"Todos los dias de mayo": Edouard Glissant sobre la esclavitud

Institut du Tout-Monde

Édouard Glissant

Todos los días de mayo…

Manifiesto por la abolición de todas las esclavitudes

-Nueva edición-

Todos los días de mayo son posibles; actuaremos para extender esas redes de conocimiento y de libertad, y liberar los imaginarios y saben ustedes mujeres y hombres de memoria compartida, difractada, el mundo estará, de manera brillante, en nosotros y con nosotros.” Edouard Glissant

En mayo de 2008, Edouard Glissant publicaba el primer manifiesto Todos los días de mayo, en el marco de la celebración de la abolición de la esclavitud. Especificaba entonces en la introducción de su texto: “Esta conmemoración nómada y difractada prepara para otras, permanentes y compartidas, así como las publicaciones que se refieran a ella.” Desde 2008, el Institut du Tout-Monde conmemora todos los años las memorias de las esclavitudes de las Américas y del Océano índico así como sus aboliciones, a través de las lecturas y otras manifestaciones culturales, a fin de que esa conmemoración se disperse en el tiempo. Haciéndose eco del Monumento conmemorativo de la esclavitud inaugurado en el 2012 por la ciudad de Nantes, el Institut du Tout-Monde decide prolongar el llamado de Glissant, reeditando el texto y publicándolo en las páginas web de los sitios del Institut du Tout-Monde y en “Edouard Glissant, un pensamiento archipiélago". Que cada uno se apropie de él en el extenso impulso de una concentración de las memorias.

Las memorias del hambre

“NUEVOS IMAGINARIOS…”

El escándalo del hambre en el mundo y de la irresponsabilidad mostrada por los que son la causa directa de éste, los productores mundiales y sus sistemas despiadados de rentabilidad, nos pone frente a frente con la doble dificultad que representa concentrar las opiniones dispersas en el espacio internacional, y las memorias de los pueblos, que se disipan rápidamente en las exasperaciones de la actualidad. Lo que se llamó los disturbios del hambre, en los países más pobres del mundo, disturbios iniciados por los brutales aumentos de los productos básicos de consumo, en particular el arroz, y de los cuales una de las explicaciones más escandalosas, expuesta por esos mismos productores, fue que “el mercado señala de esa manera que la producción agrícola es insuficiente”, explicación ultrajante e indigna de la humanidad hasta más baja; debemos reconocer que sólo algunos días luego de su explosión, el eco de esos disturbios ya se está disipando en los otros torrentes de lo que incansablemente corre en el mundo, y que en lo sucesivo esos disturbios sólo son comentados en los países que no tuvieron que padecer (todavía) semejantes hambrunas.

No recurrimos más a teorías o ideologías en lo que concierne la reunión de las opiniones dispersas en el mundo; su acumulación lleva poco a poco a redes multiplicadas de conocimiento que nos acostumbraremos poco a poco a consultar y de las cuales nos adueñaremos. En cuanto a las memorias de los pueblos, que también se disipan, hoy en día sabemos que la manera principal de preservarlas es unirlas. Mientras escuchemos solos en nuestro lugar las desgracias del mundo o sus alegrías, o gritemos solos nuestras desgracias y nuestras alegrías, acortaremos nuestras memorias y desconoceremos las de los otros.

Nuestra manifestación más neutra empezaría con un recuerdo de esas epidemias de hambre del mundo, y las conmemoraciones que celebraremos durante el mes de mayo de 2008, acerca de las esclavitudes que golpearon a África y a los países de la diáspora africana, sólo tendrán sentido si reconocemos las proposiciones siguientes: cada uno las presiente, pero nunca nos ponemos todos de acuerdo.

Las catástrofes del mundo son tanto más exterminadoras en cuanto que son aisladas, desconocidas, no duraderas en la memoria de los pueblos.

Las memorias vivas de las colectividades humanas, que a menudo se oponen, se intensificarían al acercarse, en el campo fragmentado del mundo entero.

Es lo que ocurre con las memorias de las esclavitudes, cuando son reavivadas por los descendientes de los esclavos. No sólo reavivar y preservar lo que fue oculto u oscurecido en esas historias, sino también preparar lo que reunirá y defenderá las humanidades, en esas mismas Plantaciones renovadas.

Conmemorar la abolición de esas esclavitudes: dar a conocer al mundo, las servidumbres modernas, las opresiones clandestinas o espectaculares.

Conmemorar la abolición de esas esclavitudes: Contribuir a las utopías de los pueblos del mundo, de pueblos en el mundo, que ya proponen un nuevo concepto de este mundo, en el cual vemos que las colonizaciones, las esclavitudes, las hambrunas, las inmigraciones tienen las mismas causas, que no se deben a una mecanicidad económica sino a una ferocidad de explotación inigualable.

Conmemorar la abolición de esas esclavitudes: constatar que Europa organiza la explotación de los países africanos (agricultura, pesca, productos naturales) y la represión sin demora ni piedad de las inmigraciones que resultan de ello.

