Louise Michel, la poesía como visión

¿Por qué no se conoce a Louise Michel en Hispanoamérica? ¿Por qué se ignora a la más ardorosa combatiente de la Comuna de París? Este texto esboza las semanas más esperanzadoras y más tristes de París. Y se remonta más atrás, de la mano de la que fue maestra de escuela, feminista, compositora, autora de novelas, de obras de teatro y ensayos, vegetariana, guardiana de animales…

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Es algo anómalo y hasta inverosímil: Louise Michel casi no existe para el mundo hispanófono. Poquísimas traducciones de su obra han sido vertidas al castellano y menos aun han sido reeditadas: una búsqueda por los catálogos de bibliotecas y por otros recovecos nos ha llevado a la triste constatación: de los cerca de 22 libros que publicó en vida y 5 póstumos, sólo han sido traducidos los siguientes: su relato La Comuna: historia y recuerdos (existen al menos dos traducciones, una de J. Ruipérez, 1900, y otra de 1973, traducción de Aurelio Garzón del Camino, pero ninguna se consigue en el mercado), y su novela de 1888, El nuevo mundo (traducida por la notable anarquista española Soledad Gustavo a principios del siglo XX, pero jamás publicada de nuevo). De estos libros, al parecer no existe una reedición reciente. Existe, sí, una publicación de su libro de relatos Los crímenes de la época (editorial Nadir, 2012).

Inquieta que no aparezca en ningún buen catálogo de biblioteca de lengua española uno de sus libros más importantes, una obra maestra personal, literaria y política, las Memorias (publicadas originalmente en 1888). Las posibilidades de transmisión de los hechos del pasado que aclaran el porvenir se frustran. Pocos podrán conocer las luchas sociales en la Francia del siglo XIX, que tanta influencia tuvieron en los países de lengua hispana (en Colombia, las tendencias de los partidos liberales se calcaban a menudo de lo que ocurría en Francia) o el pensamiento, la escritura y acción inspiradoras de esta mujer.

Louise Michel yace ahora en el cementerio de Levallois, junto a su amiga Marie Ferré y junto a su madre, sus dos “Myriam”. Ahora que el gobierno socialista habla de trasladar, quizá, sus restos al Panteón (el antiguo templo convertido por la Revolución en monumento a los “grandes hombres de la nación”, donde reposan Rousseau, Victor Hugo, el jefe de la resistencia Jean Moulin, entre otros), es posible que se renueve un interés por las circunstancias que rodearon su vida, y por sus obras.

Se recordará entonces a la Comuna, el sueño colectivo de la primavera de 1871, cuando por primera vez obreros, artesanos, representantes del pueblo, llegaron por el voto a las instancias del poder. Cuando las decisiones fueron tomadas luego de deliberaciones con sectores sociales que nunca habían hablado (lavanderas, maestras…). Se recordarán sus medidas revolucionarias para esos años, y aún para hoy: instrucción gratuita; igualdad de salarios entre educadores hombres y educadoras mujeres; libertad de prensa; prohibición de los desahucios; derecho de elección para extranjeros residentes[1]. Se tararearán las más de 600 canciones que surgieron en esos meses, se comentarán las medidas sociales solidarias, la efervescencia de los círculos de educación política, el aire de libertad…

Y se guardará un momento de silencio para recordar que esa fiesta colectiva fue aplastada de manera brutal por el gobierno instalado en Versalles en la cabeza del “monstruoso enano”, como llamó Marx a Thiers. Deberá mencionarse su avidez de sangre -así le escribía a un ministro el 22 de mayo, al principio de la semana más triste en la historia de la ciudad, la “semana sangrienta”-: “Vengo de París y vi un espectáculo horroroso. Venga, amigo, a compartir nuestra satisfacción”.

