El 18 /06/2012 en la ONU, la Presidenta argentina : "Pretendemos dejer atras esta historia de colonialismo"

Por primera vez un jefe de Estado habló en el Comité de Descolonización de la ONU. La Presidenta expuso con meridiana claridad los argumentos argentinos para defender la soberanía sobre las Islas Malvinas. El entredicho con Cameron. El texto de su intervención ante el Comité de los 24 + el texto del periodista historiador argentino M. Saravia "La Guayana : la otra hermanita perdida du Sudamérica".

 


Muchas gracias, señor presidente: en principio quiero agradecerle a este Comité histórico de Descolonización de Naciones Unidas la deferencia que me hace. Me siento con un gran honor de poder hablar ante este comité y todos sus miembros. (…) Desde la creación de este comité se han resuelto 80 casos de ex colonias, 11 casos de fideicomisos y sólo restan resolver 16 cuestiones coloniales, 10 de las cuales son originadas por el dominio en territorios usurpados, por parte del Reino Unido, y vengo a hablar precisamente de la Cuestión Malvinas.

Por eso quiero agradecer, y me siento honrada de estar aquí presente hoy. No vengo sola, vengo como Presidenta de la República Argentina y vengo acompañada también por la mayoría de los partidos políticos de la República Argentina, con representación parlamentaria. Están aquí, en varias bancas atrás, duros opositores a mi gobierno, pero que sin embargo conciben a la cuestión del colonialismo y a la cuestión de Malvinas como algo que excede, incluso, la cuestión nacional, o de soberanía de la Argentina para constituirse en una afrenta al mundo, que todos soñamos, por el que muchos luchamos y por el que tantos murieron en las guerras de liberación. No queremos más muertes, no queremos más guerras porque las hemos sufrido internamente, y las hemos sufrido externamente.


Me acompañan, también, ex combatientes, me acompañan también madres de combatientes, sepultados en Malvinas y cuyos restos no han podido ser identificados aún.


(…) No son las únicas mujeres que todavía buscan a sus hijos en la República Argentina. También hay otras madres que siguen buscando los restos de sus hijos para ser identificados, casualmente desaparecidos, en la dictadura del 24 de marzo de 1976 y que culminara con el gobierno democrático de 1983. Esa misma dictadura que decidió unilateralmente –sin consulta a ningún argentino– los hechos del 2 de abril, como fuera inclusive comprobado desde el punto de vista militar al desclasificar el Informe Rattenbach, que era un análisis de los propios militares argentinos sobre lo que había significado el conflicto desde el punto de vista militar. (…) Estoy acá porque dentro de unos meses va a hacer 180 años que fuimos usurpados. El capitán Pinedo debió abandonar las islas porque una corbeta inglesa, muy superior en poderío militar, como lo era en ese momento el imperio inglés, el gran imperio naval del siglo XIX, del cual no era la primera vez que venían a la Argentina. Ya habían venido antes, lo hicieron en 1806, cuando todavía éramos colonia española, con el general Beresford a la cabeza. Mire usted lo que son las cosas: si hubieran triunfado en ese momento a lo mejor no estaríamos discutiendo aquí y seríamos como Canadá, un protectorado. Pero bueno, fueron vencidos por el pueblo de Buenos Aires, por sus mulatos, por sus negros, por sus criollos; las familias más acomodadas hacían tertulias con el invasor. Pero realmente el pueblo sublevado los echó en 1806, pero insistieron en 1807, con el general Whitelock y fueron nuevamente derrotados. En 1833 también sufrieron, luego de usurpar el territorio durante un tiempo, el asedio de rebeldes que se habían escondido –como el Gaucho Rivero– y que controlaron la situación durante seis meses, bajaron el pabellón inglés, izaron el nacional, hasta que finalmente fueron apresados –inclusive el Gaucho Rivero– y enviados a Londres, donde las propias autoridades dijeron que no podían juzgarlo porque no había cometido delito en territorio inglés.