Es lo que nosotros, (no me refiero a un nosotros comunitario), proclamaremos durante todo este mes de mayo, y durante toda esta jornada del 10 de mayo.

Todos los días de mayo.

“TODOS LO DÍAS DE MAYO SON POSIBLES, YA QUE EN MAYO DE 1848 LOS ESCLAVOS SUBLEVADOS DE LAS ANTILLAS IMPUSIERON LA DECLARACIÓN PÚBLICA DE LOS DECRETOS DE ABOLICIÓN..."

Los debates que se han vuelto públicos y terriblemente contradictorios sobre la Historia y la memoria, sobre las historias y las memorias, (¿Concebimos un deber de memoria, podemos reinterpretar no los hechos sino las teorías de la Historia, podemos decir de ellas lo que el poeta Jules Monnerot afirmaba sobre la sociología: “los hechos históricos no son cosas”?), y las conclusiones cambiantes de esos debates, tienden a sugerir que en realidad, es decir a diario, nadie esperaría el apoyo de una “memoria de la Historia” para vivir o sobrevivir, y que en el caso en que esa memoria hubiese amenazado con reavivar obsesiones o penas o remordimientos, el individuo o la colectividad que los hubiese padecido podría con todo derecho oscurecerla o borrarla por ser molesta o paralizante. En el lenguaje de las comedias, “el pan de cada día de los pueblos no parece ser hecho con el germen de las conciencias memorantes”, sobre todo cuando esas conciencias examinan ofensas que hemos cometido a nuestro alrededor: el olvido “objetiva” en una dichosa paz los eventos que se habían vuelto molestos para nosotros. Somos nosotros el relevo de una sociedad segura de su derecho y de su fuerza.

Ninguna colectividad, digamos ninguna comunidad, de ese tipo, esperaría una iluminación nacida de su propia historia para perdurar, sino sólo una especie de fuerza indistinta, hasta podríamos decir oscura, que hubiese resultado de esa iluminación o estaría relacionada con ella: esa colectividad sabría en todo caso elegir instintivamente de su pasado inmediato o lejano lo que le conviene y contribuye a su gloria o por lo menos a su bienestar, ignorando deliberadamente o inconcientemente lo que podría haber sido para ella una molestia o haber acarreado penas o provocado remordimientos. Esa misma colectividad se declara a sí misma, el único testigo real que cuenta, la única jueza de sus actos, y afirma que no se vive de penas o remordimientos, lo que es cierto. El olvido tendrá para ella una función a la vez de memoria objetivada y de ideología, fuera de toda consideración de derecho: “con razón o sin ella, mi país.” Las comunidades forzadas no tienen esas libertades.  

Historia y memoria.

“LAS NOCHES SON TAN ARDIENTES COMO LOS DÍAS.”

Pero hoy en día no se elije más en la historia como en un canasto de provisiones, al volver del mercado. No se seleccionan más las mejores frutas y verduras, declarando que hacen ellas solas el sabor (la legitimidad) o la “verdad” de lo que fue la historia para tantas potencias grandes o medianas o chicas, o de lo que ella es aquí y ahora. Los testigos se multiplican en el mundo donde se encuentran cada vez menos tierras desconocidas sobre el mapa de esas verdades, que de ahora en más se disciernen de todas partes. Claro es que no se eleva una opinión pública mundial sino una infinidad de reacciones violentas y fugaces, difícilmente gobernables.

Algunos pocos historiadores bastante irritados tratan de remediar eso pretendiendo decidir según una historia objetiva, neutra, que quisiera ser científica con normas intocables, y que escaparía en la concepción que uno tendría de ella, a las debilidades de las parcialidades, a las carencias insensatas provocadas por los sentimientos individuales y colectivos cuando no son satisfechos y se vuelven resentimiento. Esos mismos historiadores tratan de escapar del mundo cuya multiplicidad los enloquece; reconocen (es su manera de tranquilizarse en cuanto a la perennidad de la acción humana y en lo que concierne las orientaciones o las acciones de un grupo dominante) que ésa es una verdad elemental del movimiento de la historia por el hecho de que sería inconcebible volver al tema. Pero insistir sobre eso, es estar en la historia, continuarla. El mundo insiste siempre sobre ese asunto, no se repite, se multiplica. Tanto el historiador como su contradictor entran en la historia por las mismas puertas y hacen, la historia contradictoriamente.

Sobre una huella de ese tipo, esas colectividades reinantes, digamos esas colectividades determinantes, cuando reflexionan sobre su acción, se percibirían según los historiadores “cosistas”, objetivamente en la gran historia; para vivir, sobrevivir y realizarse, no se preocuparían ni de sostener una relación con otra colectividad, relación que estimarían de todas formas insegura y que siempre habría que estabilizar, ni de aceptar o asumir las relaciones de equidad necesarias entre colectividades o comunidades, ni de ejercer una incansable resolución de equilibrar esas relaciones. Para nuestros dirigentes eso sería: subjetivismo, intentos de pervertir el movimiento histórico, sectarismo nulo. 