Uno de los historiadores de ese período, testigo presencial de los hechos, P. Lissagaray, presenta así el balance de los muertos reales y de los muertos en vida:

20 000 hombres, mujeres, niños asesinados durante la batalla o después, en la resistencia en París y en la provincia; cuando menos 3 000 muertos en los depósitos, fortificaciones, prisiones, pontones, en Nueva Caledonia, en el exilio o por las enfermedades contraídas durante el cautiverio; 13 700 condenados a penas que muchas veces fueron de 9 años; 70 000 mujeres, niños y viejos privados de su sustento o expulsados de Francia; alrededor de 107 000 víctimas, es el balance de la venganza de la alta burguesía[2].

Antes de la Comuna, Louise Michel era maestra de escuela, activista republicana, animadora de círculos de mujeres, estudiante en las aulas para adultos, compositora de óperas y de obras de teatro, autora de un ensayo poético sobre la locura y el confinamiento, redactora de entradas para una enciclopedia…

Todo pensamiento es colectivo, producto de un medio. ¡Qué cierto es esto! Sus amigas eran pensadoras, escritoras, periodistas, activistas, pedagogas, viajeras, mujeres de acción: Adèle Esquiros, maestra y escritora; André Léo, periodista; Elizabeth Dimitrieff, analista y activista, corresponsal de Marx; Maria Deraismes, primera mujer masona, teórica del feminismo; Paule Minck, activista, conferencista…[3].

Todas estas mujeres tendrán un papel importante durante la Comuna. Louise Michel luchará por ella con ardor. ¿Sus armas? La pólvora, el verbo y la pluma. Viste el uniforme de la guardia nacional (y no es la primera vez que usa trajes de hombre, pese a las prohibiciones sociales y legales de uso del pantalón[4]): en el combate tiene fama de tener excelente puntería. También convoca a reuniones (funda el Comité de Vigilance des Femmes del barrio 18, participa y discute en el Club de la Patrie en danger y en el Comité de vigilance de Montmartre), organiza a las enfermeras, es oradora en reuniones y redactora de panfletos, autora de canciones, camarada en la Union des femmes pour la défense de Paris et les soins aux blessés.

Louise Michel guarda el norte claro, en un momento en que la mayoría de los intelectuales burgueses se ensañan contra las aspiraciones democráticas y apoyan el baño de sangre de Thiers invocando su “superioridad” de clase.

Así, Anatole France, connotado escritor, considerado la conciencia de su época, ve en ellos un “comité de asesinos, una banda de canallas, un gobierno del crimen y la demencia”.

Maxime du Camp, que inventó una obra de terror a partir de la Comuna, obra que fue la referencia de las mayorías reaccionarias por varias décadas, se refería así al pueblo: “[Son] animales obtusos que no entienden nada, salvo que están muy bien pagados, tienen mucho vino y mucho aguardiente”.

Una visión similar a la del escritor Théophile Gauthier, que como se recuerda, era el principal expositor de la idea del “arte por el arte”: “Hay en todas las grandes ciudades fosas de leones, cavernas cerradas con gruesas barras en las que se encierra a las bestias salvajes, las bestias apestosas, las bestias venenosas, todas las perversiones refractarias que la civilización no ha logrado domesticar. (…) Un día el distraído señor de las bestias olvida sus llaves en la puerta de la casa de las fieras y los animales feroces se riegan por la ciudad espantada con los gritos salvajes. De las cajas abiertas se lanzan las hienas (…) y los gorilas de la Comuna”[5].

Alejandro Dumas hijo, por su parte, arrastra sus palabras: “No diremos nada de sus hembras por respeto a las mujeres, a quienes se parecen cuando están muertas”[6].

Cerremos esta galería de infamias con Flaubert: “La instrucción gratuita y obligatoria no hará más que aumentar el número de imbéciles (…). Lo más urgente es instruir a los ricos, que en últimas, son los más fuertes”[7].

 La Comuna ha sido reprimida y Louise Michel se entrega a las autoridades. No habían logrado capturarla, pero habían detenido cobardemente a su madre. Su actitud y sus palabras frente a la Comisión de Gracias la hacen célebre:

 “Hay que sustraerme de la sociedad. Os lo han dicho. Pues, ¡bien! El comisario de Policía tiene razón. Puesto que al parecer todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, ¡yo pido mi parte! Si me dejáis vivir, no cesaré de gritar venganza, y denunciaré a los asesinos de la Comisión de Gracias en venganza por mis hermanos…”

Aunque se escribían desde hacía años, es a raíz de esta auto-acusación que Victor Hugo le compone el poema Viro mayor.

