Una cuestión de principios

Expresé, en las redes sociales, mi rechazo a la prohibición del discurso público del intelectual musulmán Tariq Remadan. Aquí la explicación de esta posición de principios, en el terreno de nuestras libertades y frente a la intolerancia, de donde quiera que venga.

Salvo que pierda todo el respeto por sí mismo, el periodista es indisociable del ideal democrático. Un ideal que se cimenta en dos derechos fundamentales: la libertad de expresarse y el derecho a saber. Sin el pluralismo de opiniones y sin la independencia de la información, la democracia no es más que una fachada, vacía de sustancia y reducida a una simple apariencia. Sobre estos principios se funda la legitimidad profesional del periodista, al servicio de los ciudadanos para que puedan ser libres en sus reflexiones y autónomos en sus decisiones. Para que puedan pensar en plena conciencia y actuar con todo conocimiento.

Si yo hice de este oficio mi compromiso desde hace más de cuarenta años, fue sin duda porque, bajo esta definición, alargaba un camino que tomé muy temprano y del que creo nunca haberme distanciado: el rechazo a las mayorías gregarias, la preocupación por las minorías excluidas. Más allá de sus contextos y sus vicisitudes, mis compromisos juveniles anticolonialistas y antiestalinistas fueron, desde este punto de vista, una escuela de ética de la cual nunca he renegado. Ambos ideales fueron alimentados por el rechazo a las unanimidades fundadas sobre la intolerancia frente al otro, su libertad y su pluralidad.

Es evidente que en estos momentos de crisis, de pasión y de emoción, estos principios son puestos a prueba. Desde hace más de un año, en el seno de Mediapart debatimos de manera regular, confrontando nuestras sensibilidades, exprimiendo nuestras dudas y buscando nuestras convergencias. Adeptos a la libertad de palabra para la expresión de nuestros lectores, también lo somos en nuestra vida colectiva, buscando enlazar el pluralismo y la unidad, la diversidad de opiniones y el consenso profesional. Y siempre estamos de acuerdo en lo esencial: más que nunca, el rol de un medio de comunicación como el nuestro, radicalmente independiente y totalmente participativo, es no perder de vista los principios democráticos esenciales.

Nuestro tratamiento de las leyes ‘securitarias’, del proyecto de retirada de la nacionalidad o de las cuestiones migratorias ha ilustrado nuestra convicción común: la victoria de los terroristas será la reducción de nuestras libertades. Además, siendo un diario que acepta de buen grado la crítica, ya venga de su entorno o de los lectores, esta afirmación de principios concierne también a nuestra inquietud por el debate público, por su vitalidad y su integridad. Esta es la razón de mi absoluto rechazo a permanecer indiferente frente a discursos de pseudos comunicaciones intelectuales, de espíritu tan macabro (a la derecha) como stalinista (a la izquierda), fundados, como he escrito en Twitter, en el miedo, el prejuicio y la ignorancia.

Profesor de estudios islámicos contemporáneos en la universidad de Oxford, director del Centro de Investigación sobre la Legislación Islámica y la Ética, presidente del grupo de reflexión y acción del European Muslim Network, Tarid  Ramadan es un intelectual europeo, de nacionalidad suiza y cultura francesa. Autor de un importante número de obras, jamás ha sido condenado, ni investigado por la justicia por cualquier propósito, no pertenece a ninguna organización considerada subversiva, aún menos terrorista. Simplemente, su peculiaridad, sobre la que se sustenta su popularidad, es afirmarse como un intelectual musulmán, reflexionando sobre cuestiones políticas, sociales, filosóficas, etc., desde el prisma de su religión que trata de legitimar y reformar.

La necesidad de debatir sobre lo que él dice y, sobretodo, sobre lo que escribe, es una evidencia. Pero, ¿con qué autoridad habría que prohibirle su discurso público, como ya lo han solicitado tanto los diputados de Los Republicanos como el Partido Socialista? ¿Qué significa esta caza de brujas donde las ideas, y no los actos, son diabolizadas, sin tomarse la molestia de conocerlas para discutirlas o refutarlas, sino simplemente porque son expresadas desde el Islam y en nombre del Islam?

Al fin y al cabo, de eso se trata la campaña contra Tariq Ramadan para convertirlo en « el hombre del saco islamista »: prohibir a priori toda expresión política que se reivindica musulmana, como otras son católicas, protestantes, judías, ateas, etc. Esta intolerancia sectaria es tan irresponsable como inconsecuente. Irresponsable porque ¿cómo conseguiremos construir, todos juntos, un dique sólido frente a un totalitarismo que se reclama de confesión musulmana sin dialogar con los ciudadanos musulmanes en toda su diversidad? Y sobretodo, sin debatir con aquellos de entre ellos que, como Tariq Ramadan, afirman su voluntad de construir un Islam europeo adaptado a las ideas democráticas y las reivindicaciones sociales. Será entonces que tan solo el debate, justamente, permitirá verificar la sinceridad y la coherencia.

Pero esta intolerancia es también inconsecuente, más aún desde este desastroso punto de vista, cuando los mismos que piden el silencio de Tariq Ramadan consideran normal apoyar, armar y frecuentar a Arabia Saudita, de ideología wahabí, ayer laboratorio de Al Qaeda y hoy de Daesh. O cuando los mismos que, diabolizando a este intelectual, pretenden conjurar el espectro del comunitarismo musulmán, sin dudar a la hora de fomentar la expresión política (y partidista, a través del CRIF) de un comunitarismo judío, hasta asimilar toda crítica de la política israelí en el extranjero como una critica antisemita aquí.

