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Billet de blog 28 avr. 2022

El fracaso de un « antimperialismo unidireccional »

El campismo de izquierdas consiste en leer en esta guerra un enfrentamiento entre una Rusia humillada y amenazada, y un Occidente arrogante, conquistador y agresivo. Ucrania no sería más que un campo de batalla.

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Contra el campismo, ese antimperialismo unidireccional que recorre ciertas corrientes de la izquierda, hay que tener en cuenta el imperialismo ruso. Estudiarlo de cerca no es revertir la estupidez campista; es afirmar que cualquier análisis que no lo tome en serio se descalifica a sí mismo. El putinismo es un peligro mortal para los pueblos. De ahí la urgencia de combatirlo sin muestras de debilidad. Esta es la segunda parte de una disquisición titulada “Frente al gran nacionalismo ruso, reinventemos el internacionalismo”.

El fracaso de un “antimperialismo unidireccional“

A algunas personas de izquierdas todavía les cuesta contar hasta dos. Tener dos enemigos y no solo uno, luchar en dos frentes y no solo en uno, obviamente no es cómodo. Para la mente es mucho menos difícil contar con el enemigo adecuado, un único y exclusivo Enemigo. El simplismo político, nacido de viejas costumbres, ignorancia, amnesia y mucha pereza, carcome a una parte de la izquierda radical hasta la indignidad. Afortunadamente, no a todos. Balibar acaba de recordar que ante la invasión rusa de Ucrania, “el pacifismo no es una opción” y que “el imperativo inmediato es ayudar a los ucranianos a resistir“. No repitamos la “no intervención”.

Pero abundemos en este discurso: no sólo el pacifismo es totalmente cuestionable cuando un país invade a otro desafiando todas las normas del derecho internacional. Se trata, en primer lugar, de un “campismo“ que no es en absoluto una opción. ¿Qué es el campismo? Es la estupidez política con las consecuencias más siniestras que consiste en pensar que sólo hay un Enemigo. Lo definiremos como un antimperialismo unidireccional. De la unicidad del Enemigo deriva esta irrefutable conclusión: quienes se oponen al Enemigo tienen derecho, si no a las bendiciones, al menos a las excusas, basándose en el principio de que los enemigos del Enemigo son, si no amigos, al menos “aliados objetivos“ en una lucha justa.

Casi todo el siglo XX estuvo marcado por este trágico juego de espejos. Los partidarios del sistema capitalista hicieron la vista gorda ante las dictaduras más criminales, las alentaron y apoyaron en nombre de la defensa de la civilización occidental contra el comunismo, mientras una parte de la izquierda no quiso saber nada de la terrible realidad del “comunismo” soviético o chino, ni fue demasiado exigente con la naturaleza de los regímenes “poscoloniales”. El campismo de izquierdas postula que el único enemigo de los pueblos es el “capitalismo”, el “imperialismo estadounidense”, “Occidente”, el “neoliberalismo“ o incluso “la Unión Europea”, según el caso y las distintas denominaciones que se utilicen. Afortunadamente, en el siglo pasado siempre hubo movimientos e intelectuales que supieron resistirse a la estupidez política y salvaron el honor de la izquierda denunciando a todos los enemigos de la democracia y las libertades, sin ninguna “relativización de las responsabilidades”. De este modo, dentro del movimiento revolucionario, las corrientes trotskistas y libertarias, y muchos otros movimientos como Socialisme ou Barbarie, han mantenido con valentía el doble frente anticapitalista y antiestalinista.

Cabía la esperanza de lograr ser definitivamente inmunes a este sinsentido con la caída del “bloque soviético” y la crisis de la “hegemonía estadounidense”, se podía llegar a creer que ninguna opresión, ninguna violación de los derechos humanos, ninguna transgresión del derecho internacional, ningún golpe de fuerza, ya sea del Oeste o del Este, del Norte o del Sur, podría ser justificado una vez concluida la Guerra Fría. Nos equivocamos. Evidentemente, los malos hábitos han persistido, aunque resulten algo vergonzosos con motivo de la guerra de invasión llevada a cabo por Putin.

