Ser madre con diversidad funcional: un acto subversivo

Estoy entusiasmada con la fuerza del movimiento feminista español y me hubiera encantado estar en Madrid manifestándome dentro de dos días con el bloque de mujeres con diversidad funcional, que se ha hecho hueco entre las participantes. Les mando este texto, publicado inicialmente en francés, como una manera de estar presente con ellas, con vosotras, compañeras. Va por el #8M

De niña, no solía jugar  con muñequitas a las mamás. Para mí la maternidad solo era una posibilidad más, un escenario potencial de mi vida futura pero no un verdadero deseo. A pesar de ello, tenía confeccionada  una lista de nombres anglosajones para mi futura progenitura, de tal modo que cuando un adulto me preguntaba cuántos hijos pensaba tener, podía no solo decirle el número sino también satisfacer ampliamente su curiosidad detallando incluso sus nombres.

A los 30 años, había formado una de esas parejas que se consideran estables. Mi compañero deseaba con fuerza tener hijos y, poco a poco, su deseo hizo que creciera el mío. Cuando por fin nos sentimos listos y decididos, fuimos a la consulta de un ginecólogo a un hospital para pedirle que hiciera el seguimiento de mi embarazo e informarle de las particularidades del mismo en las lesionadas medulares. Le preguntamos también si las habitaciones del servicio de maternidad estaban adaptadas para acoger a mujeres en silla de ruedas ( spoiler: no lo estaban).

Él me miró y me dijo: “comprendo que usted quiera tener un hijo. También ha venido a verme una mujer con SIDA pero  tiene que ser consciente de que usted no puede hacerse cargo de un niño". Mi pareja  le contestó: “bueno, lo de hacernos cargo del niño, es asunto nuestro”, creo que eso dijo, no sé, ya no pude seguir la conversación. Estaba noqueada, como si me hubieran dado un puñetazo en plena cara. Ese es el efecto que suelen tener  las violencias verbales capacitistas.

Luego, hice lo que me pidió ese hombre, no sé por qué.  Le seguí, me examinó, lo cual viví a posteriori como una segunda forma de  violencia. Se despidió después, no sin preguntar si tenía que avisar a la ambulancia. “No”, contestó mi pareja, mi mujer ha traído el coche”. “¡Ah! ¿pero puede conducir?”, contestó aquel hombre.

Hacía en aquella época  cuatro años que era discapacitada o más bien hacía cuatro años que me habían colgado esa etiqueta,  tras haber quedado lesionada mi médula espinal en un accidente. Por entonces, yo ya había entendido que ser discapacitada era algo que debía entenderse en sentido pasivo: es discapacitado aquel que ha sido discapacitado, aquel a quien se discapacita.  Pero las palabras de esa persona a la que yo fui a ver en su calidad de ginecólogo marcaron el principio de otras  tomas de conciencia: acerca del poder de la medicina sobre los cuerpos, en particular sobre aquellos  que no puede curar, que no puede normalizar, acerca también de lo que  es para la sociedad una mujer con diversidad funcional.

Como niña “válida", se me educó en la idea de todos los posibles: ser madre o no serlo… y en la idea también, más tarde,  de poder abortar si tenía un embarazo no deseado. Como niña válida, se me preparó para lograr  esa forma de  empoderamiento tan perfectible que la sociedad reserva a las mujeres válidas.

Como adulta con diversidad funcional, experimenté brutalmente el desempoderamiento y la discapacitación. Tenía que rendirme a la evidencia. Me había convertido en  no-mujer y el deseo de tener un hijo de una no-mujer no es legítimo. Ningún deseo de las no-mujeres lo es.  Ellas no están autorizadas a tener deseos, tan solo necesidades que otros se encargande determinar en su lugar.

Tras llegar a esta constatación, ¿ cómo podía yo plantearme imponerle a un niño una madre ilegítima a ojos de la sociedad? El proceso de interiorización del capacitismo ya había comenzado a hacer mella en mí. Ese capacitismo interiorizado por tantas niñas con diversidad funcional a quienes se educa para el desempoderamiento , en todas las esferas de su existencia. Esas niñas con diversidad funcional a quienes se ha esterilizado, para aniquilar el deseo. “ ¿Ser madres? Pero, ¡ cómo vas a ocuparte  tú de nadie si no eres capaz de hacerte cargo ni de ti misma!”, han oído desde pequeñas. « Y además, ¿ a ti quién te va a querer ? ».

 

thumb-con-la-casa-a-cuestas-1024
Me habrá hecho falta llevar a cabo una lucha encarnizada de unos cuantos años contra mí misma, contra todos los discursos sobre mi supuesta incapacidad, contra todos los discursos que deslegitimaban mi deseo para conseguir afirmarlo con convicción y afirmarme también a mi misma con orgullo, como mujer diversa, como madre diversa funcional.

Le Club est l'espace de libre expression des abonnés de Mediapart. Ses contenus n'engagent pas la rédaction.