Aquellos que se han tomado la molestia de leer Por los musulmanes (Pour les musulmans) saben cual es mi voluntad: la enseñanza de las causas comunes frente a cualquier tipo de discriminación, la resistencia compartida y la negación de la victimización individual que alimenta una detestable y mortífera rivalidad entre las víctimas. 

Delante de todos los públicos que me han invitado a hablar de este libro, como de las obras Dire non (Decir no) y Dire nous (Decir nosotros) que le anteceden y preceden, siempre he subrayado que cualquier daño hecho a un individuo en nombre de su origen, su fe, su apariencia, en definitiva, de su propia identidad, es un daño cometido contra toda la humanidad.

Por lo tanto, ante un público musulmán sensible a la discriminación islamófoba, no me canso de convocar también el antisemitismo, el sexismo o la homofobia. Lo he hecho sin concesiones las tres veces en las que me exprimí en presencia de Tariq Ramadan, una de ellas en septiembre de 2014 en el Instituto del Mundo Árabe donde él se encontraba entre el público (ver aquí), otra en la misma tribuna que él tras los atentados de París en enero de 2015 (ver aquí), la última en marzo de 2015 a través de una conferencia en video durante un coloquio en Bruselas (ver aquí). Lejos de toparme con su desacuerdo, estas tres intervenciones recibieron su aprobación, acompañadas de una condena tanto del terrorismo como del antisemitismo. ¿Cómo deshacerse de las prisiones identitarias sin hacer frente al otro? ¿Cómo hacer recular los miedos y los odios si rechazamos conocer al otro hasta el punto de negarle la palabra? No defiendo a Tariq Ramadan a quien a penas conozco y del que he leído varios libros, especialmente Mon intime conviction (Mi íntima convicción, Archipoche, 2011, primera edición en 2008), L’Autre en nous (El otro y nosotros, Presses du Châtelet, 2009), De l’islam et des musulmans (Del Islam y los musulmanes, Presses du Châtelet, 2014) –, un esfuerzo que no ha hecho ninguno de sus detractores. Me conformo con defender un principio, el cual no supone mi acuerdo, ni el de Mediapart, con todas sus posiciones ni compromisos. Pero cuando un principio es pisoteado por la exclusión de una persona, debemos defender los derechos de ésta, a saber, su derecho a existir en el espacio público, de no ser privado de su palabra ni prohibir su estancia. 

« Mi temporada staliniana me volvió alérgico a las denuncias, las amalgamas y las ‘desnaturalizaciones’, a la demonización y a los reclamos de castigo » : esta frase pertenece a la biografía intelectual de nuestro fiel amigo Edgar Morin, Mis demonios (Mes démons, Stock, 1994, reeditada en 2008), de la cual yo fui el editor. El autor de la celebre Autocrítica (1958), sobre su exclusión del Partido Comunista, nunca se apartó de esta posición de principios, basada en lo que él llama « la ética de la comprensión ».

La definición que plasmó en la obra Mis demonios parece estar dirigida a nuestros líderes de hoy y a los inquisidores que les rodean: « la comprensión debe preceder a la sentencia, a la condena. Entender: esta palabra sobresalta a aquellos que tienen miedo a comprender y a excusarse. Haría falta no querer entender nada, como si la inteligencia fuera un vicio horrible, el que conduce a la debilidad y a la abdicación. Este argumento, uno de los más obscurantistas, reina aún entre nuestra brillante intelectualidad…»

Así, Edgar Morin asocia este ideal de comprensión a la exigencia de la tolerancia, entendida no como la aceptación condescendiente del otro, sino como la escucha respetuosa de su diferencia y su disonancia. « Hay una verdad en la idea antagónica a la nuestra, y es esta verdad la que hay que respetar. La tolerancia se opone a la purificación ética », escribe esta figura pionera del mundo intelectual a la que debemos nuestras principal lucidez, desde el rechazo a todos los totalitarismos hasta la preocupación por todo ser vivo, pasando por la búsqueda de una nueva civilización basada en un pensamiento complejo.

Siendo coherente consigo mismo, Edgar Morin ha aceptado, más de lo que yo lo he hecho, escuchar a Tariq Ramadan y debatir con él. Para aquellos que querrían hacerse sus propias ideas y dejarse atrapar por la trampa de los rumores y los chismes, recomiendo su profundo diálogo, Au péril des idées (El riesgo de las ideas, Presses du Châtelet, 2014). Hablan de todo, de Dios y de la Razón, de hombres y mujeres, de la ciencia y de la fe, de la identidad y de lo universal, de la democracia y del mundo, del fundamentalismo y de la violencia, etc. Lejos de haber agotado su intercambio, los dos intelectuales han decidido preparar una segunda parte.

Es necesario añadir, a la atención de nuestros entusiastas difamadores que no esconden su proximidad al poder actual, que este último, este fin de semana de pascua, ha decidido recompensar los más altos méritos intelectuales de Edgar Morin. « Por decreto del Presidente de la República del día 25 de marzo de 2016, siguiendo el informe del Primer ministro y orientado por el Gran Canciller de la Orden Nacional de la Legión de Honor », nuestro amigo, « Morin, nacido Nahoum (Edgar), sociólogo, filósofo », ha sido elevado a la categoría de Gran Oficial de la Orden Nacional, la última etapa antes de la condecoración de la Gran Cruz (ver aquí).

Poco admirador de los honores y condecoraciones, creo que esta distinción concedida a Edgar Moran no sólo es merecida, sino sobretodo más digna de la República y de sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad, que la intolerancia, la difamación y la diabolización que corren hoy libremente en los pasillos del poder.

Versión española : Irene Casado Sánchez.

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