El campismo de izquierdas consiste en leer en esta guerra un enfrentamiento entre una Rusia humillada, cercada y amenazada, y un Occidente arrogante, conquistador y agresivo: Ucrania no sería en el fondo más que un campo de batalla entre el Enemigo imperialista que quiere expandirse infinitamente y Rusia, un país agredido que fue engañado con falsas promesas en 1990. E incluso si se reconoce que este último tiene alguna inclinación imperial, no siempre, sólo sería un imperialismo de segunda clase, debilitado, que no sería comparable al del Enemigo. Si esta es realmente una guerra entre Estados Unidos y Rusia, si la causa ucraniana está tan “instrumentalizada” por el Occidente imperialista, ¿cómo podemos entonces entregar armas a los ucranianos, ayudarles a luchar? Por supuesto, si es difícil apoyar decididamente a Putin, que es un gran defensor de toda la extrema derecha del mundo, ¿no deberíamos al menos permanecer “no alineados”, “neutrales”, o incluso “altermundistas”, como proponen algunos, como Jean-Luc Mélenchon en Francia? Hay que decirlo: esta postura sólo atestigua una complacencia inadmisible hacia el fascismo neoestalinista de Putin, y más fundamentalmente, la completa ignorancia de la naturaleza totalitaria y criminal de este poder que nunca ha dejado de destruir a la oposición interna, hasta el punto de eliminar físicamente a periodistas y activistas, de perseguir a toda la sociedad y de exportar a Chechenia, Siria y, más recientemente, a Bielorrusia y Kazajistán su odio armado contra todos los deseos de democracia de los pueblos. También se olvidan todas las provocaciones y acciones de Putin que pretenden restaurar el imperio ruso en nombre de una mística nacionalista con una lógica siniestra. 

De este modo, el apoyo de la izquierda radical a la resistencia ucraniana debería ser obvio, al igual que el apoyo a la causa palestina y a muchas otras en el mundo. No hay que exigir únicamente la retirada de las fuerzas invasoras, sino que hay que reclamar el envío de armas a la resistencia ucraniana y, de cara al futuro, ofrecer todas las garantías de protección del territorio ucraniano dentro de sus fronteras antes de la anexión de Crimea y la secesión de las pseudorepúblicas del Dombás orquestada por Rusia.

El campismo de izquierdas cree de buen grado que un crimen anula otro, que una violación del derecho internacional justifica otra, que las víctimas se compensan mutuamente. Es fácil coincidir en que no hay nada virtuoso en Occidente y que su hipocresía es incluso inconmensurable. Las intervenciones norteamericanas y occidentales desde el 11 de septiembre de 2001 (“la guerra contra el terrorismo”) no se han preocupado por la legalidad y han provocado tragedias que aún continúan, especialmente en Irak y Libia, ¡por no hablar de la obstinada defensa de colonización de los Territorios Ocupados de las políticas israelíes! ¿Cómo podemos afirmar que estamos a favor del derecho internacional cuando amparamos su permanente violación, como hace Estados Unidos con su veto en el Consejo de Seguridad? La lucha contra este imperialismo estadounidense y occidental está plenamente justificada. Incluso debe extenderse a todas las formas de dominación económica, financiera e ideológica y no sólo a las intervenciones militares. Este era el significado del altermundismo no hace mucho tiempo. Pero la dominación del capitalismo occidental no debe hacernos olvidar que existen otras formas de dominación y opresión, sobre todo religiosa, y otras ideologías extremadamente peligrosas, como el nacionalismo “imperial” del poder en Rusia. Seamos realistas, Occidente no es el único obstáculo para la democracia y la justicia social, y tenemos más de un enemigo. El internacionalista consecuente lo sabe, el campista lo ignora. 

