Parmi une des dernières fortes impressions d’un été qui a été riche en émotions, il s’en trouve une qui a pu passer plus inaperçue que d’autres. Car c’est en effet un étonnant mélange d’élan vital, de prise de conscience sans concessions et de geste héroïque qui attend le spectateur du film 120 battements par minute de Robin Campillo. Le film retrace l’étape de forte militance de l’association Act Up au début des années 90, peu après sa création en France. Durant la décennie précédente, le SIDA avait fortement touché certains groupes sociaux, parmi lesquels la population homosexuelle. Pourtant, la mise en place par l’Etat de campagnes de prévention efficaces et d’investissement réels par les laboratoires tardaient à venir. C’est face à ce vide, autant comme mécanisme de défense que comme sursaut vital, que surgit d’abord aux Etats-Unis, puis en France, Act Up.
Le film de Campillo retrace l’évolution d’un groupe d’activistes, de leurs réussites et leurs déceptions, dans un quotidien qui était à l’époque celui d’un bras-de-fer engagé autant avec l’institution qu’avec la société. A un moment où le fait politique réussit peu à mobiliser le social malgré un contexte toujours de crise économique et politique qui met même à mal la construction européenne, le contexte du film replonge le spectateur dans une militance que la force d’une particulière conviction rendrait presque électrique.
Toute militance a quelque chose de passionné, cependant les militants de l’Act Up de l’époque ne se battent pas seulement pour une cause, ils se battent pour la vie. Non pas une vie abstraite, idéale, conceptuelle, proche de celle que l’on peut retrouver par exemple dans l’écologie politique, ils se battent pour une vie bien de chair et d’os, la vie tellement plus tangible qui est la leur, celle de leurs proches, celle de certaines catégories de citoyens, à l’époque pour beaucoup laissés pour compte.
C’est la pleine conscience, poignante, de cette situation qui fait du film presque un manifeste, et de leur révolte un coup de poing. Pour autant, nul excès de pathos dans ce film qui est également une pure décharge d’énergie. Energie des espoirs partagés, construits, mis en œuvre par le collectif à force de débats et d’interaction. Energie encore d’un amour bien réel, entre deux militants, qui se développe d’autant plus qu’il le fait au bord de la mort, avec l’énergie de celui qui engage une course contre le temps, mais dont le surgissement est en soi un pied de nez à celle-ci. Energie toujours du combat qui continue, de la communauté qui à force de conviction, dépasse l’individu sans l’aliéner.
Le film ramène néanmoins, évidemment, à la question de la violence d’Etat, exercée de fait à l’égard des groupes sociaux touchés par la maladie, du fait même que l’extension de l’épidémie soit ainsi ignorée dans un premier temps. L’affaire même du sang contaminé dit bien, comme le signale le film, à quel point l’inattention des institutions a été grande et a pu faire des ravages. Une des forces du film est aussi de faire pendant justement à cette exclusion en constituant un groupe terriblement inclusif, en dépit des différences qui en temps normal auraient pu paraître difficiles à franchir, notamment avec la présence d’Hélène, mère d’un adolescent infecté par le sang contaminé, tellement loin de l’univers déjà varié des autres personnages, de quinze ans plus jeunes et tous habités par d’autres préoccupations. Tous partageant pourtant ce combat, pour faire exister, pour éviter cela aux autres, militant pour la vie.
Militar por la vida
La película 120 pulsaciones por minuto de Robin Campillo constituye una sorprendente inyección de energía, que se desmarca por ello tanto más de un contexto más bien reticente a la militancia e impregnado de cierta apatía.
De las sensaciones fuertes de un verano de por sí cargado en emociones, una ha podido pasar quizá más desapercibida. Ya que es en efecto a una sorprendente mezcla de impulso vital, toma de conciencia sin concesiones y gesta heroica lo que espera al espectador de 120 pulsaciones por minuto de Robin Campillo. La película plasma la etapa de militancia más dura de la asociación Act Up, a principios de la década de los 90, poco después de la creación de su rama francesa. Durante la década anterior, el SIDA había hecho estragos en algunos grupos sociales, entre los cuales el colectivo homosexual. Sin embargo, la puesta en marcha por el Estado de campañas de prevención eficaces y por los laboratorios de inversiones significativas se hacía esperar. Para hacer frente a ese vacío, a la vez como mecanismo de defensa y como impulso vital, surge en primer lugar en Estados Unidos, y luego en Francia, Act up.
La película de Campillo plasma la evolución de un grupo de activistas, de sus éxitos y de sus decepciones, en un día a día que era en aquella época de pulso tanto con la institución como con la sociedad. En un momento en el que el hecho político moviliza poco a la sociedad a pesar de un contexto aún de crisis económica y política que incluso cuestiona la construcción europea, el contexto de la película sitúa al espectador en el centro de una militancia animada por la fuerza de una convicción particularmente visceral que la vuelve casi eléctrica.
Toda militancia tiene algo de pasión, sin embargo los militantes del Act Up de aquella época no luchan sólo por una causa, luchan por la vida. No la vida abstracta, ideal, conceptual, próxima de la que se puede encontrar en el discurso de la ecología política, sino que luchan por una vida de carne y hueso, la vida tanto más tangible que es la suya, la de su entorno cercano, la de algunas categorías de ciudadanos, que en aquella época estaban aún en gran medida dejados a su suerte.
Es la plena conciencia, conmovedora, de esa situación la que hace de la película casi un manifiesto, y de su revuelta un puñetazo. Sin embargo, no hay ningún exceso de pathos en la película, que es también una descarga de energía en estado puro. Energía de las esperanzas compartidas, construidas, alimentadas por la colectividad a fuerza de debates y de interacción. Energía también de un amor real, entre dos militantes, que se desarrolla tanto más por cuanto que lo hace al borde de la muerte, con la energía de quien emprende una carrera contra el tiempo, pero cuyo surgimiento es en sí una revancha y una burla contra ésta. Energía aún de un combate que sigue, de la comunidad que a fuerza de convicción sobrepasa al individuo sin alienarlo.
La película toca sin embargo, por supuesto, la cuestión de la violencia de Estado ejercida de hecho hacia los grupos sociales decimados por la enfermedad, precisamente por el hecho de que la extensión de la epidemia haya sido hasta ese punto ignorada en un primer momento. El escándalo de la sangre contaminada muestra bien, como lo subraya la película, hasta qué punto el descuido de la institución llegó a ser grande y pudo causar estragos. Una de las fuerzas de la película reside también en hacer contrapunto a esa exclusión al constituir un grupo terriblemente inclusivo, pese a diferencias que en una situación ordinaria habrían parecido quizá difíciles de salvar, sobre todo con la presencia de Hélène, la madre de un adolescente infectado por la sangre contaminada durante una transfusión, situada tan lejos del universo de por sí variado de los demás personajes, todos quince años más jóvenes y en su mayoría habitados por otras preocupaciones. Todos comparten sin embargo el mismo combate, para llevar a la existencia, para evitar eso a otros, militando por la vida.