Louise Michel será condenada a la deportación en Nueva Caledonia, posesión francesa desde 1853 en el Océano Pacífico, distante 17 000 km de Francia, adonde son llevados los prisioneros condenados a trabajos forzados y los prisioneros políticos (como los sublevados kabyles de Argelia contra la colonización francesa).

Su largo exilio será otro terreno de aprendizaje: la que nunca había viajado y soñaba con otros horizontes, descubre los mares australes, el ciclón, los nuevos bosques. La isla respira en las páginas de su libro Récits et légendes canaques (Relatos y leyendas kanaks). Es casi la única deportada de la Comuna que busca puntos de entendimiento con los kanakos, que entonces cargan con la reputación de ser salvajes, antropófagos, y cuyo intento de resistencia en 1878 será aplastado por la potencia “civilizadora”. Louise Michel aprende sus lenguas, compone obras de teatro donde ellos son personajes, apoya su revuelta (a los jefes rebeldes locales les entrega su bandera de la Comuna). Mujer y lúcida, se fija detenidamente en la actitud de este pueblo con sus mujeres: observaciones que contribuyen quizá a afianzar sus convicciones feministas.

 A su regreso a Francia en 1880, con más de cincuenta años, Louise Michel continúa su vida de activista, con profundas convicciones humanistas y revolucionarias. Muchas veces fue a dar a la prisión –a cinco años la sentenciaron por participar en una manifestación y, según las autoridades, robar un pan–. Tampoco allí perdió el tiempo: “era un lugar fácil para cualquier institutriz (…) [donde pude obtener] las horas de reposo compradas laboriosamente al cabo de largos años”.

En una prisión-convento había redactado sus cuentos para niños; en la prisión de Saint Lazare redacta sus Memorias. Después de su liberación, perseguida por un macabro inspector que tiene como proyecto encerrarla en un asilo de locas o quemar “accidentalmente” su casa, se exilia en Londres: allí funda una escuela, participa en los círculos anarquistas, protege a los animales[8], escribe novelas, viaja. De regreso a Francia prosigue su actividad incesante como escritora y como conferencista. En una de esas conferencias un individuo influenciado por un cura le dispara: ni buscó enviarlo a prisión ni se quejó demasiado de los dolores de cabeza que le ocasionaba el proyectil. Fiel a la promesa que le hiciera al líder rebelde Mokrani, que había conocido en Nueva Caledonia, a finales de 1904 se va de gira por Argelia, entonces posesión colonial francesa. Posiblemente allá dictaba su charla Prise de possession (Toma de posesión).

Al regreso de ese viaje, al cabo de otra gira extenuante por el sur de Francia, cansada pero combativa, Louise Michel muere en el Hotel del Oasis de Marsella.

Maestra, hija, amiga, compañera de lucha, estudiante, guerrillera, agitadora, escritora, ensayista, música, exiliada… Louise Michel vivió varias vidas.

Una constante hay en esas vidas: en todas se manifiesta la poesía. En dos sentidos: primero, porque en todas las etapas de su vida, en la soledad, en la juventud, en la prisión, en la rememoración, hay versos, escritura poética. En las páginas de sus Memorias, escritas en 1885 y de gran calidad literaria, copia viejos poemas, como marcas del camino.

Y también en otro sentido: porque en sus versos y en su prosa poética están contenidos el aliento, el horizonte, la premonición, las visiones. Es como si esa vida agitada de la segunda etapa de su existencia (Louise Michel tenía 41 años cuando acontece la Comuna) hubiera sido invocada en sus poemas, búsqueda incesante.

La breve selección de poemas y prosa poética que presentamos proviene de las fuentes siguientes, inéditas en castellano[9]:

  • A travers la vie (esta compilación de poemas fue el único libro de poesía publicado por la autora)[10].
  • A travers la vie et la mort[11]
  • Légendes et chants de gestes canaques[12].

