El objeto de esta nota es estudiar la paradoja que supone hacer de Unamuno, que fuera un partidario del alzamiento del general Franco, un adalid del respeto de la legalidad. El estudio de esta paradoja en el marco de mi desempeño como docente en Francia me sugerirá una explicación: asistimos, en la situación de crispación en que vivimos, a un retraimiento del pensamiento histórico de algunos intelectuales españoles de prestigio en aras de alimentar los mitos de un relato nacional que crece en detrimento del ejercicio objetivo de la Historia.
Precisemos los términos de la paradoja:
En un artículo1 publicado en El País el día 7 de septiembre de 2017, el profesor Elorza encomia el discurso del diputado Coscubiela calificándolo de unamuniano. Con dicho discurso, el diputado se opuso en el Parlament a la aprobación del dispositivo destinado a organizar el referéndum del primero de octubre, por considerar que el mismo vulneraba la legalidad.
La paradoja surge del hecho de que Unamuno se unió a la insurrección que gloriosamente conducía el general Franco para defender a la sociedad occidental cristiana y poner término a las inauditas salvajadas de las hordas marxistas. Parece sorprendente, paradójico, que se encomie a un hombre que defiende la legalidad identificándolo con otro que, habiendo apoyado a un movimiento que se alzaba en armas para destruir un orden constitucional legítimo, el republicano, parece encarnar lo exacto opuesto.
La paradoja cobra aun mayor fuerza, si cabe, cuando tenemos en cuenta que Coscubiela, como el mismo Elorza nos lo recuerda, es un hombre de izquierdas, surgido de las filas del marxista PSUC, que fue personalmente víctima de la represión franquista y que vio cómo, cuando tenía 11 años, la policía franquista se llevaba preso a su padre.
A primera vista, calificar de unamuniano a Coscubiela parece, pues, brutal e insultante.
La explicación de esta paradoja puede residir en que Elorza, tal vez, haya querido obviar el apoyo del filósofo a la insurrección anticonstitucional para focalizarse en el famosísisimo momento en que, en un alarde de dignidad y de hombría, Unamuno lanzara aquel sonoro "¡Venceréis, pero no convenceréis!" a un grupo de franquistas enardecidos que, en el paraninfo de la universidad de Salamanca, vociferaban y proclamaban barbaridades entre las cuales se encuentra el no menos famoso grito de Millán-Astray "¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!".
Para que pueda adoptarse la solución que acabamos de contemplar, se requieren dos operaciones. La primera consiste en justificar porqué ha de darse más importancia a algunos minutos de valentía o de reacción acaso estética u oratoria a los despropósitos de aquellos a quienes Unamuno apoyaba que a la decisión libre, en principio, de sostener al franquismo. La segunda operación requiere demostrar la pertinencia de la asociación que implica la analogía del profesor: los independentistas vienen a ser los vándalos franquistas y Coscubiela, un franquista más moderado que los excesos de sus amigos horrorizan.
La primera operación puede resultar facilitada por otra, que es ideológica, y que consiste en elegir en la historia lo que nos viene bien y dejar de lado lo que nos molesta. Una variante es la de referirse a la memoria, más que a la Historia: si la memoria conserva de Unamuno la algarada citada y su desafío a Millán-Astray, así como el arresto domiciliario que sufrió al final de su vida, y deja de lado sus posiciones políticas, entonces vale dejar de lado el apoyo del filósofo al franquismo. Señalemos, sin embargo, que si bien podía tener cierta legitimidad, en el páramo deliberativo que fue la dictadura, el referirse al gesto heroico del filósofo para magnificarlo hasta subsumir en él al pensador que glorificaba a Franco, parece difícil, hoy, en una sociedad libre como la española, que se acuda a semejantes referencias.