Con respecto a los pueblos dominados, que lo fueron, que se acuerdan de ello, o que todavía sufren los estigmas, su primera y comprensible reacción, en las luchas de liberación que llevan (y siempre bajo la desaprobación de nuestros puristas), se resume a menudo en el rechazo de todo tipo de relación que sólo podría, según esos pueblos, transbordar enajenaciones nuevas y disfrazadas. De ahí surge la moda de los manipuladores de la memoria enferma de los pueblos, que callan, que desnaturalizan las historias tanto como lo hacen los historiadores truncadores. Se trataría de esa manera, y de hecho se trató para numerosas colectividades, hegemónicas o constantes (ya que usted no acepta más el término comunidad), de afirmar o de soñar su potencia como Estado, su unicidad como identidad distinta y suficiente, y su integridad total equivalente a integridad como nación.

Todo esto era perfectamente concebible y evidente en la época en que esas antiguas comunidades reales, dominantes o dominadas, pueblos europeos, pueblos de los países orientales, pueblos de las futuras Américas, intentaban cada una por su lado o unas contra otras, obtener un territorio (y a menudo un imperio) en las tierras y los mares, asegurarse con fronteras seguras, anticipar y evitar los asaltos de los otros grupos humanos, conservar de generación en generación el conocimiento y los poderes técnicos que habían acumulado, con los cuales se ilustraban y se protegían: y por fin agrandar o reforzar en el mundo el área de ese territorio, los medios de esa seguridad, y la ventaja proporcionada por esos conocimientos.

La lucha incesante para constituirse o extenderse o defenderse, durante miles de años reforzó en los grupos humanos un sentimiento de pertenencia exclusiva sentimiento que en cambio alimentaba el fuego de esa lucha. El más allá, cercano o lejano, lo que es el mundo, era considerado por los pueblos en expansión como un espacio desconocido para conquistar y conservar, sin tener en cuenta a los que ya se encontraban allí y que no tenían en mente ni las ventajas técnicas ni el deseo de viajar que permiten en efecto buscar más allá un suplemento de existencia.

La generalización intensa de esas disposiciones se volvió tensión y dilatación sistemáticas; a partir del siglo XIV, los países europeos impulsados por esa ventaja técnica y por las necesidades de la pobreza así como por las exigencias de la propagación de su fe, llevaron con encarnizamiento la acción colonial (precedida por una carrera a la exploración y al descubrimiento igualmente encarnizada en todas las direcciones posibles), acción que transformó en gran parte la estructura del mundo aunque no era su finalidad.

Esta acción colonial le esbozó una unidad o una nueva idea de su totalidad que favoreció las solidaridades entre los pueblos (las reacciones violentas y fugaces de esos pueblos, no gobernables como reacciones, tendían sin embargo a picos de escuchas distendidas y de llamados) pero que también facilitaron la obra de los imperios, en la continuación de su dominación económica y militar global, y en la exasperación de sus poderes de hipnosis cultural. Y al mismo tiempo, le reveló a ese mundo que para nosotros es de ahora en más el Todo-Mundo, su multiplicidad que tal vez dispersa y divide pero a la vez protege contra los manejos de esos imperios en cuestión. Los pequeños países multiplican los escondites de arena y picantes. Las colonizaciones contradicen la colonización. Así es lo inextricable de nuestro mundo.

Colonizaciones e inmigraciones.

“TODOS LOS DÍAS DE TODOS LOS AÑOS SON POSIBLES, YA QUE TODAVÍA EXISTEN TANTOS CENTROS DE ESCLAVITUDES CONOCIDOS O CLANDESTINOS…”

El carácter masivo, total, integral de esas colonizaciones provocó el hecho de que más allá de los modos infinitos de sus diversas acciones, ellas constituyeron uno de los elementos más importantes en las comparsas del mundo moderno y que por ejemplo tuvieron un papel importante, en cuanto a territorios estratégicos y masas militarizadas, en los conflictos generalizados que opusieron a las más grandes potencias colonizadoras a partir de mediados del siglo XIX. Paradójicamente, la importancia del fenómeno contribuyó a su indeterminación. Las colonizaciones son confusas en los bordes, y en la exasperación del mundo actual no se sabe más lo que sobreentienden, excepto la opresión salvaje. Las noches son tan ardientes como los días.

De manera más continua, esas colonizaciones generaron formas apropiadas de teorías racistas, (“Acerca de la inigualdad de las razas”, por ejemplo, que quería decir en realidad, “acerca de la inferioridad de la raza negra respecto a la raza blanca”) que permitían justificarlas (es decir olvidar al instante las molestas emanaciones perniciosas) ya desde el siglo XV: y dos de las instituciones del mercado colonial dieron origen a regímenes permanentes: las esclavitudes de las Américas y del Océano Índico (a partir del siglo XVI) y el apartheid de Sudáfrica (a partir del siglo XIX e institucionalizado en el siglo XX), sin mencionar esa otra permanencia, sistemática ella también como totalmente caótica: los conjuntos de los genocidios, de las hambrunas y las pandemias, y de los desplazamientos de poblaciones que devastaron el continente africano desde que la trata de negros socavó fallas en él.