 Señalemos que Louise Michel, que tuvo una vida nómada desde los eventos de la Comuna, volvía a sus cuadernos con un cuidadoso desorden: permanentemente retocaba o tachaba poemas, agregaba estrofas, pegaba o arrancaba páginas, escribía borradores de cartas, reflexiones, hacía dibujos, partituras... además de que reescribía en lugares dispersos varias versiones de sus novelas o poemas porque, entre otras cosas, se los robaban. Esta forma de escritura, y su arte de la digresión, es un acertijo para los investigadores que han examinado sus manuscritos. Ni su vida ni su escritura son lineales. Su forma de escribir se asemeja a la de los cibernavegantes del siglo XXI, múltiples ventanas, sed de saber, ramificaciones de ramificaciones. No hay fronteras disciplinarias.

Ella entendió la poesía como una potencia suprema y misteriosa. Es el aliento, el soplo de vida. Quien es sensible a su escritura no se sorprende de la forma que tomó su vida. Ella escribió en alguna parte: “Los soñadores son los poetas y los poetas son los profetas”. También sabía que existe esa capacidad de hacer poesía en cada persona. Presentamos algunos temas constantes en su poesía: el viaje; las causas; la Comuna; la niña y la muerte.

El viaje

Para empezar, hemos traducido uno de sus poemas de juventud, « El viaje ». La vida que se intuye, lo que se sueña intensamente y después se vive, los hechos que hacen parte de la ensoñación, atraviesan este viaje:

El viaje[13]

Fragmento de la leyenda del bardo

¡Qué inmenso horizonte en la entrada del desierto!
¿A dónde vas, niña, por este sendero nuevo?
¿A qué lugar ignoto? ¿Cuál es tu esperanza?
¿A dónde voy? No lo sé; donde fulge el horizonte
 
Se oye una fanfarria, extraña, sombría y fuerte,
Y otros muchos van, otros que hallaré
Escuchad, se oyen pasos pesados sobre la tierra:
Es una etapa humana: con ellos iré
 
Yo amaba la sombra del cerco de hierbas locas
En donde en noches de invierno llegan lobos, gritando
Por entre las brechas del muro; en verano, pesadas haces
Y en los verdes robles las ráfagas del viento

 ***

¿Qué importa todo esto? Mirad los granos de arena
Y los montones de trigo maduro y en los surcos profundos
Los ríos del sol; -¿acaso todo no es similar?
¿A dónde se va todo esto? Hacia allá vamos

Antes de ser condenada a la deportación, Louise Michel no había viajado más allá de París (la región donde nació, la Alta Marne, queda a 250 km de la capital). Este poema fue escrito durante la travesía de cuatro meses en el barco destartalado en el que los gobernantes botaron a los deportados de la Comuna. La visión del nuevo paisaje es también la visión de otros caminos para llegar a él. Otras vías de acceso, aún no imaginadas, son una evidencia para Louise Michel. Ella siempre fue consciente de vivir en una época caracterizada por un bajo nivel de progreso humano. Siempre tuvo la certeza de que las cosas cambiarían; creía que la ciencia podría acompañar a los seres humanos. Algunas de sus novelas introducen temas de ciencia ficción –se cree que las que se perdieron desarrollan aún más esta veta. Está comprobado, por lo demás, que la idea del Nautilus y la trama de la novela de Julio Verne provienen de ella.

El Polo Sur[14]

¿Por qué no buscar ir hacia el misterio inmenso?
Vamos en camino; incluso allá veremos
A osados balleneros franqueando distancias;
Con ellos iremos un día.

Veremos sobre el agua praderas inmensas
Donde plantas sin flores tienen ramas gigantes
En donde el animal florece –algas, holoturias
Corales, monstruos, enanos o gigantes

Y veremos, veremos el brillo del día polar,
E iremos siempre, hasta allá iremos;
Tal vez un continente se extiende en ese misterio;
Lo atravesaremos.

Mucho más rápido se irá por las nuevas rutas;
Naves submarinas y naves del aire
Pronto todas vendrán acá. Blancas se divisan sus alas
Hoy, sobre las grandes olas verdes.

