Sinrazón yihadista y sinrazón cervecera

A nadie en su sano juicio se le ocurriría responsabilizar a la Declaración de Independencia de Estados Unidos y su redactor, Thomas Jefferson, de las torturas en Guantánamo, la invasión de Irak, la guerra de Vietnam, los asesinatos y golpes de Estado de la CIA, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki y otras atrocidades cometidas por la superpotencia. Las ideas fundacionales de Estados Unidos no tienen la culpa de que algunos políticos y eso que Eisenhower llamó el complejo militar-industrial las invoquen para justificar tales o cuales desmanes imperialistas. Tampoco es culpable, por cierto, esa mayoría de ciudadanos estadounidenses excesivamente crédula ante lo que les cuentan desde arriba. 

La Declaración de Independencia es uno de los más fantásticos productos del Siglo de las Luces. Sus ideas siguen siendo vigentes, aunque, por determinadas razones históricas, las élites económicas y políticas de Estados Unidos –o buena parte de ellas– se hayan ido alejando de su espíritu para construir un país cada vez más agresivamente temeroso, más proclive al patrioterismo y el autoritarismo internos y al intervencionismo y el belicismo externos. Estados Unidos también precisa una reforma a fondo. 

Sírvame este brochazo para aludir a la islamofobia rampante con que son acogidas en Occidente las barbaridades de los yihadistas. Se produce la espantosa matanza de Túnez y uno tiene que escuchar por enésima vez que la culpa la tienen El Corán y Mahoma, la religión islámica en sí misma y hasta el conjunto de los árabes (no pocos de los cuales son cristianos) y de los musulmanes. Los que sueltan estos rebuznos están más emparentados con los propios yihadistas que con Jefferson y los hijos de la Ilustración. 

Cuando los del ISIS destruyeron antigüedades babilónicas, un islamófobo llegó a decir que lo hacían para acabar con ¡la cultura occidental! Como si los asirios, los babilonios, los persas y las demás civilizaciones anteriores a Alejandro Magno no hubieran sido orientales. Como si durante siglos Mesopotamia y Persia no hubiera sido mayoritariamente musulmanas sin que nadie le tocara un pelo a esas antigüedades. Del mismo modo que nadie se lo tocó a los morabitos de Tombuctú o a los Budas de Afganistán hasta la aparición del islamismo político contemporáneo y esa letal criatura suya que llamamos yihadismo. 

La ignorancia es muy atrevida, ya lo sabemos. Y generalizar el estigma, muy fácil. Y sin embargo, me niego a deslizarme por esa pendiente. Jamás se me ocurriría culpar a Jesús de Nazaret de los miles de muertes en la hoguera que causó la Inquisición, de las violencias de los Guerrilleros de Cristo Rey o del gusto por la vida lujosa del cardenal Rouco. Si Jesús existió, debió ser un buen tipo, un tipo frugal, pacífico y afectuoso. Conozco a muchos cristianos que intentan seguir su ejemplo y no el de los Borgia. Como conozco a muchos musulmanes a los que cada atentado yihadista les duele como una puñalada en el corazón. 

Las tripas no sirven para pensar, hay que usar la razón. El yihadismo es fruto de una interpretación apocalíptica y delirante del islam que florece en unas determinadas condiciones políticas, sociales y económicas. Como el nazismo (¿o es que me van a decir que Hitler es inherente al alma germana?). Nietzsche, que detestaba a los antisemitas y los militaristas prusianos, debía de revolverse en su tumba cada vez que los matones delas SS lo citaban como referente intelectual (sin haberlo leído, por supuesto). 

Al yihadismo hay que combatirlo con inteligencia, el gran instrumento que la humanidad hereda del Siglo de las Luces. En primer lugar, la prevención es capital ante unos descerebrados dispuestos a morir matando. No les vamos a disuadir con la cadena perpetua, hay que detenerlos antes de que actúen. Para eso están la Policía y los servicios secretos, que no necesitan photo opportunities politiqueras como la de Rajoy y Sánchez, sino medios humanos y materiales, conexiones internacionales y buena dirección, no la dirección de gente que negaba que el 11-M hubiera sido obra de los yihadistas. En ese sentido, la cooperación de las comunidades musulmanas en Occidente y de los países meridionales es vital. 

Hoy le llamamos ISIS, ayer Al Qaeda, antes Yihad Islámica. No voy a negar que los de ahora son aún más gore, lo que quiero decir es que llevamos así unas cuantas décadas. Yo mismo comencé a publicar sobre el islamismo y el yihadismo hace tres décadas desde Beirut, Gaza, Teherán, El Cairo o Argel. Lo que decía entonces me parece cada vez más evidente: no se puede terminar con la peste si no se desecan los pantanos donde germina. 

¿Cuáles son estos pantanos? Los hay ideológicos y financieros: el wahabismo y los petrodólares de Arabia Saudí. Los hay políticos, económicos y sociales: la tiranía, la pobreza y las desigualdades en los países musulmanes; el déficit de integración de los hijos de los inmigrantes en Occidente. Y también los hay éticos y morales: el doble rasero del que se benefician Israel y Estados Unidos, el nulo apoyo que se les brinda a los demócratas del sur. 

Vamos a seguir yendo a peor si se les sigue haciendo el juego a los Bin Laden, Abu Bakr al Bagdad y compañía, si se acepta su propuesta milenarista de Choque de Civilizaciones, si se confunde la parte con el todo como hace el rebuzno islamófobo, si se deja de usar la razón para cultivar la versión cervecera de la sinrazón.

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