Las colonizaciones tuvieron la particularidad de no ser “conocidas” generalmente por los pueblos que las emprendieron ya que lo hicieron a través de expediciones armadas o de emigraciones de colonos aisladas a menudo de su tierra de origen. Esos pueblos reconocían sus acciones en el mundo, pero desconocían sus modalidades. El pueblo del Reino Unido conoce la colonia de Nigeria, su emancipación y el Estado de Nigeria pero a lo mejor no conoce Nigeria ni a los Nigerianos.  A la vuelta del siglo XX, las Exposiciones universales pudieron presentar en Europa, para la gran admiración del público, la mayoría de los pueblos de África y Oceanía vestidos con sus atuendos primitivos que la obra colonizadora intentaba civilizar. Resabios ocultos de racismo nacieron de ello. Ni la esclavitud atlántica, ni la esclavitud transahariana, ni el Apartheid moderno eran realmente percibidos o pensados por los pueblos de Europa, en el momento en que los que los padecían empezaban a combatirlos. Había sido fácil hacer creer a los franceses que la expedición militar enviada por Bonaparte a Santo-Domingo a fin de restablecer allí la esclavitud, había tenido como objetivo reducir bandidos (es decir, sugerir que en realidad la esclavitud era un mal necesario); o que Francia luchaba en Indochina contra el crecimiento del comunismo internacional; o que Bélgica poseía con razón y evangelizaba un país muchas veces más grande que ella, en algún lugar pero que, no se sabía dónde. Y Alemania no se dio cuenta de que sus armadas habían inventado los primeros campos de concentración desde el principio del siglo XX, en el pueblo Herero y en las naciones de África del Este que se había reservado. Las colonizaciones no son nunca una introducción al conocimiento, a menos que hayan fracasado, es decir que la memoria fue garantizada por una nueva nación.

El gusto colonizador halaga las vanidades nacionales, la “objetivación” se realiza a fondo y el olvido se refuerza fácilmente. Es más simple y gratificante suponer que por ejemplo Francia, en Guadalupe o Martinica, países sin posibilidades reales de oposición armada o de ruptura definitiva (a pesar de algunas rebeliones históricas incesantes y mal olvidadas) crea generosamente tantos “pequeños franceses”. Esa forma de asimilación, cualquiera sea el apego que la mayoría de nosotros siente por Francia y su cultura, es vivida aquí como un sufrimiento sordo y allá como una generosidad brillante. Es infinitamente triste escuchar a hombres y mujeres de la élite francesa, política (de izquierda o derecha), administrativa o cultural, deleitarse ingenuamente con la condición de Francés leal de las Antillas. Entonces, ellos nos parecen poco dignos de una gran reflexión del mundo. De ambos lados de la fractura colonial, las memorias sólo podían ser opuestas, por lo menos contradictorias. ¿La resolución de semejantes contradicciones debe ser dejada a la erosión del tiempo? ¿El olvido por enajenación, ignorancia o jactancia, no es portador de feroces rastros no resueltos? De ahí surgen esos debates irreductibles sobre la Historia y la memoria.

Memorias desplegadas, Historia cosificada.         

“EL TEATRO DEL MUNDO NO ES UN BUEN VENIR SINO UN RESPLANDOR SIN TREGUA.”

Una de las transformaciones principales de nuestras formas de ser (de nuestras modernidades) radica en el hecho de que hoy en día nuestras memorias, individuales o colectivas, son resplandecientes, brillan y se enlazan en el escenario del mundo (y que llamamos por esa razón el Todo-Mundo), que ellas no se agregan más, y nunca más a un modo lento y progresivo alrededor de un solo tema que sería el de nación, del cercano y del muy conocido: ya no nos acordamos de la historia ni de las maneras de nuestra única colectividad (la cual, y por esa razón, podemos llamar nuestra comunidad sin temer a encierros ni exponernos a un reproche).

Nuestras memorias son multilingües, conocen todos los océanos y todos los istmos, vagan de una ciudad a otra, nombran en todas las lenguas (ya nadie se atreve a rechazar un nombre con el pretexto de que no es cristiano en el registro civil que sea), se comparten más allá de las fronteras, nuestras familias vagan de unos archipiélagos a unos continentes cuando poseen los medios suficientes, los padres vienen de Letonia y de Marruecos, los hijos nacieron en Port of Spain y en Sidney, realizaron sus estudios en California y en Rio, todo el mundo se encuentra en Quebec, hacemos todos lo mismo, sin embargo nos encontramos inmóviles y contenidos en nuestras presencias como los pueblos sin recursos. Nuestras memorias inventan otros lugares. Ésa es la revolución incesante que nos lleva, más activa que los cambios radicales de las tecnologías o las grandes rompientes de las sensibilidades globalizadas.