Pronto escucharemos resoplar como bestia
A la poderosa máquina, y la electricidad
Conducirá por los aires a las flotas. ¡Oh tempestades!
Hielos y noche, todo está amaestrado.

*

Las causas

En varios poemas dejó Louise Michel palabras para causas nobles, o palabras para honrar la memoria de quienes lucharon. El primero que presentamos es el susurro cada vez más fuerte del pueblo contra Napoleón III. La esperanza que había puesto una parte del pueblo francés, y los sectores más progresistas, fueron violentamente reprimidas en las “jornadas” 1848. El “usurpador”, por su lado, sólo merecía odio. Louise Michel comparte su aversión con Victor Hugo, con quien se escribía desde muy joven.

Manifestación por la paz

París 1869

Es de noche, en larga filas caminamos
Por los bulevares, diciendo: ¡paz!, ¡paz!
En la sombra acechan jaurías serviles.
Oh libertad, ¿cuándo vendrá tu día?

Los adoquines, golpeados por pesados golpes de bastón,
Resuenan sordos; el bandido se empoltrona.
Para refrescar con sangre su laurel marchitado,
El quiere combates, aunque Francia se ensombrezca.

¡Maldito! desde tu palacio, ¿oyes pasar a estos hombres?
¡Es tu fin! ¿Acaso los ves, en un sueño pavoroso,
Yendo por París, como fantasmas?
¿Escuchas? París, cuya sangre beberás.

Y marchamos, al compás de un extraño ritmo
Por entre las golpizas, como un gran rebaño,
Pasamos; y César prepara, multiplicada, su falange
Y para herir a Francia está lustrando su cuchillo.

Puesto que habrá combates, puesto que buscan la guerra,
Pueblos, de frente doblegada, más tristes que la muerte,
Es contra los tiranos que juntos hay que hacerla:
Bonaparte y Guillermo tendrán la misma suerte.

El segundo poema de esta serie, “Ronda de negros”, fue escrito luego de su descubrimiento de Nueva Caledonia[15]. Louise Michel fue amiga de los kanakos, lo que constituye una muestra más de su particular entendimiento del mundo: sus propios compañeros libertarios tenían prejuicios racistas hacia ellos. En Souvenirs et aventures de ma vie, ella hace un retrato (que hoy diríamos sociológico) de las condiciones de la isla y narra el encuentro y la amistad con los Tayos, sus amigos. Los conoció también como alumnos en su escuela, los domingos. Admiraba su curiosidad, su musicalidad, sus dotes para el dibujo. En sus Memorias escribe: “Sí, los quise y los sigo queriendo y, ¡caramba! quienes me acusaban, en la época de la rebelión, de desearles que conquistaran su libertad, tienen razón. (…) Acabemos ya con la superioridad que tan sólo se manifiesta con la destrucción”.

 

Ronda de negros

Pasa, brisa del mar
Sobre las cañas móviles
Nuestras cadenas son de hierro.
Pasa, brisa del mar
Sobre las riberas fértiles.

Canta, brisa del mar
Refresca nuestras cabezas,
Canta para arrullarnos.
Canta, brisa del mar
En el coro de la tormenta.

Deslízate, brisa del mar,
Por sobre nuestros huesos bajo tierra,
En donde la muerte cavará
Nuestro último asilo,
En el frío polvo.

Tú que sin cesar cantas,
Áspera brisa del mar
Vuelve a decirles nuestra pena
A las piedras y a la roca.

*

 Incluimos acá el escrito “Los blancos”[16]. Esta historia le fue contada a Louise Michel por Daoumi, un kanako amigo; el relato lo narraba anteriormente “Idara, la mujer que fue takata, es decir médica, bruja o más bien magnetizadora”:

Los Blancos

Hombre blanco, ¿de dónde vienes? Fueron necesarias muchas cortezas para tejer las alas de tu piragua; muchos árboles para hendirla.

¿Qué potencia te ha arrancado a tu cabaña para haber venido desde tan lejos? Pues vienes de lo más lejano habitado por hombres, bajo el sol frío que los vuelve pálidos.