(…) Pero por si no hace falta la historia, podemos hablar de la geografía. Cómo puede pretenderse a 14.000 kilómetros de distancia que ese territorio integre el territorio británico o sea parte del territorio británico. Yo vivo en Río Gallegos, señor presidente, a poco más de 700 kilómetros de las islas Malvinas. En las costas de la ría de Río Gallegos se pueden ver las aves migratorias que vienen de Malvinas: cormoranes, gaviotas de ojos negros que emigran y que llegan, incluso, hasta el Ecuador, no llegan a Londres, llegan únicamente hasta el Ecuador. Por eso las Malvinas no solamente son argentinas, sino que conforman parte de la plataforma del continente suramericano.


(…) Formamos parte de este organismo multilateral que conforma la gobernanza global, 11 resoluciones de Naciones Unidas. La primera en 1965, y debo destacar un logro de la diplomacia de un gobierno que no era del signo de mi partido, sino que era de la Unión Cívica Radical, y el presidente era el doctor Arturo Umberto Illia. Se logra allí la primera resolución (2065) y más tarde diez resoluciones más y 29 resoluciones de este Comité de Descolonización. Son incontables además las adhesiones de la Unasur, del Mercosur, de la CELAP, de SICA, de los países del África, de los países árabes. Nada importa, porque en realidad lo que se está usufructuando es la posición de privilegio que el Reino Unido tiene como miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Quiero también hablar de la diplomacia; decía recién una frase el señor vicecanciller de Chile: “reanudar las negociaciones entre Argentina y el Reino Unido”, nunca mejor empleado ese término, señor vicecanciller. Porque hubo negociaciones entre el Reino Unido y mi país, la República Argentina, se desarrollaron durante la tercera presidencia del Presidente Perón, hubo –con la más estricta reserva– a través de lo que se denomina un non paper (es así canciller, ¿no? es un papel, no es un paper, sino un papel secreto), en el cual el embajador inglés, en la Argentina, por indicaciones del Foreign Office, tomó contactos con Vignes para ver si podíamos arribar a un acuerdo. 


 (…) Desgraciadamente, señor presidente, los análisis que hacía la Cancillería inglesa acerca de la situación en que derivaría la muerte del presidente Perón o la inminencia de un golpe de Estado, que tardó un poco más, pero que llegó inexorablemente –porque ya estaba decidido desde mucho antes– abortó esta negociación que existió entre el Reino Unido y mi país, la República Argentina, en los términos que plantea precisamente la resolución de Naciones Unidas. Nosotros queremos por eso –tal cual lo manifestaba el vicecanciller chileno– la reanudación de esas negociaciones.

¿Qué culpas tenemos los argentinos de lo que nos pasó a partir del 24 de marzo de 1976? Cuando yo veía hoy en el 10 de Downing Street ondear la bandera que ellos llaman de la islas Falkland, sentí vergüenza ajena, señor Presidente, porque las guerras no se festejan ni se conmemoran. ¿Sabe por qué? Porque la guerra costó muchas vidas, 649 muertos del lado argentino, 255 del lado británico, 449 argentinos y 264 británicos se suicidaron después.


¿Qué pensaría, digo señor Presidente, el pueblo alemán o la señora Merkel si el 8 de mayo, fecha de la rendición incondicional de Alemania, 8 de mayo de 1945, en el 10 de Downing Street, ondeara la bandera alemana por debajo de la bandera inglesa? ¿Qué pensaría Japón si el 15 de agosto, el presidente de los Estados Unidos hiciera ondear en la Casa Blanca la bandera estadounidense y abajo la bandera japonesa?


(…) Y si de referéndum se trata, por qué no van a hacer un referéndum también a Afganistán o Irak a ver qué se piensa de lo que están haciendo.


