El 10 de julio de 2015 se cumplieron 30 años del atentado contra el Rainbow Warrior –buque insignia de la organización ecologista Greenpeace– perpetrado en Nueva Zelanda por los servicios secretos franceses a las ordenes del Gobierno. Coincidiendo con este aniversario, publico La Troisième Équipe, recuerdos de un caso del que fui testigo y actor. Este es el prólogo del libro, que sale a la venta el 11 de junio, escrito como una novela policiaca y dedicado « a las fuentes periodísticas y a los denunciantes »:

El 10 de julio de 1985, en el puerto de Auckland (Nueva Zelanda), el Rainbow Warrior, buque insignia del movimiento ecologista Greenpeace, se disponía a poner rumbo al atolón de Mururoa, para protestar contra los ensayos nucleares franceses. Nunca llegaría a zarpar. Poco antes de medianoche, dos especialistas en operaciones subacuáticas de los servicios secretos galos, la DGSE, equipados con explosivos, lo enviaron al fondo del mar. Este atentado de las Antípodas, que le costó la vida a un fotógrafo, Fernando Pereira, supuso un escándalo mundial y se convirtió en un caso de Estado en Francia. En septiembre de 1985, el ministro de Defensa y el responsable de la DGSE se vieron forzados a presentar la dimisión a raíz de las revelaciones periodísticas que hicieron caer el castillo de naipes de la mentira oficial.

Yo era el joven periodista del diario Le Monde –aquel verano cumplía 33 años– que firmaba unas informaciones que, de repente, situaron al periodismo de investigación, sus revelaciones y sus tensiones, en la portada de un diario entonces de referencia, biblia de las élites políticas, estatales y económicas del país. Aunque he escrito varios libros, combinando la reflexión y el testimonio, sobre diferentes realidades y especialmente sobre asuntos a los que he debido hacer frente durante casi 40 años de periodismo, nunca había dicho ni una palabra sobre esta emblemática historia. 

Durante mucho tiempo, he optado incluso por mantenerme callado ante todas las sandeces, enfoques o rumores que se han apoderado del caso. El periodismo conformista, al que me gusta calificar de gubernamental, no es el último en negar las verdades que molestan. Y a su benefactor silencioso, el Estado profundo, cuyas servidumbres carecen de etiqueta partidista, no le gusta perder frente al desorden que encarna el periodismo sin ataduras, libre y rebelde. Pero he preferido dejar que se hable, respetando un periodo de luto que era también una forma de respetar a los actores operacionales de una misión cuyo Gobierno presidencial de la época, el de François Miterrand, era el único culpable y responsable.

He decidido romper este silencio.

Primero porque el caso Greanpeace representa una lección periodística, tremendamente desmitificadora sobre lo que es una investigación, la elaboración artesanal y el trabajo colectivo, las intuiciones y las conjeturas, los riesgos.

Después, porque este escándalo de Estado alumbra, con una luz cegadora, la realidad poco democrática del presidencialismo francés, sus potenciales abusos de poder y los riesgos que hacen correr a nuestro país.

Por último, simplemente porque el actor que fui en esta historia, habida cuenta del efecto político de sus revelaciones, ya no quiere que otros la maltraten o la deformen. 

Al hacerlo, me he dejado llevar por el juego de los recuerdos, dejando que mi memoria exhumara tiempos pasados. El teatro del caso Greenpeace es de otra edad mediática y, su tragedia, de otro mundo geopolítico. Revisitar este pasado permite evaluar la dimensión de los cambios que, en tan poco tiempo, han modificado radicalmente nuestro espacio público, desestabilizado los oficios de la información y sacudido las industrias de la comunicación. Ahora que escribo en uno de los laboratorios de la prensa de mañana, Mediapart, completamente digital, completamente participativo, diario sin papel ni fronteras, yo mismo me he sorprendido por la extrañeza repentina de esta prensa de ayer, a pesar de que durante mucho tiempo fue mi escuela y mi taller.

Pero se trata sólo de un decorado, de trajes y accesorios. Porque la escena que se representa no tiene edad. Detrás de los cambios, radicales, aparece lo que permanece, lo esencial. En este pasado henchido de presente, el periodismo encuentra la tradición que debe preservar y defender en nuestra modernidad: la independencia profesional que garantiza la confianza democrática, el respecto del derecho a saber de los ciudadanos, la obligación de estar a su servicio cueste lo que cueste. Sobre todo, encuentra a su adversario de siempre, esta eterna coartada de las democracias usurpadas y aletargadas, la razón de Estado.

Versión española : Mariola Moreno, de la redacción de infoLibresocio editorial de Mediapart

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