Si hubieras venido de las islas que conocemos, las alas de tu piragua estarían levemente arrugadas; pero están gastadas por el viento, como si diez veces hubiera soplado el ignam[17].

Hombre blanco, ¿qué nos dices, por qué has venido de tan lejos?

En tu país se come todos los días, ya que un ayuno de una mañana parecía incomodarte; ¿qué nos darás de tantas riquezas?

El hombre blanco no cuenta nada; no da nada. El hombre blanco se establece en el país con sus compañeros. Siembran allí semillas de los que se nutre la raza pálida ¡y las guardan para ellos! Los habíamos recibido como hermanos, pero ellos no lo fueron.

Desde que los hombres blancos vinieron, ya no contamos el número de veces que hemos cosechado el ignam; no hacemos más la fiesta; no contamos nada.

Los días pasan como las gotas de agua del gran lago. Para qué habríamos de medirlo, si las piraguas aladas del hombre blanco acostan en la orilla.

Se llevaron a Counié, de pálido cinto. Se llevaron a N’ji, cabellera de selva. Se llevaron todo.

Nunca más el hombre de las islas será feliz; nunca más bailará sobre la orilla el pilou del mar.

Así es como hablaba el viejo Counié, pero la gente joven se puso a reír. Bailaron con las mujeres blancas y les dieron los collares de jade de sus madres; intercambiaron con los hombres de las grandes piraguas las hachas de piedra de sus padres contra los kougas (los fusiles) de los Blancos.

Y todos los ignam, formaron en la orilla el pilou[18] del mar.

*

La Comuna

Louise Michel fue historiadora de la Comuna: durante su exilio en Londres escribió el libro que hoy sigue siendo obra de referencia para capturar los acontecimientos[19]. Y si Versalles, el poder, la dejó vivir, fue penosamente. Escribe en sus Memorias: “No me quisieron enviar al paredón de Satory,[20] y acá estoy todavía, viendo segar la muerte alrededor mío. Nadie que no haya experimentado este vacío inmenso sabe qué coraje se requiere para vivir”. En prisión escribió el poema Claveles rojos; está dedicado a Théophile Ferré, un militante y compañero de armas y hermano de quien luego sería su compañera de vida[21].

Claveles rojos

A Th Ferré.

Si partiera al negro cementerio
Hermanos, lanzad sobre vuestra hermana
Como una última esperanza
Claveles rojos en flor abiertos

En los últimos tiempos del Imperio,
Cuando despertaba el pueblo,
Clavel rojo, fue tu sonrisa
La que nos dijo que todo renacía

Ve hoy a florecer en la penumbra
De las negras y tristes prisiones.
Florece cerca del sombrío cautivo,
Y dile que es amado.

Dile que en este tiempo rápido
Todo pertenece al futuro
Que el vencedor de frente lívida
Más que el vencido puede morir.

 *

Incluimos igualmente uno de los múltiples correos que desde la prisión de Auberive enviaba, el 28 de cada mes (fecha de conmemoración de la arremetida final contra los Comuneros), a la Comisión de Gracias o al “anciano” Thiers (así lo llamaba en sus cartas).

A la Comisión de Gracias
Prisión central de Auberive, 28 de julio de 1872
7 de la mañana

Señores,

Han llegado las vacaciones ; partid a vuestras propiedades, el trigo ha de estar bello este año, la sangre humana lo ha abonado.
Cazad, Señores, la pólvora no os cuesta mucho, y es un juego de príncipes.
El animal de caza y el hijo del pueblo, todo es bueno para matarlo.
Divertíos, pero no olvidéis que recordamos.

¡Id, rápido! Los muertos van rápido.

LM

*

La niña y la muerte

Finalizamos esta selección con dos escritos: el primero proviene de Leyendas y cantos de gesta[22]; el segundo fue escrito entre 1881 y 1890[23]. En ambos escritos está el tema de la compañía de la muerte, preferible siempre a los contratos sociales y su dosis de falsedad, y de la muerte como liberación y reconciliación.

El lecho de los ancestros

Los ancestros yacen sobre la alta montaña.