(…) Esto es lo que venimos a pedir y por eso decimos que Malvinas no es solamente una causa nacional, es además, una causa regional porque estamos defendiendo los recursos de las América del Sur y nuestra zona desmilitarizada. Pero es además, una cuestión global porque estamos defendiendo el rol de un organismo multilateral como Naciones Unidas del cual somos parte que se integra por la Carta de San Francisco y que se integra además por el respeto a las resoluciones que son votadas por la Asamblea General.


(…) La Argentina está abierta a la negociación como lo demostró esta que existió en 1974 y que quedó trunca. Y que implica, además, por parte del Reino Unido, el reconocimiento de que hay una cuestión litigiosa en materia de soberanía. Si no, ¿por qué razón el gobierno del Reino Unido, a través de su embajador, envía secretamente este papel al canciller Vignes para ser tratado por el general Perón y luego el general Perón lo contesta?


Bueno, la historia tiene esas cosas. Muchas veces dicen que los hombres no forman la historia, pero muchas veces los hombres o lo que les pasa a determinados hombres y mujeres que son determinantes en un momento histórico, influyen de una manera a veces beneficiosa y a veces fatal para el curso de los acontecimientos.


Pero venimos aquí sin ningún tipo de rencor, sin ningún tipo de ofensa, con la certeza y la seguridad de que somos un país abierto y que vamos a seguir cumpliendo estrictamente las resoluciones de Naciones Unidas demandando la apertura de esas negociaciones. 


(…) Lo único que pretendemos, señor presidente, es dejar atrás esta historia de colonialismo, esta historia anacrónica y construir una nueva en base al diálogo. Mire qué poco pedimos: dialogar. No estamos pidiendo que nos den la razón; no estamos pidiendo que diga que “sí, las Malvinas son argentinas”. Estamos pidiendo, apenas, nada más ni nada menos que se sienten a una mesa a dialogar. ¿Puede alguien en el mundo contemporáneo negarse a dialogar y luego querer convertirse en adalid de los derechos humanos, de las libertades, del mundo civilizado, del mundo occidental y cristiano? La verdad… la verdad que no, señor presidente.


Por eso, creo que luego de las intervenciones del señor Bets y del señor Vernet, ni siquiera hubiera sido necesaria mi intervención.


Ellos describieron esas Malvinas de aquellos años como cuando yo los escuchaba, reitero, parecía que estaban describiendo un barrio de la ciudad de Buenos Aires o de una provincia argentina, la mezcla de culturas, la mezcla de nacionalidades.


Quiero, para finalizar, agradecer el apoyo de países del Mercosur, de la CELAC, de SICA, del Comité de Descolonización, de los países árabes, de los países africanos, de todos aquellos que creen que el colonialismo es algo que debemos dejar definitivamente atrás para construir el nuevo mundo que todos nos merecemos y del que tenemos muchas más necesidades de las que creemos.

Muchas gracias, señor presidente; muchas gracias, señores miembros del Comité.

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Discusión con el premier

 

Las deliberaciones estaban a punto de comenzar, pasadas las 9 de la mañana del martes 19 de junio. Los presidentes del G-20 se ubicaban en sus bancas dispuestos a exponer sobre temas referidos a la crisis mundial. Entonces, David Cameron se levantó de su asiento y caminó despacio en dirección a la presidenta argentina. El tema que tenía en mente no estaba en la agenda, por lo que el inglés se dirigió en tono amable y diplomático. Y, esta vez, tuvo que enfrentarse a una situación que él mismo había generado. El primer ministro británico, acostumbrado a torear desde algún lejano estrado londinense para defender la inamovible posición inglesa sobre Malvinas, se topó con la convincente respuesta de la Presidenta. El diálogo, que se tornó tenso, tuvo un final terminante por parte de Cristina Fernández: “Yo tampoco voy a hablarle a usted de soberanía. Lo que quiero es hablar de respetar las decisiones de las Naciones Unidas. Si participamos de las Naciones Unidas, respetemos las resoluciones”. Cameron se había acercado con una excusa. Agradeció a Cristina por su apoyo a la creación de un banco europeo que oficiaría de prestamista de emergencia para los países más afectados por la crisis. Inmediatamente y haciendo gala de una falta de tacto, pidió que la mandataria argentina manifestara su opinión sobre el referéndum de los isleños, que podrán optar por su propia soberanía. Cameron, que ante la exposición de Cristina ante el Comité de Descolonización respondió con la idea de la consulta, venía ahora a plantear sus dudas de manera desubicada. Quizá supuso que la iba a sorprender, pero la respuesta de la mandataria no sólo estaba a flor de labios sino dentro de un sobre que contenía las 40 resoluciones de la ONU sobre la cuestión de las islas. El británico se alejó con el papel en la mano, sin lograr disimular su ofuscación.
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Guayana: La otra hermanita perdida de Sudamérica