La negación del derecho de los pueblos a la democracia

Uno de los peores aspectos de esta actitud es hacer caso omiso a las aspiraciones populares de los ucranianos, pero también, si nos remontamos en el tiempo, de los grandes movimientos democráticos de Ucrania, Bielorrusia, Georgia y Kazajistán. Los pueblos en cuestión son reducidos a peones que en realidad no existen en este gran patrón histórico abstracto cuyo único actor real es el Enemigo que quiere extender su dominación mundial. Al campista de izquierdas ni siquiera se le pasa por la cabeza que la adhesión a la OTAN de muchos países que habían permanecido durante mucho tiempo bajo el control de la URSS después de 1945 fue, a falta de una alternativa mejor, una garantía de seguridad para ellos después de todas las agresiones, anexiones y desmembramientos que habían sufrido en su historia. Por supuesto, la realidad es “siempre más compleja”, como repiten los “no alineados”, pero es precisamente de esto de lo que deberían aprender: los pueblos tienen su autonomía, no son marionetas de las grandes potencias. El peor error político del campismo es considerar que los pueblos no son nada, que todo depende de las altas esferas. De este modo, el terrorismo islamista estuvo presente en la revolución popular siria de 2011 desde el principio. De este modo, las “revoluciones de colores”, movilizaciones populares en el espacio postsoviético que participaron a partir de los años 2000 en el gran movimiento de emancipación democrática por todo el mundo, no habrían sido más que formas encubiertas del imperialismo estadounidense. De este modo, la ocupación de la plaza Maidán en 2014, que forma parte del gran ciclo del movimiento de ocupación de las plazas, habría llevado la marca de los “neonazis”. 

De este patrón deriva una “relativización de las responsabilidades”. El otrora más acertado teórico del altermundismo y la “izquierda global”, Boaventura de Sousa Santos, afirma, de este modo y sin pestañear, que “la democracia es sólo una pantalla de Estados Unidos” y compara el “golpe de Estado de 2014” en Ucrania con el golpe que en 2016 derrocó a Dilma Roussef en Brasil. En ambos casos se trataría de un mismo intento de ampliar la esfera de intereses de Estados Unidos: “La política de cambio de régimen no aspira a crear democracias, sino sólo gobiernos leales a los intereses de Estados Unidos”. No se puede negar mejor la subjetividad democrática de los pueblos, reducida a juguetes en manos del imperialismo estadounidense. Asimismo, se olvida de que las multinacionales estadounidenses y europeas nunca han prosperado tanto como en el régimen mafioso y ultrarrepresivo de Rusia, que les aseguraba una paz social absoluta. En realidad, este autor no hace más que repetir la vieja doxa del siglo XX, como si Rusia o China representaran una alternativa “progresista” al capitalismo occidental que debiera “salvarse” porque lo contrarrestaría. En realidad, estos países ofrecen algunas de las versiones más monstruosas del capitalismo, ya que combinan el peor tipo de dictadura política sobre la población con la explotación excesiva de la riqueza en favor de una clase muy reducida de depredadores ultrarricos. 

El campismo de izquierdas o el “antimperialismo de los idiotas”

Algunas protestas contra las “guerras imperiales” son unidireccionales: denuncian fácilmente los ataques estadounidenses, israelíes o europeos, pero olvidan sistemáticamente los bombardeos rusos o iraníes contra la población civil en Siria que han causado muchas más víctimas civiles que los primeros. 

Así lo explicaba Leila Al-Shami en 2018 en un impactante texto titulado El antimperialismo de los idiotas, refiriéndose a la coalición Hands off Syria que, en sus proclamas y manifestaciones, no decía ni una palabra sobre las masacres cometidas por rusos e iraníes que venían a aplastar la revuelta democrática y a defender el régimen de Bashar El Assad: “Ciega ante la guerra social que se desarrolla dentro de la propia Siria, esta visión considera al pueblo sirio, cuando lo tiene en cuenta, como peones insignificantes en una partida de ajedrez geopolítico”. Es este tipo de antimperialismo unilateral el que denuncian los autores de una carta abierta, entre los que hay muchos sirios:

“Desde el comienzo del levantamiento sirio hace diez años, y especialmente desde que Rusia intervino en Siria a favor de Bashar al-Assad, hemos sido testigos de una evolución tan curiosa como siniestra: la aparición de lealtades a favor de Assad en nombre del antimperialismo entre algunos que, por lo demás, se caracterizan generalmente como progresistas o de izquierdas, y la consiguiente difusión de desinformación manipuladora que distrae regularmente de los bien documentados abusos de Assad y sus aliados. [...] Los que no comparten sus opiniones perentorias son frecuentemente (y falsamente) considerados entusiastas del cambio de régimen o idiotas útiles a los intereses políticos occidentales. [...] Todos los movimientos a favor de la democracia y la dignidad que van en contra de los intereses del Estado ruso o chino son regularmente retratados como el producto de la injerencia occidental: ninguno de estos movimientos es considerado autóctono, ninguno de ellos refleja décadas de lucha nacional independiente contra una dictadura brutal (como en Siria); y ninguno de ellos representa realmente las aspiraciones de la gente que reclama el derecho a vivir con dignidad en lugar de bajo la opresión y el abuso. De hecho, lo que une a estas llamadas corrientes antimperialistas es la negativa a enfrentarse a los crímenes del régimen de Assad, o incluso a reconocer que se ha producido un levantamiento popular contra Assad que ha sido brutalmente reprimido”. Los autores del texto terminan con estas palabras que deberían hacer reflexionar hasta al más necio: “Aquellas personas que nos hemos opuesto directamente al régimen de Assad, pagando a menudo un precio muy alto, no lo hicimos por un complot imperialista occidental, sino porque las décadas de abusos, brutalidad y corrupción eran y siguen siendo intolerables”.