Están profundamente dormidos, inmóviles como la roca.

En vano pasan junto a ellos los bailes de fiesta y los bailes de guerra; en vano suben los ruidos de la tribu, todo se apaga sin eco. Dormid, ¡oh padres! La vida es buena, el sueño mejor.

Suaves son los frutos que han madurado en el árbol y la sombra de las palmeras de coco en la noche; más suave es el olvido.

Dormid, ¡oh padres! Dormid mucho tiempo, el sueño es bueno. Dormid siempre, la nada es mejor.

¿Qué hacéis, padres, acostados sobre la tierra? ¿Quién reposa con vosotros?

¿Pero quién roe hasta el hueso vuestros robustos brazos? El corazón no late ya bajo vuestras costillas: era un cangrejo que al levantar su pinza arranca su carne.

¿Qué brillante collar cae de vuestro cuello al pecho? Es la serpiente de mar de anillos brillantes.

No son vuestros ojos, ¡oh padres!, los que se agitan, rojos. ¡Son lombrices entrelazadas! Pero vosotros no sentís nada, oh padres, ya no veis, ya no escucháis.

Dormid, ¡oh padres! Dormid mucho tiempo, el sueño es bueno. Dormid siempre, la nada es la mayor felicidad.

Así cantaba en la alta montaña la negra Tei, cuyo nombre significa llorar; Tei, la niña del cementerio.

Allí pasaba el día, allí pasaba la noche: Tei no tenía más parientes y los muertos la habían adoptado.

Allá, vivía de los frutos que caen de las ramas, y sin cesar cantaba así en las altas hierbas.

Una noche, las jóvenes habían venido y la habían llevado al baile que se arremolina hasta el valle.

Pero cuando el viento se levantó sobre la montaña, Tei se alzó sobre sus alas.

Su mano fría helaba las de ellas; la dejaron partir.

En otra ocasión, Nahoa (el amanecer), hijo del gran jefe con pájaro, le había dicho: “¿Quieres volverte la hija de mi padre? Tenemos esteras de corteza en nuestras cabañas. Nuestras mujeres llevan collares de perlas de jade, de las que nunca se separan, y mis padres tienen abundante indidio, que sólo se puede recoger en los arrecifes si se sacrifica a la más bella joven de las tribus.

Nuestras madres y nuestras mujeres están pesadas de grasa. Comen los más bellos frutos del bosque, los mejores peces del gran lago.

Tienen cinturones de flecos alrededor de la cintura y peines de nicrohem (escama) en sus cabellos.

Son las hijas y las hermanas, las mujeres y las madres del gran jefe, del jefe con pájaro.

Yo soy el hijo del gran jefe, soy rey desde mi nacimiento y en mi cabaña la mano de poderes está cargada de caracoles.

¿Quieres venir a mi cabaña, oh hija del cementerio?

Pero Tei movió suavemente la cabeza y desapareció al fondo del bosque fúnebre.

Y su voz cantaba en la noche el refrán que amaba.

Dormid, ¡oh padres! Dormid mucho tiempo, el sueño es bueno. Dormid siempre, la nada es mejor.

*

 La muerte

Oh ven, me dice una voz suave
Más que el murmullo del bosque
O que el manantial sobre el musgo
Y que la más suave de las voces

Oh ven, dice una mirada en la sombra
Parecida al Sena en la noche
Cuando siguiendo su borde oscuro
Van los pensamientos bajo el cielo negro

Ven, sé calmar las penas
Ven, te mostraré el puerto
Sólo yo sé liberar
Ven sin miedo, soy la muerte

Oh muerte, en época de hecatombes
Yo te desafiaba a menudo
Siempre, es verdad, amé las tumbas
Que duermen como palomas
Bajo el firmamento azuloso

Te veo de nuevo sonriente, bella
Como te vi en los combates
No existe para mi frente de rebelde
Un abrazo más suave que el tuyo

Mirando la vida irse a lo lejos
Me dormiré suavemente
Escucharé el mar rabioso
Mezclarse con las canciones del viento