Las inmigraciones que remplazaron la ola irresistible de las colonizaciones, completan el trabajo de transmigración empezado por aquellas. Pero las inmigraciones reprimidas deshacen a nuestros ojos la legitimidad de los muros fronterizos que uno eleva contra ellas. Las colonizaciones aislaban, las inmigraciones abren. Nuestras memorias reaccionan a una unidad difícil del mundo, entrevista (pero diferida) en cuanto los exploradores y colonizadores empezaron a darse cuenta de todas las geografías de nuestras diferentes culturas, y esas memorias en cuestión ya saben que esa unidad deberá conservarse también en una multiplicidad inagotable, agotadora para concebir, planeada desde el origen del universo y desde la aparición de las humanidades. Todos los que planean o intentan “objetivar” la Historia, o más bien las historias concurrentes de los pueblos, en la preocupación de no tener que reconocer responsabilidades colectivas, de no tener que consentir arrepentimientos que por otra parte nadie les reclama (son los únicos que tienen miedo) o de no tener que considerar políticas modificadas por puntos de vista generosamente mundializados sobre esos problemas (por ejemplo, primero: los países ricos que reciben las olas de los inmigrantes desesperados necesitarán de nuevo la ayuda de esos países pobres de donde hoy en día esos inmigrantes huyen, puesto que ya no será suficiente ni posible para esos países ricos, explotar en general esos países pobres, aislándolos como en el presente y el pasado colonialistas; segundo: las políticas a la vez interesadas y generosas –por ejemplo un estatuto excepcional y colectivo, y no ese “caso por caso” tan apreciado por los ejecutadotes de las obras despreciables de expulsión; estatuto que sería oficialmente concedido a los inmigrantes, y además, una ayuda global y sistematizada para los países que son oprimidos y despojados de sus riquezas desde hace siglos– sólo podrían ser útiles para un futuro equilibrio del mundo), todos ellos se niegan a reconocer el prodigioso resplandor de las memorias, sus encuentros vertiginosos en este mundo, su función de aclaración y de mezcla: contra los rechazos, las asperezas, la vuelta de los odios colectivos y por fin contra los nacionalismos tercos o revanchistas, las pretensiones de hegemonía, los simples deseos de revancha, las aspiraciones ideológicas a un racismo latente debajo de los esplendores de Occidente. Sin embargo, siguen ocupando las antiguas colonias emancipadas o no, donde gozan de las ventajas adquiridas: será necesario que acepten compartir las memorias de esos lugares.

Esa diáspora y ese estrellado de nuestras memorias nos son a todos necesarios de igual manera: en sus encuentros masivos encontraremos en nosotros las primeras razones de un verdadero nuevo comienzo del mundo.

Es a menudo en los lugares aislados, donde las exultaciones de este mundo no llegan, que las memorias quedan arraigadas a sus parcialidades. ¡En el interior del Sur de los Estados Unidos, los patéticos intentos de reconstitución del ambiente esclavista de las Plantaciones, y de reproducción de los fastos de la confederación, desde los vestidos con miriñaques hasta los uniformes del universo antebellum (de antes de la guerra de Secesión) están acompañados por el despliegue y el desfile de las banderas sudistas y por carteles que proclaman que la Naacp, la asociación de ayuda mutua de los negros, es un acto de odio! Los african americans desfilan contra el regreso de la represión racista, gritando: Herencia sí, odio no. Eso fue en abril de 2008 en la televisión, y ya no sé si es de ayer o si es una repetición de un noticiario de antaño.   

Sin embargo, las luchas por los derechos cívicos ya tuvieron lugar, el paro de autobuses, las marchas en las ciudades del sur y las grandes concentraciones en las ciudades del norte, Martin Luther King, el Black Power, Malcolm X, Mohammed Ali, favorecieron a todos. Pero la esclavitud es un cuerpo sin forma que no terminó de cavar sus fosas, y ocurre lo mismo con el mundo, en todos los perímetros cerrados. Agujeros negros en nuestros espacios. Miles de islotes de memorias desoladas.

También, una decena de Estados de la Unión, principalmente en el Sur, y el Estado de New Jersey en el Norte, después de varios años de debates sin piedad, han votado su “arrepentimiento sincero” y se han disculpado (Apologizes) por haber perpetrado la trata de negros y la esclavitud, y la mayoría de los legisladores que tomaron esa decisión, entre ellos unos Republicanos conservadores, piensan que entonces: “podemos iniciar ahora el verdadero proceso de reconciliación.” ¿Entonces, una población como la del sur de los Estados Unidos no tiene el derecho de celebrar una guerra que llevó a cabo así como a los héroes que se sacrificaron por ella, aunque sea una guerra perdida y aunque el motivo de esa guerra haya sido indignamente la defensa de un sistema insostenible de esclavitud y de racismo? Creo que una celebración semejante hubiese sido tanto más emancipada cuanto que se hubiese librado del pretexto original de esa guerra (la esclavitud), liberación con la que todos habrían estado de acuerdo. ¿Las humanidades tendrán la fuerza de abandonar la apariencia del derecho de las causas para tomar en consideración ante todo el derecho del mundo (que todos formamos) y multiplicar su unidad?

