comunicación oficial rinde homenaje a estos “héroes”.

La incógnita: Venezuela

Por último, la situación en el vecino más importante de Colombia, Venezuela, afecta al país de varias maneras. En primer lugar, por el gran número de venezolanos asentados en su territorio (aproximadamente un millón, que han llegado masivamente en los últimos 3 años). Estos migrantes constituyen un verdadero desafío para el sistema de asistencia sanitaria y económica. Ellos están sobrerrepresentados en el sector de los servicios (especialmente en la entrega de comercio a domicilio en las ciudades), y se exponen para impedir que otros abandonen sus hogares y puedan respetar el confinamiento estricto. Sin mayores fuente de ingresos, sin vínculos familiares, sin apoyo social y desahuciados de sus hogares, muchos de ellos inician el viaje de regreso a su país a pie.

Marzo de 2020 : Duque se reúne con Trump en Washington y le pide que intervenga en Venezuela

Como resultado de estos movimientos migratorios, es probable que la situación en la frontera se convierta en un tema delicado de salud, especialmente porque Venezuela está atravesando una crisis económica que también está afectando a los hospitales. Esta crisis se ve agravada por las sanciones impuestas por los Estados Unidos, que, por ejemplo, prohíbe la venta de respiradores a ese país.

Un segundo motivo de preocupación son las atronadoras declaraciones de Donald Trump (el 26 de marzo, en plena crisis sanitaria en Nueva York, tuvo tiempo para ponerle precio a la cabeza del presidente Nicolás Maduro). ¿Meras bravatas? No es seguro: las maniobras militares en la frontera ya han comenzado, con la aprobación del presidente Duque, que siempre ha sido favorable a una intervención armada de los Estados Unidos, y que la ha alentado. Además, un Trump que ha sido catastrófico en la gestión de la crisis del coronavirus en su propio país podría encontrar en una intervención armada en el exterior una forma de mejorar sus posibilidades de ser reelegido.

Conclusión

Al 16 de abril, había oficialmente 3.105 casos detectados y 131 muertes en Colombia. Pero mucho más allá de los números, y más allá del manejo errático del gobierno de Duque, en este país como en otros, el virus hace visibles las grietas de la sociedad. Estas son profundas: violencias, desigualdades socioeconómicas, privatización de la salud, precariedad de los profesionales llamados al rescate. Es probable que estas viejas cuentas no saldadas, así como la política de interferencia belicosa en Venezuela, agravarán la pandemia… a la vez que la pandemia empeorará esta serie de problemas.

¿Hay algún margen de maniobra? En lo inmediato, en lo que se refiere al “frente interno”, queda por esperar que los sectores organizados de la sociedad, y en particular los sindicatos, que se han visto sumamente debilitados en los últimos años, puedan encontrar la fuerza para hablar con una voz más firme ante un gobierno indiferente a la suerte de su pueblo. En el “frente externo”, y en particular en lo que toca a las maniobras de Estados Unidos (en conjunto con Colombia) contra Venezuela, es de esperar que la comunidad internacional no se deje engañar con respecto a lo que se está jugando allí.

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