Lo que ocurrió con Siria se repite con Ucrania. Esto es lo que preocupa a los activistas de la izquierda ucraniana, que desde el comienzo de la invasión han pedido al resto de la izquierda mundial que se desprenda de la “mirada estadounidense”. Autor de una extraordinaria Carta a la izquierda occidental, el investigador ucraniano Volodímyr Artiukh explica que, fuera del mundo postsoviético, la izquierda no ha hecho balance de las nuevas condiciones históricas marcadas por la propia estrategia rusa, que no tiene nada que ver con las herramientas de la hegemonía estadounidense, y en general occidental, del poder blando y la inversión económica: “A pesar de lo que muchos de ustedes afirman, Rusia no está reaccionando, adaptándose o haciendo concesiones, sino que ha recuperado su capacidad de acción y es capaz de moldear el mundo a su alrededor. […] Rusia se ha convertido en un agente autónomo, sus acciones están determinadas por su propia dinámica política interna, y las consecuencias de sus acciones son ahora contrarias a los intereses occidentales. Rusia está configurando el mundo a su alrededor, imponiendo sus propias reglas como hizo Estados Unidos, pero por otros medios”. A su juicio deberíamos dejar de pensar como si Rusia se limitara a responder a la humillación que se le infligió tras el colapso de la Unión Soviética y entender que ahora son Occidente y Europa los que están en una postura “reactiva”. Y añade: “De este modo, las explicaciones centradas en EE.UU. son obsoletas. He leído todo lo que se ha escrito y dicho en la izquierda sobre la escalada del conflicto del año pasado entre EE.UU., Rusia y Ucrania. Ha sido terriblemente desacertado. Mucho peor que muchas explicaciones mainstream. Su poder de predicción era nulo”.

De hecho, la unilateralidad de la denuncia alcanza su punto máximo en un artículo de Tariq Ali publicado en New Left Review, revista de referencia de la izquierda occidental. El 16 de febrero, 8 días antes de la invasión, se burlaba de los rumores de un supuesto ataque masivo ruso en Ucrania y culpaba exclusivamente a los belicistas estadounidenses, sin esforzarse en analizar el régimen de Putin. Sostiene que Ucrania, que únicamente sería “Natolandia”, no necesita apoyo, sino que debe empezar por mostrar a Putin el “respeto” que se merece, sin dudar en hacer suyas las palabras de un almirante alemán. Así, la izquierda occidental debería volver a movilizarse contra la guerra estadounidense, que es la principal amenaza, como lo hizo contra las intervenciones estadounidenses en Siria: Stop the War no es un partido político. Cuenta con partidarios conservadores, así como muchos partidarios de la independencia de Escocia. Su objetivo es detener las guerras libradas por Estados Unidos o la OTAN, sea cual sea el pretexto. Los políticos y los traficantes de armas que apoyan estas guerras no lo hacen para fortalecer la democracia, sino para servir a los intereses hegemónicos de la mayor potencia imperial del mundo. Stop the War y muchos otros continuarán la tarea de oponerse a ellos a pesar de las amenazas, las calumnias o el servilismo”. 

Este texto es un resumen de lo peor del discurso “antiguerra” de la izquierda occidental. Sólo es la OTAN, y nada más que la OTAN, la que pretende la dominación del mundo y busca la guerra para obtener beneficios y ampliar su espacio de influencia. En consecuencia, el comportamiento de Putin no es más que un efecto contrario a la OTAN, no tiene existencia propia, ni tampoco su régimen. Esta ceguera es la que ha despertado la ira del historiador Taras Bilous, militante de la organización ucraniana Social Movement y editor de la revista Commons. Nunca o casi nunca, explica, la izquierda occidental se ha apresurado a señalar las “necesidades en materia de seguridad” de la potencia nuclear rusa recordando las mismas necesidades de Ucrania, que renunció a su arsenal nuclear a cambio de una garantía de inviolabilidad de sus fronteras en 1994, principio que Putin rompió en 2014.