Eso es lo que el narrador sudista William Faulkner se propuso contar (él ve la condenación eterna que representa la esclavitud para el Sur), sin decirlo (él es solidario de su casta y sabe que la verdad que busca no podría reducirse a aspectos elementales de expresión o de demostración), a pesar de decirlo (las literaturas son para él, el objeto más elevado del mundo: el mundo es el objeto más elevado de la literatura). Los Propietarios de las plantaciones rechazan a Faulkner, por lo menos sus escritos, los negros no lo aceptan todavía. El compartir la “verdad” aunque incierta en sus formulaciones y hasta todavía desprestigiada por algunos, contribuía sin embargo a la concentración de las memorias. Los que padecieron esos tormentos deben abrirles los ojos a los atormentadores.

He aquí la necesidad de llevar a la conciencia colectiva los eventos cuya misma naturaleza (son innominados, los esconden, los disfrazan) los había llevado poco a poco a ser borrados de la memoria nacional o de la memoria enferma de los pueblos dominados. Además en los Estados Unidos, en el Caribe, en América Central, en Brasil, en África, en Londres, en Alemania y en toda Francia (Bordeaux, Nantes, la Rochelle, Villeurbanne, Paris…) los museos, los centros de memoria y de archivos, los festivales, las instituciones de enseñanza y educativas, los monumentos se multiplican en lo que concierne la esclavitud transatlántica y del archipiélago Indio. ¿Esas obras son más compasivas que los monumentos a los muertos o que los centros de documentación de las ciudades y de los pueblos de Europa?

En los países del Sur uno encuentra ensenadas de bosque u orillas de mar que se llaman Fonds massacre (Fondos masacre) o la Rivière Rouge (el Río Rojo) o Malendure (Soporta lo malo) y uno sabe lo que eso significa. Los monumentos testigos de nuestras memorias son erigidos primero por la Naturaleza que se precipita: irrupción o erupción o embate, o inmenso pequeño arroyuelo, esa Naturaleza sólo conoce sus propios arrebatos salvajes. Del mismo modo, escribiremos poemas para esas especies sagradas de la supervivencia de las humanidades, que las mundializaciones matan poco a poco, el arroz, la soja, el mijo, el trigo, el sorgo, el maíz, y las raíces, la mandioca y la inmensa cantidad de frutas y de pastizales que desaparecen al mismo tiempo que las abejas, las avispas, los abejorros carpinteros eliminados por los pesticidas.   

Guerras nacionales, guerras de esclavitud.

“LOS QUE PADECIERON ESOS TORMENTOS LES ABREN LOS OJOS A LOS ANTIGUOS ATORMENTADORES.”

En todos los casos (guerras entre naciones o guerras esclavistas), no se trataba de la misma manera de acordarse y de olvidar: de acordarse para olvidar.

Nadie intentó realmente ocultar a la conciencia pública el incendio del Palatinado por los dragones de Luis XIV, las exacciones de las armadas de Napoleón Bonaparte en España, el suplicio de Juana de Arco quemada viva por los ingleses, las atrocidades de la primera Guerra Mundial. Lo mismo ocurrió en todos los otros lugares, en los espacios y los tiempos, cada vez que las colectividades naciones se peleaban para obtener el mundo. El tema es que la historia de esos pueblos procedió por sucesiones de conflictos y de dominaciones que parecían suficientemente legítimas para no ser ocultadas, que no dejaban aparecer ningún deseo y ninguna posibilidad de justicia o de paz, o de simple convención, hasta que sin embargo éstas intervinieran.

El conocimiento de cualquier guerra entre naciones (es decir, el hecho de que no se haya borrado de las memorias) es una de las condiciones del fortalecimiento de la paz que seguirá, justa o injusta. El conocimiento, el recuerdo y la celebración de tales eventos, derrotas o victorias, no confirman los odios, por más tiempo que éstos hayan durado. Vimos a ex combatientes alemanes tener un acto de recogimiento sobre la tumba del soldado desconocido francés que además no es considerada como el símbolo de una historia llamada compasiva. Vimos a dirigentes de antiguos países beligerantes darse la mano como signo de paz, delante de monumentos que recordaban realmente y reavivaban el recuerdo de sus conflictos. El olvido es entonces una participación activa al equilibrio de las memorias primero opuestas y luego dilucidadas: “reconciliadas”. Olvidamos juntos porque recordamos juntos. Ése es, al parecer, el testimonio de una igualdad que es evidente. El olvido compartido es el signo de la reunión de todas esas memorias privilegiadas, reavivadas, y puestas en común.