Por Mariano Saravia. Desde Guayana 

 

Cuando uno atraviesa en canoa el río Oyapok y cruza la frontera entre Brasil y la Guayana, se recibe el primer impacto emotivo: ver flamear las banderas de Francia y de la Unión Europea. Los impactos siguen: tener que usar el pasaporte –en el resto de Sudamérica se puede transitar sólo con DNI–, tener que dar explicaciones de todo tipo a los gendarmes franceses, tener sed y pagar cinco euros por una bolellita de agua mineral. Perrier o Evian, claro, importadas de Francia. Tener que volver a dar explicaciones a los gendarmes en un puesto en la ruta, a mitad de camino para llegar a Cayenne, la capital. Pero para esto vinimos, para atestiguar cómo es este otro enclave colonial que persiste en Sudamérica. Un caso similar al de las Malvinas, pero con palmeras, Caribe y sol.

Cómo ocurrió en su reciente exposición ante el Comité de Descolonización de Naciones Unidas, Cristina Fernández expuso al colonialismo del siglo XXI. Porque no sólo habló de las Islas Malvinas, sino de algo mucho más profundo: esas dos islas representan la dignidad nacional, la integración sudamericana, y sobre todo, la consolidación de un espacio geopolítico fundamental como el Atlántico Sur, puerta de acceso a la Antártida, al Pacífico por el Estrecho de Magallanes y también para llegar al sur de África y a los mercados de la India y el resto de Asia.


Por todo eso hoy Malvinas ya no es sólo una causa argentina, sino latinoamericana, y más aún, es una causa de los pueblos del sur. Pero hay otra causa que no es tan difundida, la de la Guayana Francesa, “la otra hermanita perdida”, al norte de Brasil y al este de Surinam. Con 90 mil kilómetros cuadrados (como la provincia de La Rioja) y unos 300 mil habitantes, técnicamente es un departamento de ultramar de la República Francesa. En la práctica, una colonia francesa en pleno corazón de Sudamérica, con todo lo que eso significa. Y si las Malvinas están ubicadas en el espacio geopolítico fundamental del Atlántico Sur, la Guayana está en el no menos importante espacio geopolítico del Caribe, estratégicamente ubicada para controlar a países como Cuba, Venezuela, Surinam o Brasil. 


Si las Malvinas tienen una dotación de unos tres mil soldados y la Argentina está denunciando la militarización del área, ¿qué se podría decir de la Guayana, donde Francia tiene estacionados a por lo menos unos 20 mil soldados, más los servicios de inteligencia y el personal de la Agencia Espacial Europea? Como en una película histórica, en las rutas de la Guayana es frecuente encontrar no sólo a la Gendarmería, sino también a la célebre Legión Extranjera y a la Policía Militarizada. Según Raymond Charlotte, fundador de la Organización Guyanesa de Derechos Humanos (OGDH), “desde aquí Francia se encarga de hacer inteligencia en Venezuela contra el gobierno de Hugo Chávez y de conspirar contra los movimientos que buscan la paz en Colombia”.