La segunda operación, decíamos, requiere identificar a los independentistas con los franquistas y a Coscubiela con uno de estos últimos, más moderado, por cierto, que les afea sus excesos a sus amigos. Su ejecución podría recurrir al silogismo siguiente: los independentistas están destruyendo un ordenamiento constitucional legítimo, los franquistas rompieron un orden constitucional legítimo, ergo, los independentistas y los franquistas pertenencen a la misma categoría de conculcadores de órdenes constitucionales legítimos, lo que justifica que se los identifique. Repetida ad nauseam por numerosos medios de comunicación y políticos españoles, esta operación puede recordarnos lo que decía Musil del trabajo de Spengler, que describía como el de un zoólogo que clasificara entre los cuadrúpedos a perros, mesas, sillas y ecuaciones de cuarto grado. En efecto, para que una analogía sea pertinente y esclarecedora, se requiere que las similitudes entre los objetos comparados sean importantes y numerosas2. Parece difícil encontrar encaje a esta exigencia en las circunstancias presentes: la utilización torticera de una mayoría parlamentaria y una insurrección armada tienen poco en común. También parecen diferentes la ferocidad franquista y sus decenas de miles de muertos y el carácter resueltamente pacífico del movimiento independentista catalán, cuyos militantes saben suspender una cacerolada para honrar como se debe el fandango de un guardia civil sevillano3. Y la Consellería de Economía no fue Guernica, por más que la Fiscalía nos agigante el evento calificándolo penalmente de sedición, lo que requiere referirse... al código penal del 734. Además de la dificultad propiamente intelectual de asociar a identificar a los independentistas con los franquistas, hemos de tener en cuenta los inconvenientes sociales que la operación implica, ya que la misma contribuye a banalizar una forma de revisionismo que relativiza los crímenes del franquismo, los cuales vendrían a ser tanto monta, monta tanto como la agitación independentista catalana. En realidad, justificar la analogía del profesor Elorza requiere aceptar una falsificación de la historia, lo que tal vez sea un precio demasiado elevado, aun cuando de lo que se trate sea de algo tan fundamental como defender le principio de una España una.
¿Cómo entender que una analogía tan vertiginosa y sorprendente 1. surja de la pluma de un afamado profesor universitario, 2. encuentre acogida en un diario prestigioso y 3. suscite la admiración de numerosos comentadores? Plantear esta pregunta era el objeto de esta nota.
Como lo he dicho, yo soy docente en Francia y tengo previsto someter la paradoja que acabo de presentar a mis alumnos. Voy a articular nuestra reflexión con el texto de Borges Tema del traidor y del héroe, en el que Ryan, un irlandés, descubre que su bisabuelo no fue el héroe que todos creen, sino un traidor. Ryan decide ocultar la verdad y escribe una biografía a la gloria del héroe. También utilizaremos el material que contiene esta carta5 que le mandé en su día al profesor García Carcel y que, creo, identifica paradojas algo similares a esta que comento aquí y busca encontrarles un referente venerable, como el de esta cita de Feijoo :
« Cuando yo, por más tortura que dé al discurso, no pueda pasar de una prudente duda, me la guardaré depositada en la mente y dejaré al pueblo en todas aquellas opiniones que entretienen su vanidad o fomentan su devoción. Sólo en caso que su vana creencia le pueda ser perjudicial, procuraré apearle de ella, mostrándole el motivo de la duda».
Este trabajo se situará dentro de la noción de Mitos y héroes, que debo abordar por disposición de mi programa. Esta obligación me impondrá el estudio de una hipótesis que acaso explique parcialmente nuestra paradoja: en estos momentos de crispación, la reflexión histórica, incluso entre algunos intelectuales prestigiosos, conoce un peligroso retraimiento en aras de crear un mito nacional español que pueda oponerse a los mitos nacionalistas como el catalán. En esta construcción, echar mano de un partidario del alzamiento franquista6 para, erigiéndolo en adalid de la defensa de la legalidad, denostar el desprecio de los independentistas por la misma no constituye un impedimento dirimente.
1Ver https://politica.elpais.com/politica/2017/09/07/actualidad/1504811820_297650.html, consultado el 24 de septiembre de 2017.
2Ver Jacques Bouveresse, Prodiges et vestiges de l'analogie, 1999, Paris
3Ver https://elpais.com/elpais/2017/09/22/videos/1506062215_353098.html, consultado el 24 de septiembre de 2017.
4Ver http://www.publico.es/politica/juristas-aseguran-protestas-catalunya-no-son-sedicion-dudan-audiencia-sea-competente.html, consultado el 24 de septiembre de 2017.
5Ver http://sebastiannowenstein.blog.lemonde.fr/2015/11/21/estimado-profesor-garcia-carcel/, consultado el 24 de septiembre de 2017.
6Para Sergio del Molino, joven ensayista harot mediatizado en la España de hoy (ver http://abonnes.lemonde.fr/idees/article/2017/09/21/l-espagne-en-manque-d-histoire_5189098_3232.html, consultado el 25/09/2017), Unamuno se inscribe en una tradición progresista de reflexión sobre la identidad de España, junto con Antonio Machado. Se trata de un enunciado que es posible defender, pero para hacerlo será menester dar cuenta del apoyo entusiasta del filósofo a Franco, así como de aquel famoso ¡que inventen ellos!, con el cual encerraba a España en los páramos de la celebración mística y arrogante de una supuesta esencia puramente literaria.