No ocurre lo mismo cuando unas acciones colectivas llevaron a situaciones (de servidumbre o de esclavitud) cuyo sentido no se entiende o es ocultado. La memoria colectiva está entonces vacía o es deformada (desviada): lazos no resueltos de odio, o de desprecio o de rencores se conservan en los comportamientos de las comunidades antiguamente antagonistas. Los racismos se vuelven cánceres. La diferencia entre esos dos tipos de situaciones (guerras nacionales y opresiones esclavistas) radica en el equilibrio tácito entre los adversarios: en el primer caso en que naciones de igual ambición se enfrentan, y al contrario, en la inigualdad (de naturaleza o de esencia) impuesta entre los que se enfrentaban; en el segundo caso, por ejemplo el del universo indefinible y de contornos indeterminados de la esclavitud y la colonización.

Las guerras nacionales son evidentes (sólo se podrían desviar los motivos o los pretextos); las colonizaciones por el contrario pueden ser camufladas en el momento mismo en que provocan sus estragos o reinterpretadas mucho tiempo después (uno las “positiva” de buena gana), y en cuanto a los sistemas de esclavitud, son repentinamente y simplemente presentados, por la gente que gozaba de ellos, como estancias bienaventuradas para todos pero que desgraciadamente desaparecieron muy pronto.

Entendemos que es un gran sentimiento de superioridad que sin embargo se disfraza o no se conoce; en el segundo caso, algunos historiadores que defienden su primacía nacional condenan todo intento de esclarecer esos oscurecimientos pasados o actuales, catalogándolo como lo que llaman el abuso de una historia de compasión. Se suponía que seres de constitución tan desigual (amos y esclavos) no podrían nunca recordar juntos. El recuerdo del descendiente de esclavo sólo se podía considerar como un deseo pueril de revancha o como una lamentable e impotente muestra de debilidad, lo que a veces puede llegar a ser.

Asimismo, esos historiadores sociólogos sugirieron hipócritamente que no son los productos de la trata de negros que (a pesar de lo que demuestra la arquitectura de los muelles de Bordeaux) iniciaron realmente la acumulación del capital necesario para el desarrollo industrial en Francia, sino más bien o por lo menos de igual manera, el ahorro doméstico en Francia misma. Declaran también que los motivos de los negros para entrar clandestinamente en el Caribe o el continente americano no se debían realmente a un deseo de libertad (lo que llamarían una “gran clandestinidad”) sino más bien a un estado indeterminado de depresión, al temor a un castigo después de un hurto, a una decepción amorosa, o a un golpe de furia, en resumen a una constitución débil de la persona (ciertamente la “pequeña clandestinidad”). Entendemos por fin por qué ocurren esos debates feroces sobre la Historia y la memoria: hay que guardar distancia entre los que al mismo tiempo hacen, dicen y meditan la Historia (ellos poseen el secreto objetivado de la misma), y los que la han padecido y que son forzosamente sospechosos de parcialidad cuando hablan de ella: parcialidad que gran cantidad de ello poseen. Hoy en día, elevar monumentos (que ya no serían obra de la naturaleza indomable) en memoria de las luchas de los esclavos es afirmar una igualdad inatacable de ahora en más, y una nueva solidaridad entre los antiguos actores de esos episodios históricos.

¡Que las memorias se refuercen y se exalten realmente en la multiplicidad del mundo!

Ellas atestiguan de ese nuevo concepto del mundo, que no reconoce ni las falsas esencialidades ni los falsos universales que abruman a nuestros preceptores. La imposibilidad de apoyar y conservar las memorias unidas cuando antiguamente se habían rechazado y borrado mutuamente, tratándose del universo esclavista, provocó y estableció el hecho de que el olvido (en la herencia inicua de esos esclavos) no existía realmente: no era para nada un sosiego, ni una liberación y nunca el inicio  de un encuentro. El olvido era enteramente la herencia de los dominantes. Hay que aclarar esos lazos oscurecidos. Las memorias unidas crean de ahora en más una clase de olvido magnificada. Cuando la misma dignidad da una misma visión de nuestras historias, conocidas por fin por cada uno en su área y por todos en el mundo. El olvido es entonces la memoria que acepta las otras memorias, todas las otras.

Esas memorias concurrentes tampoco olvidarán las hambrunas del mundo que no formaban parte del pasado, ni los cadáveres de los inmigrantes, ni la extenuación de los campesinos de Mali, ni los pescadores de Senegal aniquilados por los buques-fábricas de Dinamarca o de Japón.

 Historia e historias.

“TODA LA JORNADA DEL 10 DE MAYO ES POSIBLE, SÍ LA JORNADA ENTERA, AÑO TRAS AÑO…”

Los debates sobre la historia y la memoria tuvieron entonces ese desafío: que necesitamos en el mundo, para participar en éste último, no sólo nuestras memorias históricas inconscientes o concientes que pueden llegar a chocar entre ellas, sino también y ante todo la relación viviente entre las memorias, la mezcla vertiginosa pero no confusa ni oscurantista de nuestras distintas memorias, llegadas de todos lados, ancladas cada una en cada uno de nuestros lugares pero que fulguran también en el mundo y participan en él.

