¿La socialdemocracia no baila con Zorba?

—¿Me enseñarás a bailar?
—¿A bailar? ¿Has dicho bailar?


Así arranca la escena final de Zorba el Griego. El joven empresario extranjero que interpreta Alan Bates le hace esa pregunta a su capataz, el griego maduro encarnado por Anthony Quinn, y éste, sonriendo por todos los poros, se arranca a bailar el sirtaki. El extranjero se le suma de inmediato y los dos cierran con alegría dionisíaca una historia en la que acaba de producirse una tragedia espantosa: la lapidación de la viuda interpretada por Irene Papas.

No fui nada original, lo sé, al recordar esta escena en la noche del domingo 25 de enero de 2015, tras conocer que la coalición de izquierdas Syriza había ganado las elecciones legislativas griegas, se situaba al borde de la mayoría absoluta y abría un nuevo capítulo en la historia de su país y del conjunto de Europa. La película dirigida por Michael Cacoyannis y la música que Mikis Theodorakis compuso para la misma han quedado asociadas indeleblemente con Grecia en el corazón y el cerebro de mi generación. 

Grecia es ese hermoso país, la cuna de la civilización europea, donde ocurren cosas horribles –ahí, recordémoslo, nació el arte de la tragedia–, pero cuyo pueblo se alza una y otra vez frente a la desgracia con un rostro florecido y unos países de baile. Dionisos, el dios del Panteón heleno más odiado por la seriedad monoteísta, sigue viviendo en su pueblo.

La extrema circunspección con la que la dirigencia de la socialdemocracia oficial europea respondió a la victoria de Syriza, puso una nota de tristeza en mi vivencia de la noche del domingo. Compartí un tuit de Armando el pollo que decía: “Aún recuerdo cuando el PSOE salía a felicitarse por la victoria de partidos de izquierdas en otros países en lugar de hacer un mero control de daños”. La gravedad en los rostros de los dirigentes socialistas que en España y otros países salían en las teles europeas era un poema. Expresaba, por supuesto, su disgusto por el destino de su correligionario griego, ese PASOK que, a fuerza de llevarse por el “pragmatismo”, la “razón de Estado”, la “gobernabilidad del país”, los “compromisos con Europa” y otros eufemismos para designar la cobardía y la traición, ha pasado de representar al 48% de los griegos a ser votado por menos del 5%.

Pero esa gravedad enunciaba también el pasmo por el hecho de que, por primera vez en la historia europea posterior a la Segunda Guerra Mundial, que yo recuerde, se ha producido eso que Julio Anguita bautizó aquí con el vocablo italiano de sorpasso: la victoria en unas elecciones de una fuerza situada a la izquierda de la socialdemocracia oficial. Y, en mi opinión, reflejaba el hecho capital de que la socialdemocracia oficial se ha dejado arrebatar sus ideas, principios, valores y programas por nuevas formaciones progresistas. 

Aunque en su seno haya, sin duda, gente que podría vincularse al izquierdismo tradicional, no creo que Syriza o Podemos propongan ahora cosas distintas a las que podría proponer la socialdemocracia oficial si no hubiera vendido su alma al diablo en su continuo viaje a la derecha de las últimas décadas. 

Negociar con los acreedores la reestructuración de la deuda; disponer de un banco y una empresa energética públicas; hacerles pagar unos impuestos razonables a las grandes fortunas y las grandes empresas y entidades financieras; intentar garantizar unos mínimos en materias como la educación y la sanidad públicas; ofrecer unas pensiones básicas a ancianos, discapacitados y parados crónicos; este tipo de cosas, no se me antojan sacadas del programa máximo de Bakunin o Marx. No las veo como sustancialmente anticapitalistas, qué quieren que les diga. Las veo como modestas y sensatas proposiciones reformistas. 

La victoria de Syriza hace sonar la hora de la verdad para la socialdemocracia oficial europea. ¿Se sumará a Merkel, la Troika y los llamados mercados en el acoso y derribo de la Grecia emergida de los comicios del domingo? ¿Qué harán el SPD alemán, que gobierna en Berlín, el PS francés, que detenta la presidencia y la mayoría parlamentaria en París, el italiano Renzi, señor en Roma, nuestro PSOE, primera fuerza de la oposición española a fecha de hoy, y los demás? ¿Nos sorprenderán aprovechando la valentía griega para alzarse al fin contra ese disparate social y económico para los pueblos del sur de Europa que es el totalitarismo de la austeridad contable?

Lo dudo. En mayo de 2012, la victoria del socialista Hollande en las elecciones presidenciales francesas abrió un claro de esperanza en el nublado cielo europeo. Hollande había hecho campaña prometiendo que, cual nuevo Asterix, se levantaría contra el imperio germano de la austeridad. Pero la gallardía le duró poco. Arrió la bandera en su primer encuentro con Merkel y no tardó en adoptar la “ortodoxia” económica. Fue, de nuevo, le tournant de la rigueur

Al ya de por sí flojo Hollande poco le ayudó, ciertamente, el hecho de que el SPD, el gigante alemán de la socialdemocracia europea, gobernara con Merkel y, salvo algunas notas a pie de página, suscribiera su política. Y, por cierto, poco ayuda este hecho a la credibilidad del PSOE cuando dice que no formará una Gran Coalición con el PP tras las legislativas españolas del otoño. Como tampoco lo hace que su diario de cabecera no oculte su preferencia por esa Gran Coalición.

Ese diario titulaba hoy, lunes 26, su edición impresa como cabía esperar: no con el gozo juvenil de Zorba, sino con el gruñido de un anciano amargado. La victoria de Syriza, nos advertía, abre un “período de agitación en Europa”. Sí, abuelo, podemos imaginarlo. Más vale malo conocido que bueno por conocer; la prudencia es la mejor consejera; tú no te signifiques; qué sabio es Rajoy al recomendarnos “no jugar la ruleta rusa”… Sí, abuelo, ya te hemos oído todo eso, pero queremos bailar.

Compartí otros tuits en la noche del domingo. Entre ellos, uno de mi colega Edwy Plenel: “Si le PS ne veut pas finir comme son homologue grec, il doit écouter ceux auquel il a tourné le dos“. Cualquier hablante de una lengua latina debiera entender este mensaje del director de Médiapart, pero lo traduciré por si acaso: “Si el PS (el Partido Socialista francés) no quiere terminar como su homólogo griego (el PASOK), debe escuchar a aquellos a los que ha dado la espalda”. ¿A qué se puede decir lo mismo del PSOE?

Me gustó también lo que escribió Julia Otero: “A ver si lo entienden: no se puede amenazar a los que tienen poco o nada que perder”.
No me arrodillo ante el dios monoteísta (ni siquiera ese bifronte que la socialdemocracia oficial ha terminado formando con la derecha). Prefiero el viejo politeísmo griego.

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