La realidad del imperialismo ruso

Tener por fin en cuenta este imperialismo ruso y estudiar de cerca sus métodos e intenciones específicas no es invertir la estupidez campista y convertirlo en el único Enemigo, pero sin duda es afirmar que cualquier análisis que no lo tome en serio se descalifica a sí mismo. 

Para la izquierda esta ceguera es tanto más reprochable cuanto que este imperialismo pretende no sólo extenderse a sus márgenes, sino también desestabilizar a los países en los que todavía subsiste la democracia liberal, aunque sea en la forma deteriorada que la conocemos. Es un imperialismo militar, pero también eminentemente político: pretende extender por todas partes una visión dictatorial y nacionalista del poder en la que las libertades civiles y políticas no tienen razón de ser. Por este motivo el modelo de Putin tiene tantos partidarios entre la derecha y la extrema derecha globales. Es porque existe una estrecha relación entre el régimen de terror interno y la política exterior: ¿cómo puede una dictadura que persigue a sus opositores, a veces los asesina, y prohíbe cualquier expresión libre de la sociedad civil tolerar, especialmente en sus fronteras inmediatas, la existencia de sociedades políticamente más libres? El apoyo de Putin a Lukashenko, Tokáyev y Kadírov es perfectamente coherente: el imperio en el exterior y la dictadura en el interior van de la mano. Pero sabemos que las ambiciones de Putin van más allá: hay que destruir cualquier obstáculo interno o externo para su poder. El aplastamiento de la revolución democrática siria por medio de bombas y armas químicas fue una advertencia para todos los pueblos que buscan liberarse de sus tiranos, y quizás sea, ante todo, un mensaje para el propio pueblo ruso. Si la primera línea de la dictadura comienza en Rusia, todos los países cercanos y lejanos saben ahora lo que les espera si nada impide su extensión. 

Seamos claros. El enemigo de Putin no es el capitalismo como sistema de explotación, sino la democracia, contra la que pretende librar una guerra sin cuartel. Lo que le preocupa es el poder de las masas en lucha contra la corrupción económica y política, es decir, contra su propio poder. Estas masas movilizadas, como hemos visto de nuevo en Bielorrusia, ven en la Unión Europea un modelo político más envidiable que las dictaduras depredadoras que sufren. Fue el acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea lo que decidió a Putin a empezar a trocear Ucrania tras la “revolución de febrero de 2014”.

Sin duda es comprensible que una parte de la llamada izquierda “radical” se sienta bastante avergonzada al ver que las revoluciones populares del mundo postsoviético convierten a la Unión Europea en una esperanza y un horizonte, ella que critica con razón el carácter profundamente neoliberal y capitalista de esa Europa. Pero si hay algo de razón al criticar la “escasa democracia” de la Unión Europea es en nombre de la reivindicación del autogobierno y, sobre todo, no para adoptar la retórica de Putin según la cual estas revoluciones son golpes de Estado fomentados por la OTAN. Hay que decirlo alto y claro: es mil veces mejor para la causa de la igualdad, la democracia y la libertad la insuficiente democracia de Occidente que las bárbaras dictaduras de Bashar, Putin y Lukashenko, modelos de todo los fascismos contemporáneos. El putinismo tiene una coherencia ideológica que lo sitúa entre todas las ideologías neoconservadoras y todos los identitarismos actualmente en boga. Como ha escrito Edwy Plenel, esta ideología adopta la forma de “la promoción de una Rusia eterna, basada en su identidad cristiana y eslava, como alternativa a la democracia moderna, que se ha reducido a un engaño occidental”. Mezcla de neonazismo, paneslavismo y estalinismo, el putinismo no tiene nada, absolutamente nada, de progresista o democrático. Por el contrario, es un peligro mortal para el pueblo ruso y para todos los demás. De ahí la urgente necesidad de combatirlo sin muestras de debilidad.

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Este artículo se publicó en Contexto y Acción. Traducción de Paloma Farré.

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