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Billet de blog 16 septembre 2013

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Chile /No me arrepiento de nada o la denuncia de la tesis del empate

Por Enrique Ceppi Primera Piedra 535 Análisis Semanaldel 16 de septiembre de 2013Después de 40 años del Golpe de Estado la primera reflexión que viene a mi mente es de reconocimiento a todas y todos los compañeros que creyeron, al igual que yo, en la posibilidad de cambiar el mundo de la explotación capitalista por un mundo de solidaridad socialista.

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Por Enrique Ceppi

Primera Piedra 535 Análisis Semanal

del 16 de septiembre de 2013

Después de 40 años del Golpe de Estado la primera reflexión que viene a mi mente es de reconocimiento a todas y todos los compañeros que creyeron, al igual que yo, en la posibilidad de cambiar el mundo de la explotación capitalista por un mundo de solidaridad socialista. Hoy, después de 40 años desde el bombardeo de La Moneda, el mejor homenaje a las víctimas de la dictadura cívico-militar se encuentra en los sueños de justicia que rebrotan en los prados de la juventud y de las movilizaciones ciudadanas a través de todo Chile.

Los arboles no deben ocultarnos el bosque. A pesar de las luces y sombras del presente – entre los arrepentimientos y los perdones intercambiados por los que ocupan las primeras páginas de los medios de comunicación – surge el sentimiento de repulsa al discurso oficial que pretende imponer la tesis del empate. Crece el rechazo a una lectura de la historia consensuada entre los conservadores de izquierda y de derecha.

El discurso oficial trata de imponer la idea de las culpas y errores compartidos, pero las imágenes rescatadas del olvido y el recuerdo de los hechos históricos muestran otra cosa, queda desnuda la espesa maraña de la conspiración y de la traición que se empezó a tejer en Chile en el mismo momento en que se abría el camino de los sueños de justicia social de la mano de la Unidad Popular y de Salvador Allende.

Vivimos estas semanas una profusión de conmemoraciones. En la derecha insisten en justificar el “gobierno militar”, aunque poco a poco se desgrana la conciencia de los cómplices pasivos. Aparece el mea culpa de los que se acusan de haber sido cómplices, por acción u omisión, en la violación sistemática de los derechos humanos. Mientras en el campo de la izquierda conservadora bajan las últimas banderas y se declaran culpables de haber contribuido a crear las condiciones para que se justificara el Golpe de Estado.

Los sueños y las esperanzas de los chilenos destruidos el 11 de septiembre de 1973 nunca tendrán una lectura única. La tragedia y el dolor de un pueblo tienen tantas caras como los millones de personas que sufrieron la dictadura derechista.

No cabe duda que el proceso de reformas de la Unidad Popular hubo errores, equivocaciones. Pero, ¿Es posible arrepentirse de haber luchado por el fin de los latifundios y la servidumbre campesina? ¿Nos tenemos que arrepentir de la nacionalización del cobre? ¿Cometimos un error respetando los resultados electorales? ¿Debemos pedir perdón por haber defendido la Constitución? El tímido reconocimiento de algunos personeros de la derecha de sus responsabilidades en la trama del golpe cívico militar y en el terrorismo de Estado es a cambio de que la izquierda renuncie a su historia de lucha. Así es como hoy vemos levantarse nuevamente, en versiones renovadas, la tesis del “Caballo de Troya” sostenida por el Partido Comunista o el discurso del Documento de Marzo” de 1974 de un sector del Partido Socialista [pro PC dentro del P.S.Ch, conformado por el sector llamado "elenos" por haber sido conformado por militantes del  ELN y de la "Organa" unificados, al cual adherio mas tarde, por ejemplo, Michelle Bachelet], ambos coincidentes en responsabilizar a la “extrema izquierda” por haber creado las condiciones para el derrocamiento del gobierno constitucional de Salvador Allende.

Es lamentable escuchar hoy a los que se arrepienten de haber luchado por el Programa de la Unidad Popular y piden perdón por haber asustado a las empresas transnacionales, al gobierno de Estados Unidos y a la oligarquía local. Culpabilizar a los campesinos que se tomaron los fundos o a los obreros que se tomaron las fábricas es lo mismo que renunciar al programa de transición al socialismo que encabezaba Salvador Allende.

Responsabilizar a la “extrema izquierda” es comprarse el “Plan Zeta”, el “ejército de 20.000 cubanos” y otras fabulaciones de la derecha para justificar la barbarie golpista.  Los jóvenes que en los años 60 y 70 estuvimos en las tomas de terreno de los sin casa, en la lucha por la reforma universitaria, desenmascarando la “chilenización del cobre”, denunciando la masacre de pobladores en Puerto Montt, formando sindicatos campesinos, solidarizando con la Revolución Cubana y con el pueblo de Vietnam, denunciando la invasión soviética de Checoeslovaquia, discutiendo y difundiendo el Programa de la Unidad Popular y que nos jugamos por llevar adelante dicho programa, no podemos arrepentirnos de nada. Los 1000 días del gobierno de Salvador Allende quedaran en la historia como un sueño que caminaba con los pies en la tierra y que fue truncado a sangre y fuego por una conspiración cívico-militar financiada por el gobierno de EE.UU.

Desde el primer día del triunfo popular en 1970 la derecha comenzó a elaborar las condiciones para detener – por la fuerza si fuera necesario – el avance de los cambios estructurales en Chile. Una parte de ese discurso es dividir a la izquierda entre extremistas y responsables. La mejor respuesta la dio Salvador Allende cuando no dudó en tomar un fusil en sus manos para defender La Moneda, la sede del gobierno constitucional de Chile.

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