Y bajo las alas de los ciclones
Sabiendo que no habrá más despertar
Que apilen los días monótonos
El horizonte se teñirá de rojo

Esperanza recuerdos promesas
Todo volvería en un instante
Mezclando el tiempo de mi infancia
Con el instante que se va borrando

Volvería a ver las rosas rojas
Que florecían al fondo del cercado
Ahora en brotes por mil
Estarían sobre las tumbas

Entre los bosques y la montaña
Las altas torres del viejo castillo
Oleadas de trigo en el campo
Doblegados por el viento de la ladera

La lucha por la liberación
Al ruido de pesados cañones que truenan
Y el horizonte abriéndose, inmenso

 Este texto fue escrito en Ivry-sur-Seine en agosto de 2013

[1] Una versión cinematográfica muy original fue realizada por Peter Watkins, La Commune, 2000.

[2] P. Lissagaray, Histoire de la Commune de 1871, 1876.

[3] Edith Thomas ha retratado en su libro Les pétroleuses (1971) el medio en el que se movían estas mujeres y más ampliamente su rol durante la Comuna. Es sintomático y penoso que sus obras, llenas de inteligencia, no volvieron a ser editadas.

[4] Una orden de 1799, que emanaba de la Policía, prohibía expresamente el uso del pantalón, reservado socialmente desde hacía mucho tiempo a los hombres. El pantalón entre las mujeres sólo se banalizó en los años 1970. La orden de la Policía fue abrogada en el año 2013.

[5] Théophile Gautier, Tableaux du siège, 1872.

[6] Alexandre Dumas, Une lettre sur les choses du jour, p. 16.

[7] Ver el libro de Paul Lidsky, Les écrivains contre la Commune, La Découverte, 2010.

[8] Desde niña tuvo gran empatía con los animales, impotentes frente a la crueldad a la que los someten los humanos; se cuenta que domesticaba incluso a los ratones de las celdas por las que pasó.

[9] Todas las traducciones son de OL González.

[10] La publicación original tiene fecha de 1894. Varios de estos poemas fueron publicados de nuevo por Daniel Armogathe en 1982.

[11] Daniel Armogathe (compilador), A travers la vie et la mort, de Louise Michel, Ed La Découverte, 2001 (1ª edición: 1982).

[12] Existen al menos dos versiones diferentes de estos relatos: la que fue publicada en 1875 en la revista Petites Affiches de la Nouvelle Calédonie, y la que fue publicada en forma de libro en 1885, en París. En esta traducción nos basamos en el texto de 1875, más libre y espontáneo y publicado durante la estancia de la autora en Nueva Caledonia.

[13] Los primeros tres párrafos fueron escritos antes de 1870. Es posible que el último haya sido agregado posteriormente. Este poema está incluido en su libro de 1894.

[14] Louise Michel incluye este poema en su libro de 1894

[15] Este poema está incluido en su libro de 1894.

[16] Esta prosa poética fue publicada en 1875.

[17] En Nueva Caledonia, la vida del clan se rige por la cultura del ignam. El tiempo social corre paralelo al tiempo del tubérculo, que decide las fechas de los grandes acontecimientos: consagración del jefe, nacimientos, matrimonio, duelo… Ver Le cycle de l’igname en Nouvelle Calédonie.

[18] El término “pilou” encierra varias danzas y estados de trance originales de la isla. En la época de Louise Michel posiblemente el pilou no tenía tan mala reputación como en los años siguientes, en que fue prohibido por la administración colonial.

[19] La Commune, histoire et souvenirs, Londres, 1898.

[20] Satory, en Versalles, es el campo militar donde fueron encarcelados y ejecutados cientos o miles de comuneros. Louise Michel estuvo presa allí.

[21] “Duerme para siempre, llevando al morir/ Nuestra última sonrisa; y mi corazón bajo su piedra/ Se siente enterrado en vida”, escribió Louise Michel a la muerte de Marie Ferré. Yacen juntas en el cementerio de Levallois.

[22] Edición de 1875.

[23] Inédito, fue publicado por primera vez en 1982 por Daniel Armogathe en A travers la vie et la mort.

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