Exigimos nuestras memorias nacionales, las memorias de nuestras lenguas amenazadas o de las lenguas con las que hemos soñado, nuestras memorias enfermas, porque podemos considerar su justa transformación en memorias participantes sin que nos vengan a acusar por ser llorones o por sentir conmiseración por nosotros mismos. En los lugares de encierro, los viejos cebos se pudren, las antiguas guerras que no abandonaron sus pretextos se estancan. La relación mundial es por el contrario nuestro campo; en ella asentamos nuestros recuerdos más modestos; es en la explosión de ese todo-Mundo que las memorias de todos se independizan y se unen, tenemos que declararlo sin cesar.   

La justicia tratándose de la historia no concierne ni únicamente la verdad o lo que consideramos verdad, ni la objetividad o lo que consideramos objetividad; la justicia tratándose de la historia concierne también la relación. Las memorias de las humanidades no soportan, en el nuevo resplandor del Todo-mundo, ser mutiladas, aisladas, no podríamos apartar algunas por aquí y otras por allá; aspiramos a reconstituir lo que podemos en su totalidad, cada pueblo o comunidad que las concierne lo más lejos posible en el tiempo que podríamos abarcar, y en las tierras que podríamos imaginar, y lo más profundo que podamos bajar en las aguas de la creación y la vida.

Una de nuestras oportunidades, la más constante y segura, de escapar a la arbitrariedad de las elecciones y a la subjetividad de las perspectivas, es considerar que ya no existe para nosotros en la modernidad una Historia, una sola y grande con la cual nos agobiaron tanto (y en este caso “nos” representa todas las humanidades), que seguiría obligándonos a falsas unidades, sino que entramos en la infinidad de una cantidad limitada de historias, las historias de los pueblos que se encuentran por fin, tal vez se iluminan y multiplican la relación desde todas las unidades a toda la multiplicidad.

Así es con las conmemoraciones de las aboliciones de las esclavitudes. Pues, en los países concernidos, los días, meses, años, de esas aboliciones difieren desde Jamaica a las Guayanas, desde La Dominica a Brasil, con intervalos aterradores. Empecemos entonces con una conmemoración nómada y difractada, una clandestinidad en los espacios del mundo, una derivada en todas las lenguas concernidas, y por ejemplo, recordemos el 22 de mayo con los Martiniqueses, el 27 de mayo con los Guadalupeños y así sucesivamente con los países y los pueblos, los Guyaneses, los Mauricios, los Yibuties, los hijos de las Comores, las tribus del norte de Tombouctou y de Bamako, los Somalíes, los Cafres, los Nubienses.

Todos los días de mayo son posibles, ya que en mayo de 1848 los esclavos sublevados de las Antillas han impuesto la declaración pública de los decretos de abolición, guardados en el fondo de los cajones.

Todos los días de todos los años son posibles ya que subsisten todavía en el mundo tantos centros de esclavitudes conocidos o clandestinos, que tenemos que desalojarlos, denunciarlos, combatirlos.

Toda la jornada del 10 de mayo es posible, sí la jornada entera, año tras año. Fue elegida por los Antillanos, los habitantes de la Reunión, como el punto en común de esas revoluciones en torno a las memorias.

Durante todos esos días, a la espera de la apertura de un Centro internacional de la memoria de las esclavitudes y de su abolición, que fue propuesto y planeado por las autoridades francesas, hablaremos en todas partes, en ceremonias oficiales, en reuniones confidenciales o espectáculos públicos, con amigos o desconocidos; enviaremos cartas o mensajes a través de la música o la poesía, a través del canto de los cuerpos y del canto de los teatros; por medio del placer de compartir y de la reflexión hablaremos de las aboliciones en las Américas y en África, de las hambrunas y las iniquidades, y de todos los que esperan sin fin en las tinieblas; actuaremos para extender esas redes de conocimiento y de libertad, y liberar los imaginarios, y saben ustedes mujeres y hombres de memoria compartida, difractada, el mundo estará, de manera brillante, en nosotros y con nosotros.   

Afirmaremos con Aimé Césaire y Frantz Fanon a quienes este texto está dedicado, que sólo necesitamos la memoria (para vivir y sobrevivir) porque cualquier memoria es primero un no olvido; el olvido está a menudo lleno de complejos, de encierros, de bloqueos, lo que recalca Frantz Fanon: “no quiero ser esclavo de la esclavitud”; también la necesitamos porque cada memoria liberada es el primer momento de todas las memorias reunidas, que se estiman en el mundo, como lo canta Aimé Césaire: “no me transformen en ese hombre de odio para el cual sólo siento odio.”

 

Traducción Caroline Montenegro

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