Es decir, aquí también se juega ese juego que dejó al descubierto Cristina en la ONU, el juego en el que se enfrenta el imperialismo y los pueblos de Sudamérica que no pueden permitir más enclaves coloniales propios del siglo XIX en pleno siglo XXI.  


A Guayana se ingresa en canoa atravesando el río Oyapok, porque no hay un puente habilitado. Y tampoco lo hay sobre el río Maroni en la frontera con Surinam. “La estrategia del colonialismo francés siempre fue aislarnos de nuestros vecinos de Sudamérica”, cuenta Servais Alphonsine, dirigente del Movimiento por la Descolonización y la Emancipación Social (Mdes). Es más, se registran paradojas tan absurdas como que un brasileño puede ir a Francia sin visa, pero no puede entrar aquí sin visa. O que las bananas de Surinam pueden ser exportadas a Francia pero no a la Guayana. Es parte de la estrategia de dividir y aislar, característica del colonialista. El resultado es la colonización cultural, además de la política y económica. Un guayanés sabe todo sobre lo que pasa en Marsella o Lyon, pero confunde a Paraguay con Uruguay. El aislacionismo incluye otros dos pilares: la asimilación y el asistencialismo.


La asimilación es cultural y también racial. La mayoría de los profesores de la escuela primaria vienen de Francia, o si no de otras colonias como la Martinica o Guadalupe en el Caribe. Es una forma de desguayanizar la Guayana, de seguir inculcándole a la gente que son franceses, aunque sus derechos lo contradigan. De hecho, hay muchas contradicciones aquí. Estamos en Francia, pero la geografía y el sentido común nos dicen que estamos en Sudamérica. Estamos en un lugar de altísima tecnología, ya que alberga a la base espacial de la Unión Europea, pero no hay casi rutas ni servicio público de transporte por el país. Hay aparentemente un buen nivel de vida, pero no se produce nada de nada. De hecho, no hay agricultura, ni ganadería, ni muchísimo menos industria. Hasta la carne que consumimos en el restorán es traída de Francia. Lo del nivel de vida también es un engaño. Si alguien llega aquí como turista, se sorprenderá de la modernidad del parque automotor y del poder de consumo de los habitantes, que en apariencia es mucho más alto que en el resto de los países de Sudamérica. Pero ahí entra en juego el asistencialismo, con su consabido resabio de chantaje. El método le cuesta poco a Francia –son apenas 300 mil habitantes–, pero le trae mucho rédito, sobre todo por la total dependencia que genera. Así se explica por ejemplo que mucha gente, ante la consulta por la posibilidad de la independencia, repita el libreto del miedo, argumentando falazmente que una Guayana independiente no sobreviviría sin la ayuda de Francia.

En realidad, es exactamente al revés: una Guayana independiente podría ser infinitamente más rica de lo que es y mejorar ostensiblemente el nivel de vida de su gente, ya que tendría para sí todas sus riquezas, como el oro, la bauxita, el manganeso, la pesca, la biodiversidad, y también el petróleo, ya que se ha descubierto una cuenca en el mar que daría una producción de más de 300 mil barriles diarios. Pero la joya, sin dudas, es la base espacial de la ciudad de Kouru, a unos 60 kilómetros al oeste de Cayenne. Desde aquí se lanzan los cohetes del proyecto europeo Ariane, que ponen en órbita todos los satélites de la Unión Europea y también los cohetes del proyecto ruso Soyuz. Por todo esto, nadie sabe dar un número cierto, pero Antoine Karam, profesor universitario y miembro del Consejo General, calcula que son “muchos millones de euros”. Por lo tanto, el asistencialismo de Francia es una gran estrategia para maniatar a la población, destruir su cultura del trabajo y generar una dependencia sin fin que compra sumisión. Así opera el colonialismo en Latinoamérica: limitando soberanía, saqueando recursos y apropiándose del futuro. En las frías playas de Malvinas. O en las cálidas arenas de Guayana.

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